lunes, 28 de abril de 2008

Bustarviejo: ruinas que exigen memoria y justicia

El sábado pasado, en Bustarviejo, estuve, por encargo de su Asociación Cultural, hablando de la sierra norte, de la literatura y de la memoria histórica. Fue éste último término el que al final se impuso. Inevitablemente. Porque horas antes de la conferencia, varias amigas con casa de fin de semana en las afueras del pueblo, acompañadas de José, un vecino de Bustarviejo nacido en 1937, me llevaron a conocer los restos del campo de trabajo llamado "destacamento", un lugar en el que alrededor de 300 presos republicanos, durante más de una década, sólo tuvieron un horizonte vital: trabajar en condiciones de semiesclavitud en la construcción del viaducto, del trazado y de las vías del ferrocarril "directo Madrid-Burgos". Me invitaron a dar la conferencia porque en mi novela Trenes en la niebla cuento no pocos extremos relacionados con el campo de prisioneros que hubo en Garganta de los Montes, un campo que funcíonó, también, en las décadas de los cuarenta y cincuenta para la construcción del mismo trazado ferroviario.
Era una tarde primaveral, de claridad alegre y llena de olores silvestres y era un paisaje casi turbador en su belleza de praderas estallantes, montes rocosos, pequeñas masas de rebollos y fresnos y una extensa llanura bordeando, en el horizonte, el embalse de Santillana, un pequeño mar con límites que se podía ver, algo borroso, en la lejanía. Allí, en medio de ese paisaje invitador, estaban las evidencias: los barracones donde sobrevivieron (los que sobrevivieron, claro) los presos, donde penaron, enfermaron, renunciaron a sus sueños, cantaron el Cara al sol, asistieron a misas obligadas, picaron y trasladaron piedra en jornadas interminables, padecieron toda suerte de sevicias y humillaciones, los presos políticos de la República. Allí, como un clamor de piedra, las naves convertidas, para vergüenza de nuestra Historia, en gigantescos establos de ganado. Sentí una profunda zozobra. Nunca la realidad a la que me enfrentaba se parecía tanto a la que había construido, con la imaginación, en alguna de mis novelas. No me era difícil imaginar a los presos, mal vestidos y mal alimentados, de mi Trenes en la niebla, apiñados entre aquellos muros. No, no exagero. Tomé algunas fotografías. Son las que acompañan esta entrada.

Sí, las fotografías nos muestran espacios diáfanos, en los que los camastros formaban sendas filas junto a una pared y otra, sin ningún tipo de servicios y en los que la falta de higiene y la convivencia obligada debieron hacer estragos. Hoy el suelo, que debió de ser en origen de tierra, está cubierto por los restos de las bostas de las vacas, y la techumbre, de uralita, muestra la precariedad en la que vivieron (es un decir) los presos.
En la tertulia que siguió a la conferencia, una parte de los vecinos hablaron de experiencias que les habían contado gentes que vivieron, directa o indirectamente, algún tipo de relación con el "destacamento". Pero, sobre todo, hablaron del silencio, de la insistencia, por parte de sectores determinados del pueblo (coincidentes con posiciones políticas conservadoras, de derechas) en el olvido, en que son cosas que pasaron y que no hay que "hurgar en la herida". Es un silencio intolerable e inasumible para cualquier demócrata. Un silencio que, lejos de fortalecer la democracia, la debilita. ¿Sería posible concebir un campo de estas características en Francia, o en Alemania sin la correspondiente placa de homenaje a quienes padecieron humillación y vejaciones, pérdida de libertad y muerte por el sólo "delito" de defender a las instituciones legalmente establecidas y contra el fascismo? En absoluto. Las piedras nos denuncian, delatan los silencios culpables, claman por la restitución de la diginidad de las víctimas... Exigen el homenaje que cuarenta años de franquismo les negaron.
Hoy, el Ayuntamiento de Bustarviejo lo gobierna una coalición IU-PSOE, con alcalde de Izquierda Unida (que estuvo presente en la conferencia) que tiene la intención de convertir los restos del "destacamento" en una suerte de monumento-homenaje a las víctimas. Una idea espléndida y una labor necesaria, imprescindible. Es más: a mi parecer, esa iniciativa debería extenderse a todas las ruinas o vestigios de los campos de trabajo (o de concentración) que hubo, en aquellos años sombríos, a lo largo del trazado del Directo entre Fuencarral y Somosierra. Fueron 6.000 los presos que hicieron posible el ferrocarril. Que vivieron hacinados en barracones, que sufrieron inviernos impiadosos y veranos agobiantes. ¿Cómo es posible que la democracia constitucional de que hoy gozamos mantenga, casi 70 años después del final de la guerra, esa ignominia?.
La verdad es que me hago la pregunta casi como un recurso retórico. Hace sólo unas horas, buscando alguna huella del campo al que aludo en mi novela antes citada, he encontrado en Internet, el acta del Pleno del ayuntamiento de Bustarviejo del 30 de junio de 2006, cuando el pueblo contaba con una mayoría conservadora, coincidente con el PP: reproduzco a continuación la moción, presentada por las fuerzas de Izquierda, que fue rechazada por la mayoría de derechas:

"El Pleno del Ayuntamiento de Bustarviejo ACUERDA:
1.- Organizar un acto público de homenaje a los presos republicanos que construyeron el viaducto de Bustarviejo, la estación y el tendido de vías, como castigo por defender el sistema democrático.
2.- Promover en colaboración con las Administraciones Públicas y entidades privadas la recuperación de los barracones que alojaron a los presos políticos y convertir el lugar en un Museo de la Memoria Histórica.”

¿Es concebible que una fuerza política que se llame democrática rechace semejante moción? Obviamente, no. Salvo que se trate de España y de una derecha que todavía no se ha descolgado del franquismo y de sus múltiples autojustificaciones. Una derecha sin asomo de generosidad, sin una idea del significado de la palabra justicia, que no se siente heredera de los valores democráticos que inspiraron, tras la guerra mundial, la construcción de la Europa democrática.

Concluyo con una breve reflexión: la sucesión de campos de trabajo que hubo a lo largo del trazado ferroviario del Directo Madrid-Burgos es, al día de hoy, un misterio. No hay fotografías de la vida cotidiana en su interior, no hay, al contrario de lo que ocurrió con los campos alemanes, austriacos, polacos o franceses, testimonios escritos (sobre ello me extenderé en otra ocasión), han muerto, por edad, los prisioneros que podrían contar su experiencia y durante cuarenta años el aparato franquista pudo borrar buena parte de las huellas de la represión. ¿Cómo era la vida cotidiana en esos "penales"? ¿Cómo vivían los vecinos de los pueblos próximos su existencia?... Son preguntas a las que la ciencia tiene que responder. Por ello, al final de la conferencia me sorprendió gratamente saber que un grupo de jóvenes de distintos lugares había formado un equipo (con arqueólogos, historiadores, etc...) para reconstruir lo que la historia oficial no nos ha contado y lo que los historiadores más objetivos y comprometidos sólo han podido contar de manera aproximativa. Ojalá sea posible. Y que lo sea más pronto que tarde.

viernes, 25 de abril de 2008

HAROLDO CONTI, el amigo de Juan Gelman al que desaparecieron...

En la víspera del día en que se entregó el Premio Cervantes a Juan Gelman, tuve la fortuna de moderar una mesa redonda sobre su obra poética en la Universidad de Alcalá de Henares. Era una mesa de poetas en la que participaban, por la parte española, Jorge Riechmann y Luis García Montero, y por la parte hispanoamericana los mexicanos Marco Antonio Campo y Eduardo Hurtado. A última hora, llegó Juan Gelman, que pudo responder a algunas preguntas del público (profesores y alumnos de la universidad) antes de finalizar el acto. Después, almorzamos en un restaurante del casco viejo complutense. Por esas casualidades de la vida, sin pretenderlo, me situé a la derecha del poeta. Hablé con él de su vida, de su agitado calendario de actividades en España... y de los escritores de su generación, una generación amputada por la dictadura de Videla y sabedora de exilios, de penalidades, de torturas y de muerte. Por Félix Grande sabía de la gran amistad que unía a Gelman con el narrador y compatriota Haroldo Conti, compañero de luchas democráticas y soñador, como él, con un mundo más justo, más libre y mejor repartido. Le pregunté por él, por su amistad, por su trágico destino. No sé si fue una percepción subjetiva por mi parte, pero lo cierto es que noté, en su respuesta, un sutil esponjamiento de la voz, una emoción contenida. Dijo algo así como que tuvo un final terrible, que sobre él se cebó la dictadura, que tuvo noticias de sus últimos días a través de un sacerdote que lo localizó en un campo de prisioneros en un estado de total abatimiento y físicamente destrozado por las torturas y vejaciones.
Le dije que Bartleby Editores, la editorial de Pepo Paz -a la que conoce, según me contó, por su colección de poesía-, acababa de estrenar la de narrativa con un clásico de la literatura alemana, Adalbert Stifter (Brigitta), y que era inminente la distribución a librerías de los Cuentos completos de Haroldo Conti en una edición que recogía, a modo de prólogo, un texto emocionado y testimonial de Gabriel García Márquez. Gelman me contó, como si se tratara de una experiencia conocida muy de cerca, la misma secuencia de hechos que en ese prólogo narra el Premio Nobel colombiano. Abajo la puede leer el lector curioso:

"Quince días después del secuestro, cuatro escritores argentinos -y entre ellos los dos más grandes- aceptaron una invitación para almorzar en la casa presidencial con el general Jorge Videla. Eran Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Alberto Ratti, presidente de la Sociedad Argentina de Escritores, v el sacerdote Leonardo Castellani. Todos habían recibido por distintos conductos la solicitud de plantearle a Videla el drama de Haroldo Conti. Alberto Ratti lo hizo, y entregó además una lista de otros once escritores presos. El padre Castellani, entonces tenía casi ochenta años y había sido maestro de Haroldo Conti, pidió a Videla que le permitiera verlo en la cárcel. Aunque la noticia no se publicó nunca, se supo que, en efecto, el padre Castellani lo vio el 8 de julio de 1976 en la cárcel de Villa Devoto, y que lo encontró en tal estado de postración que no le fue posible conversar con él". Gabriel García Márquez.

Gelman me habló de él como uno de los grandes escritores argentinos de su tiempo. No sólo como un amigo, sino como un creador de raza. También le dije que Pepo Paz había pensado en él para presentar el libro de cuentos pero que, ante el apretado calendario de actividades oficiales en que estaba metido, no parecía muy plausible tal posibilidad. Hubiera sido, sin duda, hermoso, vivir la experiencia de un Juan Gelman presentando los cuentos completos de su amigo desaparecido. Pero dejémonos de lamentaciones. Si hace algunos meses transcribí en este blog un fragmento de uno de los relatos del libro de Conti, esta madrugada, cuando tengo la certeza de que sólo me separan unas horas de vivir la experiencia de tener entre mis manos el libro con que hace año y medio comenzamos a soñar Pepo Paz y yo (yo lo soñé, todo hay que decirlo, como un imposible, como una quimera inalcanzable), ofrezco al lector, como anticipo de lo que tendrá en su poder cuando acceda al libro, el comienzo del relato titulado "Perdido". Ahí va:

"El tren salía a las ocho o tal vez a las ocho y media. Recién diez minutos antes enganchaban la locomotora pero de cualquier forma el tío se ponía nervioso una hora antes. Todos los del pueblo eran así. Apenas llegaban y ya estaban pensando en la vuelta. Su padre había hecho lo mismo. La mitad del tiempo pensaba en las gallinas, que comían a su hora, o en el perro, que había dejado en lo del vecino. Para él Buenos Aires era la Torre de los Ingleses, Alem, la avenida de Mayo y, por excepción, el monumento a Garibaldi, en Plaza Italia, porque la primera vez que vino, con la vieja, se extraviaron y fueron a parar allí. Se sacaron una foto y el tipo de la máquina los puso en un tranvía que los llevó a Retiro. De cualquier forma llegaron una hora antes y con todo estaban tan excitados que casi se meten en otro tren."

jueves, 24 de abril de 2008

Gelman, la memoria y nuestro pasado: histórico y... poético

Hace algunas semanas, pasé, por el pueblecito madrileño de Garganta de los Montes, al lado de lo que queda de los barracones de lo que fuera, en los años 40 y 50 del pasado siglo, es decir, en plena posguerra, un "destacamento penal" del franquismo. Es decir: un campo de trabajo para la redención de penas, como lo llamaba Franco, o un campo de concentración de presos políticos, lo que era en realidad. Allí, tal y como lo cuenta Isaías Lafuente en su libro Esclavos por la patria, hubo un promedio de 500 prisioneros excavando el túnel de Mata Águila en condiciones infrahumanas. Gran parte de la línea ferrea, hoy casi muerta, del "directo" Madrid-Burgos la construyó una legión de hombres condenados por el único delito de defender la libertad, de estar con el gobierno legalmente constituido. Ése es uno de los escenarios de mi novela Trenes en la niebla. Un escenario borrado de la memoria de las gentes del valle del Lozoya, enterrado bajo una losa de silencio y de miedo. Hoy, en 2008, los jóvenes que viven en esos pueblos, los que viajan a los alrededores de Garganta de los Montes con la mochila a la espalda para respirar el aire puro de la montaña cada fin de semana, nada saben de la ignominia colectiva que se vivió al lado del camino por el que avanzan. Muy pocos vecinos hablan de aquéllo: de esa forma, intentan hacerse a la idea (autoconvencerse) de que la humillación "no existió". Pero existió, claro que existió. Abajo puede el lector ver un par de fotografías, realizadas con un teléfono móvil el pasado 9 de marzo, de las instalaciones de lo que fuera estación de Robregordo-Somosierra. Naves abandonadas bajo la niebla... Como si una rara y fantasmal estación de Canfranc aguardara la demolición en medio de la cordillera.

GELMAN, LA MEMORIA Y MI RECUERDO DE UNA CRÍTICA

Hablando de memoria: ayer, 23 de abril, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, pude escuchar la voz de Juan Gelman. Una voz firme pese al tono aterciopelado de su acento argentino. Una voz que defendía la poesía como territorio del lenguaje que revela y aturde. Una voz que, quizá como parte sustantiva del oficio de poeta, reivindicaba la memoria. La de los amigos y familiares muertos (algunos, como su hijo y su nuera, tan cercanísimos que nos duelen a todos todavía) bajo la dictadura de Videla, sin duda. Pero su voz iba más allá: convocaba nuestra memoria de humillaciones y derrotas, nos invitaba a devolver la identidad a nuestros asesinados que muerden el anonimato, desde hace más de medio siglo, en cunetas perdidas o en fosas comunes (¿cómo no recordar, al escuchar al poeta, a Federico, como no pensar en la suerte de sus restos?), nos invitaba a un permanente ejercicio de indagación en el pasado. Sin memoria, no existimos, no somos. Esa apelación, hecha con la emoción de quien ha vivido una dramática experiencia -individual y colectiva-, heló la sonrisa, que mostraba con presunción y casi con descaro desde el principio del acto, de Esperanza Aguirre y estuvo a punto de llenar mis ojos de lágrimas.

Ahora, al contemplar las fotografías de la vieja estación que construyeron los presos en las laderas de Somosierra, no he podido sustraerme a la evocación de las palabras de Gelman al recibir el Premio Cervantes, a su intenso canto a la necesidad de tener siempre viva y fresca la Historia, nuestra... historia. Tampoco he podido evitar una evocación muy personal: en 1999, con motivo de la edición en España de su libro Cólera buey, le hice una entrevista para Babelia, entrevista que acompañé, una semana después, de una crítica, razonablemente extensa, al libro. Mi crítica, sin duda elogiosa, no cayó bien en los círculos poéticos dominantes de entonces. Recuerdo que, en aquellos días, Gelman era observado y leído con desconfianza por quienes defendían un realismo directo, experiencial, de tono coloquial (muy Gil de Biedma, para que nos entendamos) porque rompía el lenguaje y jugaba/luchaba en sus bordes, en sus límites -titulé mi entrevista "El arte de gelmanear" y alguien me reprochó que jugara con el lenguaje al titular un texto "serio"-. Es decir, se desconfiaba de la obra de Gelman porque no era "directa". De otro lado, quienes, a la sombra del Valente posterior a los ochenta, o del hermetismo de Ungaretti o Montale, o del intimismo radical de Gottfried Benn, defendían una poesía más metafísica y entrópica, lo observaban con parecida desconfianza porque, vive dios, apelaba a la crítica social, era político como poeta y como hombre y hacía de la recuperación de su memoria personal y de la memoria de los humillados y desaparecidos por la ignominia, un eje matriz de su poesía. Unos y otros, ayer, abrazaban a Juan Gelman, pujaban por emparentarse con su obra y con su experiencia vital. Es decir, habían olvidado indiferencias y diferencias. La solvencia y la calidad y la hondura de la poesía gelmaniana había arrollado, en la última década, las viejas desconfianzas. Y todos, desde la confrontación soterrada y con el deseo de "apropiarse" del poeta premiado una vez acabara el acto, cultivaban el elogio y el abrazo. Seguro que había sinceridad y honesta solidaridad en esos gestos. Pero, al salir, no pude sino recordar la pertinencia de mis reflexiones, publicadas en este blog el pasado 12 de febrero, a propósito de la muerte de Ángel González . Y pensé que, una vez más, le estaba creciendo a Juan el ejército de intérpretes y de "escuderos" que la sombra del Premio Cervantes suele propiciar. Aunque antaño (hace menos de una década) buena parte de ellos lo ignoraran desde la indiferencia. Vivir para ver.

lunes, 21 de abril de 2008

Calaceite, Donoso, el "boom"... y el presente

Hace casi una década, leyendo uno de los apéndices de Historia personal del "boom" (en la edición de Alfaguara, de 1999), escrito por María Pilar Donoso y titulado El "boom" doméstico descubrí, sorprendido, la relación apasionada que, a lo largo de cuatro años, mantuvo el chileno José Donoso, narrador irrepetible de El obsceno pájaro de la noche con el pueblo turolense de Calaceite, centro de la comarca de La Matarraña. En 1971, José Donoso vivía en Sitges y quedó con el traductor al francés de la novela citada, Didier Coste, para revisar algunos aspectos de la trducción. Cuál no sería su sorpresa al saber que Didier no residía en Francia, sino en la primera localidad del Bajo Aragón llegando desde Barcelona, un pueblo llamado Calaceite, un lugar heho de piedra, en el que respira la arquitectura medieval y del renacimiento, lleno de estrechas calles en cuesta que suben hacia la loma de la cumbre sobre la que se levanta. Donoso se enamoró de Calaceite compró la casa que podemos ver en la fotografía ( en realidad, eran tres) y se retiró con Pilar y con su hija a escribir y a vivir entre aquellas piedras hasta 1975: en consecuencia, residió allí cuatro años. Escribió varios libros bajo los fríos (ente ellos, la citada Historia personal... ) y el cierzo de los inviernos y soportando el calor seco y firme de los veranos del lugar. Respiró la quietud y la tranquilidad de sus calles y campos, se apropió sentimentalmente de ellos y, a la vez, se convirtió en un factor de atracción, hacia la paz lejana de Calaceite, de numerosos creadores y pensadores de la época. Luis Buñuel , Gabriel Garcia Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Jorge Edwards, Carlos Barral... fueron algunos de los visitantes y/o residentes por temporadas en la localidad en la década de los setenta. Después, en los años 80, pasarían por allí Ángel Crespo, que tras su muerte sería enterrado en el cementerio del pueblo, el escritor chileno Mauricio Wacquez, el pintor Rafols Casamada, Natacha Seseña o el editor Gustavo Gili.
Donoso convirtió el pequeño pueblo de raíces medievales en un auténtico foco del debate cultural, literario, intelectual de la época. Un pueblo al que llegué hace apenas un mes, en un luminoso fin de semana del mes de abril, para vivir un encuentro poético al que me invitó, junto a Félix Grande, Paca Aguirre y otros poetas (Manuel Franciso Reina, Manuel Quintero), Emilio Ruiz Barrachina, el gran animador (y recuperdor) de la vida cultural del Calaceite de hoy. Más que a las jornadas poéticas yo fui a un espacio singular, casi preferente en mi mitología personal y en mis devociones íntimas: al Calaceite del que se enamoró Donoso. También a la matriz del sueño que no pocas veces hemos acariciado escritores de toda laya: retirarme a escribir en un lugar perdido, un sueño hoy, gracias a Internet y a las nuevas tecnologías, más posible que en los días en que el novelista chileno lo decidió, pero que, en mi caso, inevitablamente otras obligaciones va aplazando. Si a ello se añade que el retiro puede ir acompañado de la "importación" de una vida cultural y literaria intensa como la que llegó a vivir Donoso, he de confesar que el sueño merece el esfuerzo de ser hecho realidad. O, por lo menos, de ser imaginado con mayores detalles y de manera más intensa.

Así empieza la evocación de Pilar Donoso:

"Para navidades hace mucho frío en Calaceite, el pueblecito del Bajo Aragón en España donde vivimos varios años Pepe, mi marido, nuestra hija Pilarcita, nuestro perro "Peregrine" y yo, amén de tres gatos que allí acogimos. Aquel año 1971 el cierzo (viento helado de la región) soplaba con particular encono. La gente del pueblo, acostumbrada a pasar frío en sus antiquísimas casonas de piedra, lo soportaba sin mayores comentarios, preparándose para celebrar las fiestas de fin de año".

En Calaceite, José Donoso escribió mucho. Como si se hubiera dejado seducir por un dios extraño. O no tan extraño: no hay más que dejar la carretera que lleva a Teruel y que cruza el extremo este del puebo, subir caminando cualquiera de las calles que de la carretera trepan hacia el oeste y hacia la loma en cuya falda se levantan las casas para vivir la rara sensación de que no es posible abandonar el lugar sin que nos acompañe un texto escrito en alguno de sus bares semiescondidos en cualquiera de sus edificios centenarios. Comprar o alquilar una casa en Calaceite, vivir la cotidianidad de sus inviernos solitarios y de sus veranos poblados por quienes, desde Zaragoza, Barcelona, Santiago de Chile, el sur de Francia u otros lugares del mundo acuden a disfrutar, allí, sus vacaciones, ha de ser, sin duda, una experiencia apasionante.

lunes, 14 de abril de 2008

García Lorca: ¿una excepción a la Ley de Memoria Histórica?

Hace unos días, buscando en Internet algunas referencias al documental dirigido por Emilio Ruiz Barrachina Lorca. El mar deja de moverse tras su proyección en el Instituto Francés de Madrid el pasado 7 de abril, di con una entrada en el blog de Javier Rioyo titulada "Muertos sin sepultura". Antes, quizá en el verano de 2006, había leído un artículo de Luis García Montero relacionado, también, con el asesinato de García Lorca y sobre la situación de sus restos. Y a finales del pasado año, pude leer las opiniones de no pocos expertos en el portal de Internet de la Asociciación para la Recuperación de la Memoria Histórica. El periodista y el poeta coincidían (con Andrés Soria Olmedo y con la familia) en una idea: no hay que mover los restos de Federico, no hay que investigar hipótesis que afirman que pueden no estar en el Barranco de Viznar, no es necesario poner la ciencia contempránea (los escaner, los sistemas de detección de ADN en vestigios humanos) al servicio de la memoria colectiva, de la recuperación de la historia viva de una indignidad. Una idea que, como antes dije, comparte la familia del asesinado pero que contribuye a dejar en el aire incógnitas que la sociedad española, el mundo cultural de nuestro país y los amantes de la poesía de Federico tienen derecho a despejar. No se trata de un muerto anónimo, de un ciudadano sin influencia (artística, cultural, sociológica, política si me apuran) en la sociedad de su tiempo y en la literatura universal, sino todo lo contrario. La familia de un asesinado cuyo papel en la sociedad no ha sido relevante puede decidir en la intimidad no buscar sus restos, no indagar sobre la forma en que se cometió el crimen, no investigar sobre el lugar en que fue enterrado. No es ése el caso de Federico.
Es curioso que la Ley de Memoria Histórica, respaldada por las fuerzas de izquierda, sustentada en principios radicalmente democráticos y nacida para devolver la dignidad a los vencidos y la identidad, incluso en la muerte, a quienes fueron desprovistos de identidad y enterrados, como si de basura se tratara, en fosas comunes, en zanjas perdidas junto a carreteras solitarias o en barrancos sin nombre (o, como en el caso de Federico, con nombre), sea en este caso sorteada y se plantee que es preciso mantener la incógnita y cultivar, en el fondo, la desmemoria: "No mover a Lorca del lugar de su muerte es la mejor manera de recordar el crimen", afirma Rioyo. Si esa afirmación no fuera acompañada de una suerte de negativa a indagar en nuevos datos acerca de su asesinato, en la búsqueda responsabilidades o de la apuesta por el olvido de detalles que podrían aportar una luz nueva, podríamos darla por buena. Sin embargo, Ian Gibson, en el documental de Ruiz Barrachina, afirma justamente lo contrario. Se ratifica en unas declaraciones hechas a la Agencia EFE que leí en diciembre de 2006 y que reproduzco textualmente: "Lorca es el poeta español más famoso del mundo y la víctima más notoria de la Guerra Civil española, y por ello creo que incumbe al Estado la búsqueda de sus restos". Si a ello añadimos la voluntad de los familiares descendientes de Dióscoro Galindo y Francisco Baladí, el maestro de Pulianas y uno de los dos banderilleros fusilados junto al poeta, quienes, acogiéndose a la Ley de la Memoria Histórica, quieren pedir la exhumación de los restos que se encuentran en la misma fosa, no parece muy racional (tampoco humanitaria) la negativa de a familia.
Sé que es un asunto complejo, delicado si se quiere. Pero, volviendo al principio de esta entrada, resulta llamativa la coincidencia de Rioyo, también de García Montero, con la posición que ha venido defendiendo la derecha política y social. Una postura que supone establecer una excepción en la aplicación de la Ley de la Memoria Histórica, además de limitar (¿o cercenar?) los derechos de los descendientes de dos asesinados no tan conocidos ni influyentes en nuestra cultura como el maestro y el banderillero que, según todas las hípótesis, lo acompañaron en tan trágico destino.

¿Por qué esa defensa tenaz de la inamovilidad de los restos? ¿Por qué esa oposición a la investigacion si lo único que puede hacer es aportar luz y acabar con hipótesis y rumores de toda índole? ¿Por qué esa tenaz perseverancia en dejar el asesinato de Lorca circunscrito a la lógica consecuencia de la represión generalizada del fascismo en la provinccia granadina descalificando motivaciones complementarias, adicionales, pero quizá decisivas (homosexualidad, pugnas y odios familiares, razones económicas)? ¿Cuántos trabajadores, sindicalistas, pequeños empresarios, maestros o campesinos fueron asesinados por militares sediciosos o por fuerzas paramilitares franquistas en el marco de la represión generalizada pero saldando viejas cuentas personales, fobias y odios familiares o pugnas económicas arrastradas durante décadas?
Lorca. El mar deja de moverse es un documental clarficador, contundente. Estéticamente clásico, tradicional si se quiere, pero que cumple con la función esencial de todo documental: aportar nuevos enfoques a una realidad conocida en parte. Iluminar zonas oscuras, aportar nuevos y desconocidos datos. Aclarar nuestra historia y recuperar la memoria colectiva. Y, como corresponde en un asunto tan controvertido como las circunstancias en que Lorca acabó siendo asesinado, poniendo sobre el tapete todas las opiniones: la de la familia, la de Gibson, la de Paul Preston, la de la familia Rosales... Y la de nuevos investigadores que están aportando ingrediente nuevos a la exigencia de investigación. Los restos de Lorca son de la familia, por supuesto. Pero no se trata de expropiárselos, de arrebatárselos, sino de algo tan simple como saber si están donde se dice que están, como desmentir hipótesis que sólo serán peregrinas cuando la investigación lo haga evidente.