lunes, 21 de abril de 2008

Calaceite, Donoso, el "boom"... y el presente

Hace casi una década, leyendo uno de los apéndices de Historia personal del "boom" (en la edición de Alfaguara, de 1999), escrito por María Pilar Donoso y titulado El "boom" doméstico descubrí, sorprendido, la relación apasionada que, a lo largo de cuatro años, mantuvo el chileno José Donoso, narrador irrepetible de El obsceno pájaro de la noche con el pueblo turolense de Calaceite, centro de la comarca de La Matarraña. En 1971, José Donoso vivía en Sitges y quedó con el traductor al francés de la novela citada, Didier Coste, para revisar algunos aspectos de la trducción. Cuál no sería su sorpresa al saber que Didier no residía en Francia, sino en la primera localidad del Bajo Aragón llegando desde Barcelona, un pueblo llamado Calaceite, un lugar heho de piedra, en el que respira la arquitectura medieval y del renacimiento, lleno de estrechas calles en cuesta que suben hacia la loma de la cumbre sobre la que se levanta. Donoso se enamoró de Calaceite compró la casa que podemos ver en la fotografía ( en realidad, eran tres) y se retiró con Pilar y con su hija a escribir y a vivir entre aquellas piedras hasta 1975: en consecuencia, residió allí cuatro años. Escribió varios libros bajo los fríos (ente ellos, la citada Historia personal... ) y el cierzo de los inviernos y soportando el calor seco y firme de los veranos del lugar. Respiró la quietud y la tranquilidad de sus calles y campos, se apropió sentimentalmente de ellos y, a la vez, se convirtió en un factor de atracción, hacia la paz lejana de Calaceite, de numerosos creadores y pensadores de la época. Luis Buñuel , Gabriel Garcia Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Jorge Edwards, Carlos Barral... fueron algunos de los visitantes y/o residentes por temporadas en la localidad en la década de los setenta. Después, en los años 80, pasarían por allí Ángel Crespo, que tras su muerte sería enterrado en el cementerio del pueblo, el escritor chileno Mauricio Wacquez, el pintor Rafols Casamada, Natacha Seseña o el editor Gustavo Gili.
Donoso convirtió el pequeño pueblo de raíces medievales en un auténtico foco del debate cultural, literario, intelectual de la época. Un pueblo al que llegué hace apenas un mes, en un luminoso fin de semana del mes de abril, para vivir un encuentro poético al que me invitó, junto a Félix Grande, Paca Aguirre y otros poetas (Manuel Franciso Reina, Manuel Quintero), Emilio Ruiz Barrachina, el gran animador (y recuperdor) de la vida cultural del Calaceite de hoy. Más que a las jornadas poéticas yo fui a un espacio singular, casi preferente en mi mitología personal y en mis devociones íntimas: al Calaceite del que se enamoró Donoso. También a la matriz del sueño que no pocas veces hemos acariciado escritores de toda laya: retirarme a escribir en un lugar perdido, un sueño hoy, gracias a Internet y a las nuevas tecnologías, más posible que en los días en que el novelista chileno lo decidió, pero que, en mi caso, inevitablamente otras obligaciones va aplazando. Si a ello se añade que el retiro puede ir acompañado de la "importación" de una vida cultural y literaria intensa como la que llegó a vivir Donoso, he de confesar que el sueño merece el esfuerzo de ser hecho realidad. O, por lo menos, de ser imaginado con mayores detalles y de manera más intensa.

Así empieza la evocación de Pilar Donoso:

"Para navidades hace mucho frío en Calaceite, el pueblecito del Bajo Aragón en España donde vivimos varios años Pepe, mi marido, nuestra hija Pilarcita, nuestro perro "Peregrine" y yo, amén de tres gatos que allí acogimos. Aquel año 1971 el cierzo (viento helado de la región) soplaba con particular encono. La gente del pueblo, acostumbrada a pasar frío en sus antiquísimas casonas de piedra, lo soportaba sin mayores comentarios, preparándose para celebrar las fiestas de fin de año".

En Calaceite, José Donoso escribió mucho. Como si se hubiera dejado seducir por un dios extraño. O no tan extraño: no hay más que dejar la carretera que lleva a Teruel y que cruza el extremo este del puebo, subir caminando cualquiera de las calles que de la carretera trepan hacia el oeste y hacia la loma en cuya falda se levantan las casas para vivir la rara sensación de que no es posible abandonar el lugar sin que nos acompañe un texto escrito en alguno de sus bares semiescondidos en cualquiera de sus edificios centenarios. Comprar o alquilar una casa en Calaceite, vivir la cotidianidad de sus inviernos solitarios y de sus veranos poblados por quienes, desde Zaragoza, Barcelona, Santiago de Chile, el sur de Francia u otros lugares del mundo acuden a disfrutar, allí, sus vacaciones, ha de ser, sin duda, una experiencia apasionante.