viernes, 9 de marzo de 2018

La nueva vida de MAR DE OCTUBRE, una novela que vuelve desde el remoto 1989. Mi primera novela

Hace algo más de una semana publiqué en el diario digital Nueva Tribuna (y después en este mismo blog) un artículo sobre el negro destino de los libros descatalogados o publicados, sin reedición, hace décadas fuera cual fuera su nivel de calidad. En el artículo planteé las enormes posibilidades que ofrece la era digital y las nuevas conquistas tecnológicas. Me he aplicado el cuento con mi primera novela, MAR DE OCTUBRE, publicada en 1989, y hago la prueba. De eso escribo a continuación.

En 1984 empecé un cuento. Creo que fue en otoño, en uno de aquellos otoños en que, a la vuelta de vacaciones, yo regresaba a la actividad cotidiana con unas ganas irreprimibles de escribir, de recuperar las tardes de octubre, y los fines de semana invernales, y las noches que me era posible para convivir con la pasión que había mantenido relegada durante muchos años: la literatura. El cuento que comencé a escribir trataba del regreso de un joven escritor a los lugares en que, de niño y adolescente, pasaba las vacaciones veraniegas. Mar Menor, Cabo de Palos, los parajes mineros de La Unión y de El Estrecho al este de la ciudad de Cartagena: tales eran los escenarios a los que volvía. El cuento se iniciaba en una tarde de octubre, de lluvias esporádicas y ambiente gris, con el protagonista Martín Revuelta conduciendo desde Madrid tras dejar atrás la ciudad de Murcia, a la pequeña localidad de Los Urrutias. No tenía nada claros los caminos por los que iba a derivar la trama, sólo tenía claro que Martín debía llegar al mar, alojarse en el pueblo de los veranos infantiles e iniciar una investigación sobre una experiencia vivida de adolescente: la aparición, junto a la empalizada de uno de los embarcaderos, del cadáver de una joven.

La novela, en la edición de Fundamentos (1989) en segundo plano y, en primero,
en la nueva edición en tapa blanda (Amazon / El Umbral)
El cuento se fue alargando hasta cobrar la forma primero de una nouvelle y más tarde, a lo largo de dos años, hasta convertirse en una novela. Eran los años del "boom" de la nueva narrativa española. Recuerdo que mientras yo escribía la narración se publicaron Luna de lobos, la primera novela de Julio Llamazares, Beatus Ille, de Muñoz Molina,  y en los dos o tres años posteriores a su finalización, aparecieron La media distancia, de Alejandro Gándara, Ballenas de Pedro Molina Temboury, El silencio de las sirenas, de Adelaida García Morales, o Soldaditos de Pavía, Manuel Longares... Editoriales como Alfaguara, Seix Barral, Tusquets, Lumen o Anagrama orientaban su mirada hacia los nuevos narradores y la quiebra del experimentalismo de los setenta, que se había iniciado con La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, se manifestaba definitivo o, dicho con otras palabras,  en fase de no retorno.

Playa de Los Nietos. Mar Menor. En los años 70
Con la escritura de Mar de octubre viví una maravillosa experiencia: imaginé una realidad otoñal aplicada a un mundo con el que siempre había convivido en verano: inicialmente, de niño y adolescente, en el bullicioso universo de las vacaciones familiares y, más tarde, cuando me emancipé del hogar familiar, en casi todos los septiembres de la primera mitad de los años ochenta. Reconstruí, con la imaginación y velados por el otoño, los pueblos del Mar Menor, el marinero pueblo de Cabo de Palos y el universo entre especulativo y surrealista de una Manga naciente, cobrando un brillo entre hortera y cosmopolita con su flamante casino Doblemar (con hotel incorporado) y alrededor de un proyecto urbanístico-vacacional de rara modernidad, una modernidad casi hermanada con la vocación de nuevos ricos de los integrantes de las emergentes clases medias que comenzaron a aflorar como consecuencia del desarrollismo tardío del franquismo, antes de la crisis del petróleo de los años 70.

En mi memoria guardaba un Mar Menor rodeado de pequeñas localidades hechas a la pesca y a la atención a un turismo muy casero, de asiduos visitantes de la cercana Murcia, de Cartagena o de Madrid, pueblos con cine de verano (en algunos casos con dos cines), nacientes discotecas, algunas al aire libre, y con precarios comercios. Eso sí, sin centros comerciales ni hipermercados, quizá con algún supermercado doméstico como ligero apunte de lo que les depararía el porvenir. Vamos, pueblos "de andar por casa". A ese Mar Menor vuelve Martín, el protagonista y, en parte, narrador de mi novela. Y vivirá una curiosa experiencia en la otoñal soledad de una realidad que parecía pensada para prolongarse en un estío eterno. Martín volverá con mis recuerdos (como no podía ser de otro modo) y con una carga muy especial en la conciencia: la memoria de juventud del padre del autor (mi padre), nacido en Alumbres, y del abuelo minero, hijo del cobre y de la pirita, oriundo de La Unión. Poco a poco, en la novela se asomarían otras realidades: la Cartagena urbana, entre ciudad marina con puerto y ciudad manchega, los pequeños pueblos vecinos de las explotaciones mineras, las playas, entonces desiertas todavía, avanzando hacia los soberbios parajes de Calblanque (la acción se desarrolla a mediados de los ochenta), un Cabo de Palos todavía huérfano de su actual condición de pueblo de moda, y un ambiente que no viví de apacibles y acogedores pubs frecuentados por artistas retirados en la tranquilidad de un lugar con mar y clima benigno, no lejos de lo que hoy se conoce como Puerto Maestre. 

La Manga naciente: final década de los 60
Di por terminada la novela en 1986, tal y como cuento en el prólogo de la nueva edición. Durante algo más de dos años, el manuscrito peregrinó por algunas editoriales: estuvo a punto de publicarla Plaza Janés, cuando en Madrid llevaba su dirección literaria Osmán Vega, en una colección de nueva narrativa (cumpliendo con la denominación de moda de la época) que murió pocos años después y que se estrenó con Marcos Ordóñez y con Daniel Múgica; la envié a Seix Barral tras pedir consejo a Antonio Muñoz Molina, entonces principiante con cierto nombre acuñado en una columna en un diario de Granada y con puesto de funcionario en su Diputación, la leyó, o no, Pere Gimferrer, que me envió una carta, aséptica, valorándola positivamente y rechazándola editorialmente; Jorge Martínez Reverte hizo una infructuosa gestión en Alfaguara y al final, tras enviarla, sin encomendarme ni a Dios ni al diablo, un día de enero de 1989 a Fundamentos, que acababa de inaugurar nueva colección de narrativa, recibí una llamada de Juan Serraller tras la Semana Santa en la  que me comunicaba que quería contratarla. En muy pocos días, entraba en la oficina de la editorial en la calle Caracas, muy cerca de Rubén Darío, que entonces compartía con la editora y agente Cristina Vizcaíno, conocía a Juan, sentado tras una mesa de despacho y mecido por la nube de algún vaporizador antitabaco que olía a menta y a eucalipto  y salí a la calle con el contrato en la mano. Me pagaba muy poco pero la novela saldría en unos meses. Fue presentada en Madrid, un día de primavera de aquel año, por Jorge Martínez Reverte.

La primitiva Manga, en Ecthacrome
Ahora cobra vida de nuevo. Y lo hace de la mejor forma posible: a través de una plataforma como Amazon, en versión digital (kindle) y en papel con tapa blanda y para el mercado mundial. Es una contradicción, sin duda, clamar contra los monopolios de distribución y venta y, a la vez, reeditar libros ahí. Pero no creo que haya mucha diferencia haciéndolo en Random House, en cualquiera de sus editoriales, o en el Grupo Planeta, o en Anaya. Quizá si haya diferencia si hablamos de pequeñas o medianas editoriales independientes. Pero bueno, lo esencial es que Mar de octubre deja de ser un libro muerto como tantas primeras novelas, como tantos libros descatalogados y perdidos en remotas librerías de viejo o en tenderetes de saldo de quién sabe donde. También aparece en la misma plataforma mi segunda novela, pero de ella escribiré en otro momento.


Comprar en el enlace: Mar de octubre / Manuel Rico / El Umbral | Narrativa /Amazon. 242 pgs.
Versión kindle | En tapa blanda




martes, 6 de marzo de 2018

Vida nueva a los libros descatalogados: el horizonte digital y sus desafíos.





Es mucha la carga de polémica que a estas alturas del siglo llevamos acumulada respecto a las ventajas del libro en papel (sobre todo para quienes nos hemos formado, literaria y sentimentalmente, en su universo) en relación con el libro en formato digital, es decir, en e-book. Tacto, olor, valor artístico y cultural del objeto libro, sencillez y despojamiento, ahorro de baterías y otros artilugios alimentadores del lector electrónico en sus distintos formatos, han sido argumentos colocados sobre la mesa en cada debate. Comparto, como no podía ser de otro modo, todos los que se utilizan para defender el libro tradicional y no voy a contradecirlos. Pero quienes escriben y publican desde hace mucho tiempo con buena acogida crítica y no tienen ninguno de los títulos (Premio Cervantes, premio Nobel y pocos más, o una dilatada carrera de best-sellers) que permiten mantener vivo (es decir, accesible y reeditado) todo el catálogo de obra propia, se encuentran con enormes dificultades para que obras publicadas hace diez, quince o veinte años, descatalogadas por muerte de las colecciones en que aparecieron o por voluntad del director o directora editorial correspondiente sean conocidas, compradas o leídas por los lectores de hoy. Si ya es extremadamente difícil lograr que una novedad se mantenga un par de meses en las mesas de novedades de las librerías, aspirar a que ésta se incorpore al fondo vivo de las mismas —cada vez hay menos “librerías de fondo”—parece un objetivo que linda con lo imposible. Si esa pretensión la extendemos a los libros que se publicaron hace más de una década y planteamos junto a esa presencia “viva” en las librerías de fondo la posibilidad de la reedición, nos encontraremos con la misma, o más contundente imposibilidad. Solo la casualidad, el ojo curioso de un editor (casi siempre modesto e idealista), o la apuesta de un experto o maniático buscador entre los libros  que enterró el tiempo pueden ejercer cierta labor salvadora. La inmensa mayoría de las novedades dejan de ser novedades a los pocos meses y al cabo del año o de los dos años quedan sepultadas por toneladas de papel de incierto destino.

En los últimos meses he podido ver cómo alguna novela emblemática de un autor de referencia que participó en la renovación de la narrativa española en los años 80 ha sido reeditada en exclusiva en formato digital y cómo amigos escritores y no escritores van comprobando que libros publicados hace diez, quince o veinte años sólo se encuentran en librerías de viejo, en páginas webs de libros usados o en algún saldo perdido en cualquier feria del ramo (quiero decir de segunda mano) y las más de las veces en un lamentable estado de conservación. Con lo cual, pierde la literatura, pierde el autor y se deteriora gravemente la memoria de la obra publicada, nuestro acervo cultural. Sin embargo, la era digital y las nuevas tecnologías, a pesar de los negativos efectos que tienen en ciertos ámbitos, han venido a ayudar a la literatura y, aunque parezca paradójico y contradictorio, a la buena literatura.

Muchos autores se encuentran con enormes dificultades para que obras publicadas hace diez, quince o veinte años, descatalogadas por muerte de las colecciones en que aparecieron sean conocidas hoy por los jóvenes lectores.

Hasta hace algunos años, el proceso de enterramiento de los libros era inevitable. Los únicos lugares donde podían encontrarse títulos descatalogados era la librería de viejo, la biblioteca pública (con las limitaciones que tiene el hecho de que no todos los libros son objeto de compra por las administraciones de las que la biblioteca depende) y, cuando la ocasión lo permitía, las ventas de ediciones de saldo por parte de los grandes almacenes. Nada más.

Solo el capricho de algún editor curioso o enamorado de determinado libro promovía ciertas recuperaciones. Eso fue en los años 80 y 90. Aunque las llamadas librerías de fondo (con sus “libreros prescriptores”) seguirían —siguen— manteniendo un pequeño reducto que hacía posible que los libros tuvieran una larga vida en activo, la mezcla explosiva de la crisis económica iniciada en el verano de 2008 y la revolución digital e Internet dieron un serio golpe a la industria editorial y, por derivación, a la literatura de calidad.


A partir de entonces, la edición en papel reducía el número de títulos, las grandes editoriales daban prioridad al best-seller y a los libros “de consumo” y de venta previsible y la naciente edición digital vivía sometida a la acción eficiente y tenaz, ilegal por supuesto, de la piratería. Era mucho más difícil lograr que los libros se mantuvieran como novedad más allá de un trimestre y las posibilidades de reedición de títulos descatalogados era poco menos que imposible por económicamente ruinosa.
Libros de autores como José Antonio Gabriel y GalánMariano Antolín RatoJorge Ferrer VidalMercedes SorianoJosé DonosoCarmen LaforetDolores MedioElena QuirogaAgustín Gómez Arcos o de buena parte de nuestros escritores del exilio por citar solo unos ejemplos que he logrado contrastar, cuentan con no pocos títulos imposibles de adquirir en la actualidad. Al tiempo, autores que publicaron libros con cierta repercusión en un momento determinado y que hace años fueron convertidos en pasta de papel por descatalogación o porque fueron cerradas editorial y/o colección en que aparecieron, se encuentran ante la imposibilidad de ponerlos de nuevo en venta, de atender peticiones de lectores, de estudiosos, de críticos, de curiosos o de coleccionistas.

Ante esa situación, que parecía irreversible, nos encontramos con que la edición digital con descarga inmediata del texto en el dispositivo del lector es ya una realidad. Se trata de un paso importante a favor de la buena literatura aunque no se tenga claro (o se desconfíe) por parte de algunos sectores aferrados a los modos tradicionales de difusión y venta de libros. Con un mínimo coste para las editoriales o para las plataformas creadas al efecto (Amazon lo ha visto muy claro por mucho que nos pese), obras descatalogadas y de calidad contrastada muertas o desaparecidas durante años de las estanterías comerciales puedan “volver a la vida”, recuperar impulso, tener nuevas oportunidades de difusión y lectura entre las nuevas generaciones de lectores y ser accesibles para ellos desde cualquier rincón del planeta. De algún modo, ese innovador canal (que posibilita, también, la intervención directa del autor preparando ediciones revisadas, corregidas o ampliadas, en su caso, de primeros títulos inencontrables) aparece no solo como un nuevo modelo de negocio, sino como un servicio público no sólo a favor del autor y del lector, sino de la literatura: es decir, de la cultura. Puedo afirmar, por experiencia, que he explorado ese camino con Mar de octubre, mi primera novela (se publicó en 1989), y el resultado ha sido satisfactorio. El gran problema es que la ausencia de alternativas impulsadas desde las pequeñas y medianas editoriales, desde el mundo editorial convencional están dejando el campo libre a tales iniciativas.

Con un mínimo coste para las editoriales o para las plataformas creadas al efecto, obras descatalogadas y de calidad pueden “ volver a la vida" y descargarse mediante la compra online desde cualquier rincón del planeta.


Junto a ello, se ha puesto en marcha una suerte de complemento a esa línea de trabajo de enorme capacidad de atracción para autores y lectores (y, hasta cierto punto, para aquellos editores dispuestos a innovar en ese terreno):  la edición en papel, en tapa blanda y “a demanda”. Es decir, un autor puede ver reeditado en formato papel un libro descatalogado por iniciativa de una plataforma online (o de una editorial tradicional que se dote de ese instrumento) que cuidará, bajo su supervisión, hasta el último detalle de la obra para después comercializarla “a demanda”. No habrá almacén que incremente costes puesto que los libros se imprimirán cuando el comprador los solicite. El editor (la plataforma, para entendernos) hará un hueco al libro en su publicidad y en las redes sociales, liquidará los correspondientes derechos de autor y del precio del libro “apartará” el importe de la impresión más un margen de beneficio.


Es obvio que estamos ante una auténtica revolución de la industria editorial y ante una relación nueva del autor con su obra desde el instante mismo de su gestación. Hoy es posible, sin necesidad de que una editorial realice una gran inversión, dar nueva vida a un libro que fue editado muchos años antes y comercializarlo: para uno, dos ,cuatro o mil compradores.
Aunque todavía es pronto para ver las consecuencias y resultados de esa línea de actuación, debemos estar muy atentos. Las grandes editoriales y los grupos más poderosos están al corriente de ese fenómeno pero no parece que quieran dar pasos firmes para implementarlo en sus prácticas empresariales. Los sellos pequeños y medianos con apuestas con una fuerte personalidad se mueven con soltura en un campo que han consolidado, la edición de literatura de calidad en tiradas modestas y con el máximo de cuidado y originalidad, y tampoco parecen muy propicias a dar el paso. Pero… ¿quién vela por recuperar libros perdidos que fueron enterrados por la máquina del tiempo y por la sucesión imparable de novedades que ocupan anaqueles y mesas en las librerías año tras año?
A esa pregunta, las plataformas online han empezado a responder favorablemente. Confiemos en que las pequeñas editoriales antes aludidas, dirigidas por amantes de la literatura de calidad, tomen nota y busquen soluciones razonables y de largo aliento, probablemente de carácter cooperativo y mediante acuerdos con las redes de librerías, que coadyuven a ampliar el campo de los buenos libros a aquellos que un día quizá muy lejano fueron novedad y tuvieron reconocimiento crítico y que el paso del tiempo y las modas circunstanciales dejaron en el olvido.




martes, 15 de agosto de 2017

El hermano: una despedida

Hay muertes que no esperas. Haber tenido un hermano menor, nacido doce años después de que lo hicieras tú, obliga a pensar que nunca será él quien se vaya antes. Sin embargo, la fatalidad y un cáncer especialmente agresivo hizo que nos dejara un caluroso día de septiembre del pasado año. A petición de su compañera Lola y de sus hijos, Juan Carlos y Raúl, escribí unas líneas que acerté a leer, con la garganta acogotada por la emoción, en su incineración en el madrileño cementerio de La Almudena. Fueron unas líneas escritas para la intimidad de la familia y de las gentes más cercanas, pero nunca pensé que el recuerdo de mi hermano, parte esencial de mi infancia y de mi adolescencia, debiera quedarse en ese lugar íntimo y desconocido porque sería una enorme injusticia. Mi hermano Juan Carlos era, como millones de seres que viven junto a nosotros, un hombre joven, trabajador, entregado a los suyos, de los que nunca salieron ni saldrán en los periódicos. Un ser anónimo que dio continuidad a la dedicación de mi padre a la carpintería y que vio de lejos, a distancia y seguramente con una admiración que comunicaba a sus amigos más próximos, la trayectoria de su hermano mayor, en quien confiaba ciegamente, que se había metido en política en tiempos duros, que escribía libros a los que no siempre tuvo acceso y que, en los años de su enfermedad, se había asomado a la radio, o a la televisión del hospital, hablando de derechos de autor, defendiendo a los escritores jubilados para que él pudiera enorgullecerse de quien, en la familia, había accedido a un mundo lejano, demasiado lejano de su cotidianidad entre la carpintería, la casa y el barrio. 

He corregido el texto que leí aquel terrible día de septiembre en el cementerio. Porque quiero que lo que fue un homenaje íntimo, familiar, sea el homenaje de un escritor con cierto reconocimiento hacia un hombre que formó parte de su existencia y que vivió en el anonimato, como la inmensa mayoría a la que se refiriera Blas de Otero, sin que nadie lo mencionara en un periódico, en una revista, en una publicación por mínima difusión que esta tuviera. Va por él, por Juan Carlos Rico, mi hermano pequeño: 


"Yo recuerdo descampados de un barrio de Madrid, la UVA de Hortaleza, al que llegó nuestra familia en el ya lejanísimo año sesenta y tres. Veníamos de otro barrio, llamado de la Alegría, de casas bajas sin agua corriente y crecido en noches de posguerra que el franquismo había decidido demoler. Tú, Juan Carlos, naciste muy poco después de nuestra llegada a la nueva casa en el nuevo extrarradio. Corría noviembre de 1964 y llegaste muy tarde, cuando tu hermana y yo habíamos sobrepasado o estábamos a punto de hacerlo, la infancia. De algún modo, fuiste el  juguete, el más pequeño de todos. A ti me unía aquella circunstancia, que me hacía sentirme, en parte, como un padre prematuro y obligado ante las interminables jornadas de trabajo del nuestro (cuando tú cumplías seis años, yo cruzaba la frontera de la mayoría de edad) y , a la vez, me separaba porque mi mundo se alejaba del tuyo cuando tú comenzabas a despertar a la realidad.

La UVA de Hortaleza en los días de infancia y adolescencia
"Estos días, que jamás hubiéramos querido que fueran tus días finales, hemos conversado. No mucho, es cierto, pero ha sido hermoso e inesperado dialogar con franqueza de lo que nunca habíamos hablado. Una tarde, por ejemplo, me dijiste que uno se ve arrastrado por las obligaciones del trabajo, por el esfuerzo desmedido para sacar a una familia adelante y para buscar cierta estabilidad y se olvida quizá de lo más importante. Te referías a la felicidad de las pequeñas cosas, al tiempo dedicado a los otros, a la familia, a los amigos, a algunas aficiones que se van apartando del camino. Me dijiste que tomaste conciencia de ese error cuando de pronto te enfrentaste a los 17 años de tu hijo mayor y te diste cuenta del tiempo que no le habías dedicado por culpa del trabajo y del encadenamiento de obligaciones. Sé lo que es eso. Tal vez por ello, te recordé un par de versos del poeta Jaime Gil de Biedma, que decían: “Que la vida iba en serio / uno comienza a comprenderlo tarde”. Y lloraste y me hiciste llorar. Recordamos juntos momentos que creíamos olvidados. De infancia y adolescencia, de nuestro barrio, de los amigos, que tú conocías, de tu hermano mayor, y de tus pequeños amigos de entonces, de Fidel por ejemplo, a quien he vuelto a ver en estos días terribles y del que tantos recuerdos guardo, de nuestra madre y de nuestro padre, que se fueron también demasiado pronto, del mar de los viejos veranos, el Mar Menor de mi primera novela, Mar de octubre, del barrio que se coló en las novelas posteriores, que vive en mis poemas, que nunca se irá de cuanto escriba en el futuro, de  nuestras vidas, tan distantes por edad y experiencia.

"También hablamos de nuestro padre, Manuel Rico Delgado, otro de los grandes anónimos que acompañaron nuestros primeros años. Me causó especial emoción, sobre todo, tu relato de la vida que compartiste con él cuando yo ya no vivía en la casa familiar. Del vacío inmenso que dejó en ti su muerte, de los días (yo ya no estaba, andaba en afanes colectivos y construía mi vida) en que te llevaba al cine, o a la UGT de Madera y Corcho (hace unos días vi, entre los viejos papeles que guardo, su carnet) recién comenzada la transición política, de la carpintería y de su entusiasmo por la libertad recuperada después de cuarenta años de miedo y de silencio, o de la fragilidad de Lucía, nuestra madre, que vivió casi veinte años más que él aunque sin sobreponerse nunca del todo al enorme hueco que quedó a su marcha.


"En esas infames tardes de hospital y gasa hemos hablado, también, de tus sueños: querías acabar la casa del pueblo, cultivar un huerto, disfrutar de una paz que te ha faltado, ver crecer y realizarse a tus hijos, trabajar sin agobios, casi como un placer. Y yo he sentido profundamente tu angustia porque mientras me lo contabas en tu mirada podía leerse que lo que decías era una forma de consuelo, de enfrentarte a tus horas más difíciles, de soñar cuando nada te invitaba a soñar. He recordado, también, un día muy lejano, quizá a principios de los ochenta, algunos años después de la muerte de nuestro padre, en que decidimos perdernos en algún pueblo de la vega del Jarama (creo que fue en Torrelaguna, o en Valdetorres) para comer juntos y charlar sobre los derroteros que tomaban nuestras vidas y de tu situación personal. Fue una velada emocionante, también dura porque me hablaste del peso que llevabas encima, de lo que había supuesto recuperarte del golpe cuando apenas acababas de cruzar la adolescencia viviendo en la casa, vacía de hermanos y de padre, con la madre sumida en una depresión profunda y hundido en la confusión y en la necesidad de buscarle un sentido a la vida. Hoy me duele no haber estado más cerca de ti, no haber sido consciente de tu dolor, de tu indefensión de entonces.  


"Muchas veces he oído a personas que han trabajado contigo decir que eras, sobre todo, un hombre bueno. Incluso que eras demasiado bueno. Yo creo que nunca se es demasiado bueno. Y creo que te has ido plenamente convencido de haber obrado bien pese a los errores o descuidos que a todos nos acompañan a lo largo de la vida. 



"Te has ido joven. Demasiado joven, Juan Carlos. Dicen que los escritores dejan, al irse, sus libros, sus textos. Pero por lo que he podido comprobar estos días, hay algo quizá más importante que esos legados materiales. Me refiero a lo que queda en la memoria y en la experiencia de quienes vivieron alrededor de uno. Nos dejas, es verdad, el fruto de muchos de tus trabajos como carpintero (ebanista, le gustaba decir a nuestro padre, del que heredaste tan noble profesión) repartidos por mil y un rincones de nuestro país. Pero, sobre todo, dejas lo que queda de ti en la memoria de tus hijos Juan Carlos y Raúl, quienes por encima del dolor se sienten orgullosos de su padre. Lo que queda en la memoria de Lola. Lo que queda, y perdurará, en la memoria de quienes te conocieron, de nuestra pequeña familia, de nuestros hijos.

"No te decimos adiós porque esta despedida es un hasta siempre. Descansa en paz. Llévate nuestro abrazo. 


"Concluyo esta carta con unos versos muy conocidos (más de una vez los habrás escuchado en la voz de Joan Manuel Serrat) de Miguel Hernández que hablan, sobre todo, de vida a pesar de la muerte contra la que se rebela: “A las aladas almas de las rosas / del almendro de nata  te requiero, / que tenemos que hablar de muchas cosas, / compañero del alma, compañero”. Porque, pese a la distancia de los años que nos separaban y a pesar de que durante largas temporadas no nos veíamos, yo sabía que eras, además de hermano, compañero.



Hasta siempre."

martes, 14 de febrero de 2017

Lo que se fue con Félix: mundos que se disuelven

La muerte de Félix Grande hace tres años, más que cualquier otra de las de entre mis amigos mayores, me hizo cobrar conciencia de un proceso de gran calado y del que sólo advertimos su silencioso discurrir en momentos muy precisos: me refiero a la desaparición del mundo que contribuyó a acentuar y dar encaje a mi vocación de poeta, a la vocación de poeta de tantos escritores coetáneos. Echo la mirada atrás, la proyecto en los primeros años de mi andadura y recorro con ella la realidad que viví y los ingredientes que le dieron sentido y descubro ante mí una historia rica, compleja, irrepetible.

Encuentro "Poesía y paisaje" en Pozoblanco. Primavera de 1997
Ese mundo que con Félix comenzó a escaparse se lleva las lecturas de la Tertulia Hispanoamericana de los años ochenta y primeros noventa, tiempo último de Rafael Montesinos en los bordes de la Universitaria, noches de vino y tortilla de patatas en la cafetería Sicilia, mi primera presentación literaria de la mano de Pepe Hierro, mis hijos pura infancia (Malva con seis años, José Manuel con uno y subido en su carrito) de la mano de Esperanza, poeta oculta e intensa. Éramos los poetas jóvenes que llevábamos en la cartera las viejas antologías de Taururs (la mítica Cuatro poetas de hoy), que nos habíamos formado en la lectura en paralelo de Rosales o Vivanco de un lado y de Blas de Otero, Gloria Fuertes o Gabriel Celaya, de otro, que habíamos descubierto lo más contemporáneo en las voces de los poetas del cincuenta y que aún no nos habíamos repuesto de la ofensiva novísima. Entonces nacían las revistas que había alumbrado la todavía reciente transición: Leer, Quimera, los lejanos Camp de l'Arpa o Lateral, revistas que se querían comer el mundo con nosotros, que llenaron mi Madrid de compromisos inacabables con la gente del barrio y de sueños de inmortalidad que el tiempo y la madurez se llevarían.

De izquierda a derecha, Diego Jesús Jiménez, Esperanza, Manuel Rico
y Félix Grande. Nochevieja de 2005
Pero la muerte de Félix, como años antes la de Diego Jesús Jiménez, se llevaba también el mundo que construimos en Priego en los meses de julio de la década primera del siglo XXI. Jornadas de conversación, poesía y felicidad, de noches al raso en la plaza del ayuntamiento mientras los más jóvenes intentaban encender un amor fugitivo o reservar el mejor poema para la lectura que clausuraría el curso. Se llevaba parte de mi mundo, del que también Paca formaba parte, especialmente una mañana en la que en la alfarería del pueblo nos hicieron, a Félix y a mí, un molde de la mano derecha para convertirlo en cerámica, en pieza de artesanía que conmemorara el paso de los poetas por el pueblo. Allí conocí a Carlos Sahagún, a Carme Riera, a Antonio Carvajal, a Paco Brines, a los poetas más jóvenes que buscaban un camino y una identidad a la sombra del Centro Cultural que lleva el nombre del maestro Diego Jesús y que fuera cárcel en un tiempo remoto. Allí compartí risa y versos con Antonio Hernández, con un Manolo Vázquez Montalbán que colgó a la entrada del salón de actos sus "carvalhos" y se desató como poeta en estado impuro en el escenario.

Con Félix se fueron también los rescoldos de otros, mayores de edad que él, pero inseparables de mi goegrafía sentimental y literaria: Gil de Biedma,  Claudio Rodríguez, José Agustín Goysitisolo, Carlos Barral.... muertos previos y ceniza. Se fueron las historias, que tan bien contaba, de Oliver, donde Paco Umbral, Juan Benet, García Hortelano, probablemente en mesas separadas, quizá enfrentadas, debatían de narrativa, de vanguardias, de Faulkner o de Hemingway, los dos extremos referenciales de las opciones estéticas que representaban. Se fueron también los rescoldos de las terturlias poéticas del Café Gijón, los años últimos de La Estafeta Literaria, el reverencial deslumbramiento ante la revista Ínsula, llena de historia democrática y literaria, y los años más recientes de Nueva Estafeta, entonces dirigida por Rosales....

Juan Carlos Mestre, Alejandro López Andrada y Manuel Rico
Lecturas de poetas. Una visión de la sierra del Guadarrama filtrada por los mejores de la Generación del 36, por Luis Rosales, pero también por Alberti, por un Prado Nogueira olvidado demasiado pronto, por el viejísimo y exiliadísimo don Antonio Machado. La Tertulia Hispanoamericana de entonces se asomaba a la Universitaria, respiraba el aire de aquellos poetas pero también los aromas, aún vivos, de la Institución Libre de Enseñanza.

Con Félix se fueron (porque era inevitable) mis asiduas visitas a la casa de los libros en la calle Alenza, y las noches de vino y debate, los sueños a cumplir en el logro de la obra maestra y de la canonización que muy pocos alcanzarían, los cuadros de Lorenzo Aguirre, el relato emocionado y casi iracundo de Paca hablando de los años del hambre, del garrote vil que Franco aplicó a su padre, de la Chiquita Piconera o del "último mohicano" que llenó un poema de emociones, de vida, de memoria íntima y colectiva, de verdad. Se comenzaron a marchar las cenas de Nochevieja (¿cuántos años?) en nuestra casa, con Diego Jesús unas veces, otras con Guadalupe y con otros amigos. Ya hace tiempo que las tardes de reflexión y poesía, de literatura y política, de lecturas inacabables dejaron de ser, fueron cayendo en el abismo gradual conde crece el olvido.

Los más jóvenes soñábamos con los mayores, con los que ya estaban en las antologías y nos traían la tradición sobre sus hombros vivos y combativos todavía. Había una continuidad que se remansaba en cada tertulia, en cada lectura, en cada debate... .Todos o casi todos vivían y creaban cuando los de mi generación empezábamos. Teníamos a los maestros que habían entrado en el libro de literatura como dioses cotidianos y accesibles. Vivían la plenitud y la madurez y nosotros la devoción y el aprendizaje. Noticias de Ángel González y sus noches de vino y bolero, noticias de Gamoneda a través de un Blues castellano  apenas conocido, un Gamoneda todavía sepultado en la provincia por intereses ajenos a la poesía y que llegaría a Madrid, a los foros más notables, a partir de Lápidas y, sobre todo, de Edad, la poesía completa que editó Cátedra bajo la batuta de Miguel Casado,  noticias de Granada donde la Otra Sentimentalidad nacía y a la sombra alargadísima y honda (no todas las sombras son hondas) de Federico comenzaban a publicar los amigos, los de la misma edad que cumplíamos en Madrid con nuestra condición de coetáneos y de apasionados por la poesía. Hablo de Luis García Montero, con quien polemicé a propósito de otro granadino, Javier Egea, a quien solo conocí en la distancia del poema y de otras lecturas, Rafael Guillén, ya maestro entonces, hablo del redescubrimiento de un realismo que mezclaba subjetividad y preocupación colectiva, que miraba a Italia y a Pasolini y a Pavese y a los narradores del neorrealismo. Hablo de la memoria, casi apagada de un muerto jovencísimo, casi adolescente, como Pablo del Águila, amigo de de Félix, visitante ocasional de la casa de Alenza, de quien Bartleby publicará la obra completa en unos días. Y hablo de los amigos de Madrid, de los que pugnábamos por publicar algún poema en Cuadernos, o en una revista recién nacida, o por ver editados nuestros primeros libros en Hiperion, en Visor, entonces proyectos nuevos, vivos, todavía no agrietados por el tiempo y las sevicias institucionales, en Endymion, donde el enorme Jesús Moya cuidaba de su sótano en Cruz Verde y alimentaba gatos y poetas.... Fernando Beltrán, José Carlón, Adolfo García Ortega, Juan Carlos Suñen, Jordi Virallonga (venía de Barcelona y sinTaxis), Antonio Jiménez Millán (venía de Granada), Amalia Iglesias,  Juan Carlos Mestre, Rogelio Blanco, Blanca Andreu lejana y triunfadora con un Adonais más que memorable... Jóvenes de entonces que hoy nos miramos en el espejo descubriendo las huellas de la edad y el aura de una orfandad naciente.


Son tantos los huecos....  Es ley de vida. He tenido el privilegio de convivir y crecer literariamente con todos ellos, pero cuando Félix se fue hace tres años, tomé conciencia de que del mundo que había vivido tan intensamente y los mundos que dentro de él crecieron empezaban a dejar el espacio de la realidad para ir recluyéndose lentamente en el de la memoria. Hablando con algunos de mis amigos poetas nacidos en los cincuenta compruebo que compartimos una sensación: durante décadas nos hemos sentido "jóvenes poetas" (incluso ahora yo mantengo esa sensación). Y el misterio de esa rara conciencia prolongada no era otro que la presencia viva y amiga de los maestros. Pero se nos han ido yendo poco a poco dejando un vacío difícil de colmar. Nos han dejado huérfanos. Se llevaron el mundo que nos dio experiencia, felicidad y mitologías necesarias para sobrevivir. Y nos quedamos algo más solos.



martes, 7 de febrero de 2017

Los fotógrafos de Auschwitz y "Un extraño viajero"

Leo en el diario El País un reportaje sobre la aparición de una colección de fotografías realizadas en el campo de exterminio de Auschwitz por dos agentes de las SS durante la primavera y el verano de 1944. Se trata de instantáneas tomadas en el intervalo temporal que iba de la bajada de los trenes de los prisioneros judíos trasladados desde distintos países de Europa, sobre todo de Hungría,  hasta la entrada de los “no válidos para el trabajo”, fundamentalmente enfermos, ancianos y niños, en las cámaras de gas. Fotografías que hablan de una cotidianidad rota., de pertenencias y enseres amontonados, de rostros entre perplejos y desvalidos, de premoniciones de muerte, de frágiles esperanzas, del hundimiento de centenares de miles de pequeños mundos —la suma de los que llevaban consigo cada uno de los prisioneros— y de la abyección más absoluta.

Panorámica de las dependencias del campo de trabajo franquista de Bustarviejo, hoy restaurado
Los fotógrafos, cuyos nombres eran Ernst Hofmann  y Bernhard Walter, por motivos que se desconocen, llegaron a construir un álbum fotográfico de la crueldad que sirvió, paradójicamente, como prueba irrefutable en el “juicio Auschwitz” que se celebró en Alemania en los años sesenta. La casualidad hizo que una superviviente de aquel siniestro campo, Lily Jacob-Zelmanovic Meier, encontrara el álbum, el mismo día de la liberación, en el campo de concentración de Dora, en una de las barracas abandonadas por los oficiales de las SS y utilizada por los médicos aliados para atender a los enfermos recién liberados. Lily acabó donándolas al Yad Vashem, el museo de la Shoah en Jerusalen. De ese modo el mundo civilizado y democrático recuperó para la memoria colectiva la nada desdeñable cantidad de 193 fotografías imprescindibles para entender en toda su dimensión el antihumanismo radical del Holocausto. Cualquier lector interesado las puede encontrar en Internet, en la página del citado Museo bajo la denominación de El Álbum  de Auschwitz.
Por circunstancias diversas —entre las que no cabe desdeñar la vertiente “científica” con que el nazismo concibió el exterminio de los judíos ni su empeño de documentar todo lo relacionado con ello—, existe un extenso fondo de documentación gráfica sobre los campos de concentración en Alemania y en otros países de Centroeuropa. Es evidente que a ello ayudó un hecho incuestionable: la victoria de los aliados permitió la entrada en sus dependencias tanto de las tropas como de un buen número de periodistas, fotógrafos y operadores cinematográficos que darían testimonio, mediante sus reportajes, de aquella realidad.

 Durante muchos años, quizá desde febrero de 2001, cuando comencé a escribir el primer borrador de mi novela Trenes en la niebla y a indagar sobre la existencia, en España, de numerosos campos de trabajo o destacamentos penales que estuvieron abiertos, y funcionando, hasta bien avanzada la década de los sesenta del pasado siglo (aunque parezca mentira), he vivido una mezcla de desazón y perplejidad ante la práctica inexistencia de fotografías de su vida diaria. Fueron como poco veinte años de “actividad” en sus instalaciones con decenas de miles de penados protagonizándola y apenas existen documentos gráficos que nos hablen de algo más que de las frías estadísticas (terribles estadísticas). En el fondo, mi última novela, Un extraño viajero, nació como una forma de dar continuidad a las obsesiones de Trenes en la niebla, pero también como una vía de escape a esa desazón. Nadie, o solo de manera oblicua y tímida, ha dado testimonio escrito de la vida en los campos de trabajo franquistas. Apenas nadie dio cuenta, a través de la fotografía, de aquel mundo oculto, que sobrevivía a duras penas en espacios fronterizos de términos municipales concretos, cerca de carreteras que aparecen en los mapas con nombre y número reconocibles, de aquella realidad que expresaba la vertiente más dura de una Guerra Civil que el Régimen prolongaba pese a haberla dado por concluida el 1 de abril de 1939.

En el caso de las fotografías de Auschwitz, la casualidad quiso que Lily las recuperara para la Humanidad y para las generaciones venideras. Aunque yo desconocía esta historia, nunca, en los tres lustros transcurridos desde aquel invierno de 2001, dejé de pensar en la posibilidad de que, por algún imprevisto camino, la sociedad española del siglo XXI recibiera el legado de una colección de fotos realizada en el interior de un campo de trabajo, o en un destacamento penal habitado (es un decir) por presos-esclavos de los muchos que fueron creados en nuestra geografía. Fotos logradas de incógnito o adrede. Por un acto de heroísmo o por un mandato administrativo. Pero fotografías, a fin de cuentas, que nos mostraran la abyección de un Régimen capaz de mantener durante largos años a presos políticos sometidos a trabajos forzosos y viviendo en las antípodas de su realidad familiar. Junto a pueblos perdidos entre montañas, al pie de grandes riscos en los que horadar un túnel, junto a ríos que colmarían de agua ciclópeas presas. Existieron: todavía son visibles huellas de su precaria arquitectura. Sabemos que en ellos miles de hombres soñaron, lloraron, tuvieron miedo, quizá terror, enfermaron y combatieron infecciones sin atención sanitaria, carecieron de intimidad para sus actos más radicalmente personales, sucumbieron a la muerte o a la desesperación o intentaron sobrevivir para regresar a un medio de origen (el pueblo, la aldea, la ciudad, el barrio) que a la vuelta no sería el mismo.
Campo de concentración franquista. Alicante

Del "Álbum de Auschwitz"
Si la expresidiaria Lily encontró casualmente el álbum de los agentes nazis en una barraca que abandonaron y que los aliados convirtieron en “clínica de campaña”, Lucía Olmedo, la protagonista de mi novela accede a un viejo carrete depositado por un viajero de incógnito en una tienda de revelado del Madrid histórico en los primeros años cincuenta. Una decisión argumental que, vista en perspectiva, me llevaba a imaginar quizá la única posibilidad de restituir la dignidad de aquellos presos del mismo modo que en Trenes en la niebla era un cuaderno con los diarios de un joven recluido en otro campo de trabajo (los presos construían el trazado del “directo Madrid-Burgos”). Lo ocurrido en mis novelas es ficción. La historia de los “fotógrafos” de las SS fue real. Pero nadie podría jurar hoy que la posibilidad que yo apunto y que convierto en relato pueda ser posible hoy, o mañana, o en cualquier otro momento de este tormentoso siglo XXI.
Imaginar una colección de fotografías reconstruyendo la vida cotidiana que los propios presos no contaron cuando recobraron la libertad (los que no murieron en los campos) por miedo a una dictadura que se prolongó muchos años después del cierre de los campos, es pensar en una realidad posible, quizá necesaria. Los escasos testimonios gráficos con que contamos (se pueden ver en Internet) dan noticia capilar, borrosa de ese mundo enterrado, perdido para la memoria histórica de nuestro país. Encontrar un legado como el que recibe en la novela Lucía Olmedo y exponerlo en un centro cultural en grandes paneles, como ocurre en la novela, o convertirlo en una página web abierta a los ciudadanos, a los familiares y descendientes de los presos sería un gran paso para reconciliarnos con el pasado. También para alimentar de memoria la conciencia de los jóvenes que han nacido y crecido muy lejos del tiempo de la abyección.     

miércoles, 5 de octubre de 2016

Entre Hitchcock y la "belle époque": hotel Belvedère de Rayon Vert

La fachada frontal del hotel
El pasado mes de febrero, en mi viaje a Collioure para impartir una conferencia sobre Antonio Machado y acompañado de E., recorrimos en tren el espacio que separa  el pueblo donde reposan los restos del poeta y Portbou, la localidad fronteriza donde vivió sus últimos días Walter Benjamin. Fue un viaje emocionante y de él quedaron algunas huellas fotográficas que pasaron, en algún caso, a las redes sociales, y en otros a mi particular catálogo de imágenes preferentes. Entre ellas, algunas fotografías de la estación “internacional”, del monumento, volcado sobre el mar, que con la denominación de "Memorial", el israelí Dani Karavan dedicó a Walter Benjamin y algunas perspectivas sobre la bahía y la playa de Portbou. Tras recorrer el pueblo, decidimos buscar un lugar donde comer en uno de los pueblos próximos. En razón del horario de trenes, optamos por trasladarnos a Cerbère, el municipio fronterizo por parte francesa.

Caminamos, por estrechas calles en las que se mezclaban viejos y nuevos edificios de dos plantas, hasta la playa y allí nos acomodamos en el único restaurante abierto aquel sábado de febrero: una pizzería mirando al mar en la que no había más de tres o cuatro comensales.

Crebère es un pueblecito de veraneo que, aquel día parecía en letargo a la espera de los días mejores de la primavera. Por eso, lo recorrimos con cierta premura. Había pocos edificios que nos interesaran…. hasta que, de vuelta a la estación, nos dimos cuenta de la presencia de un edificio volcado sobre las vías ferroviarias, en plena curva de salida de la estación, que tenía algo de fantasmal. Y de gótico y cinematográfico. Como una suerte de barco varado en la altura, con las ventanas y los balcones asomados a las vías, su frontal curvo, casi semicilíndrico, mostraba una fachada blanqueada no hacía mucho en la que podía leerse con dificultad “Belvedere”. El hotel, al que el arquitecto León Baille dio forma de paquebote inmenso, tiene algo de arquitectura híbrida entre los sueños de Dalí y la escenografía de Hitchcock en Psicosis y su visión, asomado, casi precipitado sobre la vía del ferrocarril, produce un efecto similar al de las pesadillas. Uno piensa en las ventanas de las habitaciones volcadas sobre las vías, sobre el tendido de la electrificación de los trenes y se explica difícilmente la razón por la que su promotor, Jean-Baptiste Deleón, decidió levantarlo en ese lugar. Cierto que al otro lado está el Mediterráneo, un mediterráneo hermoso y lleno de significados que se prolonga hacia Collioure, pero lo que produce inquietud, hasta cierto punto una sensación de incomodidad (imaginar a los inquilinos despertando a media noche con el sonido de los trenes o pensar en el dudoso atractivo del paisaje que aguardaba a quien se asomara a la ventana en cualquiera de las habitaciones que asoman a las vías no parece una experiencia agradable) es esa fachada trasera que parece desafiar al ferrocarril.

El hotel, construido en estilo art decó, se levantó entre los años 1928 y 1932 y fue un modelo de modernidad para la época. Tenía como función permitir a los viajeros que esperaban el cambio de ejes de los trenes que se dirigían al interior de Francia o a otros países de Europa pasar la noche en Cerbère, en las proximidades de la estación. Uno se pregunta si hubo alguna etapa en la que vivió lo que conocemos como "tiempos de esplendor". He consultado documentos diversos en el mundo complejo de Internet y ha llegado a una conclusión: vivió su edad de oro hasta nuestra Guerra Civil. El cierre de fonteras que se desencadenó con ese motivo hizo imposibles los viajes de España hacia Francia y viceversa, lo que llevó a vaciar de potenciales viajeros la estación y a vaciar el hotel. Después de la guerra estuvo abierto hasta 1983, pero sin que llegara a alcanzar en ningún momento el esplendor previo a 1936. En 1987, el ministerio de cultura de Francia lo declaró "monumento protegido" como legado arquitectónico a mantener para las siguientes generaciones. Sus espacios rehabitlitados son, al día de hoy, el comedor, la vieja sala de cine y el bar. Confiamos en que se acaben restaurando las pinturas murales que realizó José Zamora, un artista plástico nacido en Madrid en 1889 y muerto en Sitges en 1971 que estuvo alojado durante un tiempo en el hotel y a cuyos propietarios pagó la estancia con las propias pinturas.


Su visión, en el horizonte, como una aparición fantasmal, nos habla de un tiempo de sueños cosmopolitas, de lujos y hedonismo que quizá tuvo mucho que ver con los gozos y despreocupaciones del la "belle epóque", algo con lo que acabó la crisis económica del 29, que llegó de modo tardío a Europa, la Guerra Civil española y, por supuesto, la invasión nazi de Francia, que convirtió todo el espacio fronterizo con España en un inmenso campo de concentración que acogería, entre otros muchos, el éxodo y la muerte de Antonio Machado y de Walter Benjamin. Hoy, el hotel Belvedere aloja anualmente, en el escenario "a la italiana" de su salón de actos y desde 2005, un encuentro anual sobre cine en el que por unos días vive el reflejo de los antiguos esplendores. En tanto encuentra otro destino, seguirá ahí aguardando la reacción de otros viajeros que, como el que suscribe, se sientan entre asombrados y cautivos por ese barco de hormigón que parece irrumpir del horizonte mediterráneo para volcarse, como un guardián de otros tiempos, sobre las vías de un ferrocarril que enlaza Cerbère con Europa al norte, con España al Sur, como una realidad soñada o como una arquitectura imposible surgida de una pesadilla.


jueves, 25 de agosto de 2016

Sobre crítica, narrativa y literatura, a propósito de "Un extraño viajero". Entrevista de Herme Cerezo.

La entrevista que se reproduce a continuación apareció el 22 de junio de 2016 en el Diario Siglo XXI bajo el título "El franquismo tuvo tiempo de borrar su pasado". Su autor es HERME CEREZO. La rescato para Al margen porque es, quizá, la que refleja más fielmente mi visión de la novela y mi concepción de la literatura. 

Una noche de invierno llega un extraño viajero a un hotel rural de la Sierra de Madrid, Aunque carece de documentación, Lucía Olmedo, la propietaria, decide alojarlo. El recién llegado le inspira tanto desasosiego como curiosidad, pero pronto comparten un fugaz encuentro amoroso. Al poco tiempo el hombre desaparece, dejándole una escueta nota, el recibo de un laboratorio de revelado y sesenta dólares. Cuando Lucía trata de recoger el encargo, descubre que el recibo tiene más de medio siglo de antigüedad. Es solo el principio de una inquietante investigación.

A mitad de camino entre la novela histórica y el relato fantástico, Manuel Rico se sirve de una historia de amor para profundizar en un tema que le interesa particularmente: la memoria histórica más reciente. Descabalados los ejes espaciotemporales, por la novela navegan los campos de trabajo del franquismo y surgen espectros como el del escritor Humphrey Slater, un personaje real que se esfumó en el aire, bajo extrañas circunstancias, en el año 1958. Nunca se ha vuelto a saber nada de él. 


Manuel, a lo largo de tu carrera literaria has alternado poesía y novela, periodismo y crítica literaria, con incursiones en libros de viajes y ensayos, ¿escribir registros tan diversos es necesario para todo autor que se precie o hay que considerarlo como un reto?

Todo eso forma parte de mi manera de acercarme a la literatura. Soy muy curioso, empecé escribiendo poesía y, de modo natural, la novela se me planteó como una forma de desarrollar algunas de las obsesiones de mis poemas. Yo he sentido un enorme interés por descubrir los resortes que convierten en única la poesía de ciertos autores, como Lorca o Ángel González, y eso me llevó a acercarme a la crítica hasta tal punto que se ha convertido en mi forma de entender por qué escribo poesía. El ensayo es el colofón de la crítica, porque es un intento de sistematizar mi forma de ejercerla.

Y ¿qué es para ti la escritura?

Comencé a escribir cuando constaté que mi padre, mi madre y los paisajes de mi infancia, donde fui feliz, iban a desaparecer algún día. La escritura es una forma de conservar aquellos paisajes, de detener el tiempo, de recuperar la memoria y de enfrentarse, aunque sea artificiosamente, a la muerte.

¿Para qué le sirve a Manuel Rico ganar un premio como el de Novela Ciudad de Logroño?

Ganar un premio te proporciona la posibilidad de acercarte a más lectores. En el caso de un escritor como yo, a cuyos libros accede el lector ya iniciado, un premio de estas características y una colección como la de Algaida, en la que se incluye, permite que llegues a cualquier tipo de público. Por supuesto, también son importantes el reconocimiento de los colegas del jurado y el importe económico.

Han definido Un extraño viajero como novela histórica, con tintes de género negro y fantástico a la vez.

Sí, eso son muletillas que utilizan las editoriales. Yo solo he pretendido escribir literatura, una historia que se mueve en el presente, pero que abre ventanas al pasado, y que está elaborada de tal modo que su estructura, a través de determinados recursos técnicos, permita atrapar al lector y conducirlo al desenlace final. Es verdad que está inmersa en un escenario histórico y que hay en ella un cierto aspecto fantástico, porque juego con el tiempo y, a veces, el lector duda del espacio por el que transitan algunos personajes.

Parece ser que la contemplación de un hotel de las afueras de Madrid disparó tu imaginación para escribirla. ¿Cuántas historias se cuecen y esconden en las habitaciones de un hotel?

Un hotel es una especie de burbuja, un lugar donde, en parte, el tiempo deja de existir. Tengo un poema titulado ‘De paso’ en el que cuento como, en ocasiones, necesitas disfrutar de unas horas para pasear por una ciudad de incógnito. En este sentido, los hoteles tienen algo de cápsula, de espacio de tránsito donde pueden ocurrir multitud de cosas, porque allí se da cita gente de muchos lugares. La novela empieza así porque yo guardaba, desde hace bastante tiempo, la imagen de un viajero, Salko Hamzic, que llega en invierno a un hotel donde le atiende una mujer, Lucía. De ahí nació esta historia de amor, que ya sabía que no culminaría porque él se marcharía y ella habría de ir en su búsqueda. En esta búsqueda tropezaría con una historia insospechada, como es la de los campos de trabajo en la España de Franco.

Para narrar has manejado el tiempo pasado y el presente, ¿el lector, a través de las indagaciones de Lucía, asiste a la construcción de la novela o ella le sirve solo como la cámara de cine que guía al lector durante su lectura?

Lucía es el sujeto de la narración, contada en tercera persona, aunque me meto en su mente muchas veces y recojo sus pensamientos. De alguna forma, ella va abriendo las puertas para desarrollar la novela, pero no la he utilizado conscientemente para eso. Detrás de todo hay una gran obra de cocina, como dicen ahora, aunque a la hora de leerla dé la impresión de que sí que es ella la que enseña todo lo que se cuenta.

En la novela aparece el escritor Humphrey Slater, un personaje real, que participó en la Guerra Civil y desapareció en España en la década de los años cincuenta.

Dicen que murió pero no se pudo comprobar. Es un personaje fascinante, que llegó a publicar tres novelas y cuatro ensayos, fue director de una película, muy exitosa, y tomó parte en la Guerra Civil como miembro de las Brigadas Internacionales. Fue comunista, pero más tarde, decepcionado, se transformó y trabajó en algunas instituciones democráticas, porque estaba en contra de la Europa del Este. Después regresó a España y se desvaneció en 1958, aunque se sabe que estuvo alojado en el Hotel Ritz de Madrid antes de desaparecer.

¿No lo eliminaría el servicio secreto del régimen por algún motivo que ignoramos?

La hipótesis que planteo en la novela es ésa, pero también dejo una zona de ambigüedad, porque él trabó amistad con un fotógrafo que estuvo en España al mismo tiempo que él. Coincide también su desaparición con los años en que se terminó la presa de Riosequillo, pero nadie puede demostrar a ciencia cierta que siguiera vivo y que más tarde fuera asesinado por un comando franquista.


No conocemos demasiada literatura sobre la Posguerra, ¿no?

Creo que la Guerra Civil sí es un motivo narrativo importante, no solo para escritores españoles sino también para extranjeros, porque desde Hemingway y Humphrey Slater, que sale en mi novela, hasta cantautores como Bob Dylan o Pete Seeger, se han ocupado de ella. Sin embargo y aunque en realidad no sabría explicar el motivo muy bien, la posguerra es una etapa larga y resulta un momento incómodo para trabajar, porque en contra de lo que sucede con otros periodos históricos, aquí no basta con leer libros de Historia, hay que recurrir a otro tipo de fuentes, como los testimonios orales directos que escasean. Quizá sea más difícil escribir sobre la posguerra porque, al contrario de lo que les ocurrió a los nazis, el franquismo sí tuvo tiempo suficiente para borrar pruebas de sus atrocidades.
Sí, el franquismo tuvo tiempo de borrar su pasado, mientras que a los nazis y a los fascistas no les sucedió eso, porque llegaron los aliados y liberaron a los prisioneros directamente. Durante el franquismo hubo ciento veinte campos de concentración con varios miles de presos. A lo largo de la década de los sesenta y primeros años de los setenta, los fueron cerrando y destruyendo sus vestigios. El campo que aparece en Un extraño viajero se encontraba junto a  Buitrago, donde ahora se leanta la presa de Riosequillo, albergaba a unos cien prisioneros y no queda ni el más mínimo rastro de su existencia. Nadie de los que van por allí pueden imaginar que aquel embalse fue levantado por presos políticos, mano de obra esclava a la que se pagaba una peseta al día. Al interés de Franco por ocultar aquella realidad, se sumó la voluntad de la propia gente que quería olvidar, enterrar su pasado y lavar su imagen. A todo eso, tenemos que añadir la existencia en nuestro país de una derecha que todavía no ha condenado el franquismo. Por lo tanto, bajo este planteamiento, es absolutamente normal de que en Riosequillo no haya ninguna placa conmemorativa de aquella triste página de nuestra historia.

El contenido de la novela cae de lleno en lo que denominamos memoria histórica, una temática que no es nueva en tu escritura.

Efectivamente, la reivindicación de la memoria histórica se encuentra en todas mis novelas y en buena parte de mi poesía. Considero que la literatura es una recuperación del pasado colectivo. Sin obras como las de Primo Levi, de Imre Kertész o de Jorge Semprún sobre los campos de concentración, seguramente nuestro conocimiento de esta materia sería muy limitado. Creo que la literatura puede entrar en el corazón de las personas, algo que un ensayo no alcanza, y contarte la vida de un hombre de veinticinco años, carpintero, que, de repente y por ser republicano, va a la cárcel y luego a un campo de trabajo, con una dieta de hambre, ignorando cuánto tiempo va a pasar allí. Y de esto trata la historia de ese hombre que llega solo al hotel una tarde de invierno, que se esfuma dejando el resguardo de una casa de revelado de muchos años atrás, cuyas fotografías contienen imágenes que escasean, las de la vida cotidiana en los campos de trabajo del franquismo.

Acabamos por hoy. ¿En qué rincón de la novela estás tú?

En Lucía Olmedo, en Slater, en todos un poquito y también en la voz narrativa. Muchos de mis fantasmas desfilan por ahí. De repente, aparece el barrio de la Concepción, donde yo fui niño, o los paisajes de la Sierra del Norte de Madrid, que también tienen mucho que ver con mi infancia y la relación con mi padre, con quien recorría aquellas tierras. En todo eso estoy yo.

martes, 22 de marzo de 2016

Blas de Otero, el poeta ausente en Puerto Rico

Blas de Otero, en Granada, en 1976. Homenaje a Federico
No es fácil entender la ausencia de la poesía y del poeta Blas de Otero en el Congreso de la Lengua celebrado en Puerto Rico. Se dirá que no tuvo relación con ese país o que la poesía en castellano ya estaba representada en las voces de los españoles Juan Ramón y de Pedro Salinas y de los latinoamericanos Rubén Darío y Luis Palés Matos (Puerto Rico, 1898–1959), a los que se ha rendido homenaje. Hace sólo unos días, el 15 de marzo, se cumplió un siglo de su nacimiento y, salvo algunas referencias puntuales y el esfuerzo de algún suplemento literario, la conmemoración está pasando inadvertida. Por eso, el silencio en que ha quedado en el Congreso de Puerto Rico aunque probablemente se deba al olvido o a las consabidas razones de agenda, tiene algo de hiriente. No sólo para él y su lírica, sino para la memoria de una poesía  escrita en los difíciles años cincuenta y sesenta, protagonizada por poetas que vivieron la Guerra Civil en su juventud y que después, bajo el franquismo, abrieron, con su escritura, ventanas a la libertad desafiando a un sistema que mantenía en silencio al país y respondía a cualquier reivindicación democrática con la represión, la cárcel, el exilio.
“En tiempos en que Blas de Otero tenía enormes dificultades para publicar en España sus libros íntegros, fue la Universidad de Puerto Rico quien salió en su ayuda”.
Se da, además, la circunstancia, que relata Sabina de la Cruz en el prólogo a su Obra completa (Galaxia Gutenberg, 2013) de que en tiempos en que el poeta bilbaíno tenía enormes dificultades para publicar en España sus libros íntegros, fue la Universidad de Puerto Rico, en su colección Río Pedras, quien salió en su ayuda. Las cosas discurrieron así: cuando concluyó el libro Que trata de España en 1962, la censura de Franco lo retuvo durante un año. Al cabo de ese tiempo, le suprimieron al menos un tercio de los poemas para su edición. Fue la citada universidad la institución que, al año siguiente, le permitió publicar, como parte de su antología Esto no es un libro (1963) todos los poemas censurados. Una iniciativa valiente y necesaria puesto que Que trata de España tendría que esperar a 1977, en los albores de la democracia, para ser publicado en nuestro país en su versión completa. Algo parecido ocurrió, por cierto, con En castellano, que se publicó en España, por vez primera, en ese mismo año. Su poesía, se había afilado, había cobrado un tono conversacional, directo, intenso y difícil, insoportable para el Régimen, y en ambos libros estaba la matriz de los nuevos horizontes de lenguaje que el poeta frecuentaría en los últimos años de su vida..   

Esa poesía, la poesía de corte más civil y comprometido, la que no forma parte de la nómina o del canon, más que asentados, de la Generación del 27, no ha ocupado todavía el lugar que merece en los Congresos de la Lengua que promueven las Academias en colaboración con el Instituto Cervantes.  En 2011 se cumplió el centenario de Gabriel Celaya y ocurrió, con las conmemoraciones oficiales, algo parecido.  ¿Es cuestión de tiempo? ¿De que no hay una distancia suficiente desde su muerte? No lo parece. Blas de Otero no contó con uno solo de los premios institucionales a toda una vida (ni el Nacional de las Letras ni el Cervantes) y Gabriel Celaya recibió el primero de ellos en 1986 casi de modo vergonzante y cuando se hizo público que la situación económica en la que vivía rozaba lo miserable (murió en 1991).
   
Se puede argüir, en el caso de Blas de Otero, que, no hubo tiempo, que murió demasiado pronto, cuando la democracia española comenzaba a andar y que el reconocimiento le hubiera venido después. Pero no: han sido muchas las oportunidades para, una vez fallecido, situar su obra, en el ámbito de la lengua española, en el lugar que le corresponde. Sólo la iniciativa de Sabina de la Cruz  y de Mario Hernández y la tenaz y rigurosa preocupación del crítico y profesor Juan José Lanz (junto a otros expertos como Pablo Jauralde, Araceli Iravedra o José Olivio Jiménez) han mantenido su nombre y su obra en el ámbito de las producciones poéticas más poderosas y exigentes que ha dado la literatura española en la segunda mitad del siglo XX.

En estos días he releído su poesía, he frecuentado la portentosa e inagotable edición en Galaxia Gutenberg de toda su obra, y he podido comprobar qué lejos está Blas de Otero de las convenciones que pretenden situarlo en el rincón de los poetas sociales (era comunista) y alejarlo de lo que, en el fondo, fue su compromiso esencial: con la lengua, con la palabra poética, con sus capacidades semánticas y con sus vínculos entre lengua y existencia cotidiana. Es cierto que libros como Ancia o En castellano, o Pido la paz y la palabra, son ya libros clásicos, que están presentes en las colecciones de bolsillo dedicadas a autores canónicos, pero también lo es que quizá donde se puede advertir su trabajo cotidiano con el idioma, su concepción de la poesía y la solidez de una cultura literaria mucho más diversificada y poliédrica de lo que las convenciones nos dejan imaginar, es en sus últimos libros y en no pocos inéditos que aparecen en la parte final de la Obra completa. El poeta que bordeaba el alegato en textos como “A la inmensa mayoría” o “Y el verso se hizo hombre” (“escribo a gritos, digo cosas fuertes / y se entera hasta dios”), adelgazaba el verso hasta lo esencial evocando su paso por pueblos y ciudades o se embargaba de delicadeza y lirismo al recobrar destellos de la infancia o cantar al amor o a la música.

En Hojas de Madrid con La galerna, en no pocos inéditos, está su taller, está su memoria y está un entendimiento de la poesía de una modernidad apabullante: anticipos de esa concepción los tenemos en Pido la paz y la palabra, también en En castellano y de ellos aprendieron algunos poetas del cincuenta (Ángel González y Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo y Carlos Sahagún) y, por derivación, algo quedó en las poéticas posteriores aunque se haya teorizado poco, o casi nada, sobre ello. No en vano, escuché a Pepe Hierro más de una vez decir, “de entre nosotros, Blas era el mejor”. Todavía recuerdo el homenaje que se le rindió, el 19 de julio de 1979, en la Plaza de Toros de Las Ventas, pocos días después de su muerte: un foto abarrotado por cerca de cuarenta mil personas vibró con sus poemas y nos trasladó el espejismo de que podía haberse hecho realidad la "inmensa mayoría" a la que siempre quiso dirigir sus versos nuestro poeta. Había muerto en Majadahonda, a donde se trasladó para curar su pecho enfermo. En la última década había escrito con lucidez no sólo poemas, también las memorias rotas de Historia (casi) de mi vida y parte de las prosas de Historias fingidas y verdaderas. Antes de Majadahonda, el lugar de su escritura fue su modesto "apartamento frailuisiano" del Barrio Blanco de Madrid, muy cerca del barrio de la Concepción y de los escenarios donde discurrió mi infancia.En la única casa que pudo considerar suya. Blas de Otero vivió el barrio y su cotidianidad, vivió sus depresiones y escribió con la serenidad que le otorgó saberse parte de un cambio político inevitalbe. 

Una vez más, las instituciones que velan por nuestro idioma y por la creación literaria, han olvidado en un Congreso de la Lengua a uno de los grandes. La circunstancia que une a Blas de Otero con posiciones comunistas durante gran parte de su vida quizá vele, a los ojos de quienes confunden a veces su labor de conservación de la lengua con el conservadurismo político, la calidad de una poesía exigente, engañosamente sencilla y directa, construida sobre un andamiaje exigente, difícil, impregnado de una sabiduría y de una intuición poco frecuentes en nuestra lírica del último siglo. Sí: en su centenario, el poeta bilbaíno hubiera merecido un lugar en el homenaje a la poesía que ha celebrado el Congreso de Puerto Rico.

 -------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Textos de Manuel Rico sobre Blas de Otero: "La serenidad lúcida de Blas de Otero". El País. / Al margen: "Dos lecturas del libro inédito de Blas de Otero"  / Babelia: "Blas de Otero y su libro inédito"