miércoles, 30 de diciembre de 2009

A punto de acabar el año: por un feliz 2010

Es casi la una de la madrugada del día 30 de diciembre. Constato que el número de visitantes del blog, esta noche, ha cruzado el rubicón de los 30.000, me pregunto por la identidad del visitante que lo ha hecho y proyecto una mirada retrospectiva al año a punto de finalizar: ha habido momentos felices como no podía ser de otro modo. Pero no todo ha sido felicidad porque la realidad y la vida son imprefectos, consoladores y apacibles a veces, crueles e ingratos otras. He viajado, he amado, he compartido conversaciones, ideales, poemas, novelas, sueños y horas de una intimidad feliz. He construido proyectos y los he imaginado cumplidos, lo que es bastante. E. y su perseverancia y su cercanía 33 años después, los hijos, los paseos por el campo, los poemas acabados, los poemas inacabados, la novela a medias, las manifestaciones por lo que debería ser evidente, el voto contra el escepticismo y la desidia, las lecturas, los amigos y amigas  (tan escasos siempre cuando son verdaderos), los nuevos escritores descubiertos, los manuscritos que me sorprendieron, Chicago, Sidney, Delhi... Ahí ha estado, sin duda, la felicidad. O, al menos, parte de la felicidad.

Pero la vida es un claroscuro. "Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprender más tarde", escribió Jaime Gil de Biedma en su hermoso poema No volveré a ser joven. Ese verso siempre acude a mi mente en los momentos no fáciles. Y 2009 fue un año en el que la felicidad que arriba he descrito ha tenido su contrapunto de infelicidad, de desazón, de desconcierto. Se fueron dos amigos que llenaron muchas veces mi casa y mi mente y mi corazón: José Viñals y, sobre todo, mi hermano Diego Jesús Jiménez (Benedetti  o Ayala también duelen, pero no estuvieron tan cerca). Tuve otras pérdidas familiares, de gentes que formaban parte del paisaje de mi infancia. Y hubo dramas colectivos que no pueden dejer indiferente a nadie con un mínimo de sensibilidad: Gaza, Afganistán, las hambrunas de siempre, el paro que tocó a personas muy próximas, la crisis que cercenó proyectos...


Quiero un 2010 mejor. Infinitamente mejor. Con proyectos cumplidos. Con sueños. Con más felicidad que incertidumbre. Con más amor que desamor. Con poesía, con arte, con verdad. Con más empleo, con salud. Con amistad. Con palabras, esa hermosa materia que nos explica y nos emociona. Y sólo con los silencios imprescindibles. A todos: un 2010 mejor. Con un horizonte tan amplio como el de la fotografía.   

Cierro esta peculiar felicitación con un poema de mi libro Donde nunca hubo ángeles. Un poema que habla de muchas noches de felicidad y amistad y desazón discutiendo de arte, de palabras, de poesía:

DISCUTIR DE POESÍA

Discutir de poesía abrazando las horas hasta dar con el alba
no es despojar al tiempo de sentido.
Es armarlo.
El humo y el coñac, y la noche y la música
levantaron el mundo en torno de una mesa: discutimos
acerca de lo inútil y amamos el instante
que jamás nos consuela, que nos ata
y esclaviza.
¿Mas sabemos que en el aire de un verso algo respira
más allá del lenguaje?
Decimos
viento y nos convocan tardes vencidas,
horas de soledad o de intemperie,
días de dicha o desventura. Decimos tierra
y nos visita la oscuridad y el légamo
donde nunca hubo ángeles, y el paladar se empaña
con el sabor a muerte de un verano maldito,
decimos niebla y la luz se estremece
entre muebles sin uso y busca la memoria
el frío de un invierno en el muchacho
que apenas reconoces.

domingo, 27 de diciembre de 2009

Mundos no tan al margen en tiempos de Internet: dos lecturas últimas.

Herta Müller, la última premio Nobel, es una escritora difícilmente encuadrable en el paradigma postmoderno de la literatura. Es una escritora alejada de las nóminas al uso de narrativa europea.


Aunque residente en Berlín desde 1987, sus espacios imaginarios trabajan en la Rumania rural, en la Suabia de la que es originaria, en un mundo duro, desapacible, en el que los seres humanos, por sus condiciones de vida, casi se confunden con los animales. Un mundo real y vivido, contado con un lenguaje afilado, perturbador, que no elude lo escatológico, que se acerca a las raíces de la condición humana en situaciones límite. Compré hace un par de meses En tierras bajas y lo leí de un tirón. Ayer me hice con la edición en bolsillo de El hombre es un gran faisán en el mundo y espero no tardando mucho hacer lo mismo que con el anterior.

Herta Müller, que narra la experiencia vital de unos seres que trabajan de sol a sol, en la que la sexualidad bordea lo maldito, en la que la religión gravita como amenaza a veces, como salvación otras, que cuenta un mundo en el que las infidelidades y los hijos “ilegítimos” forman parte de lo cotidiano, una existencia regida por el ritmo de las cosechas, por los funerales y los entierros, por el frío y la nieve y la suciedad y el barro, por el amor y por la crueldad. Un universo limitado, asfixiante, pero… lleno de una pavorosa actualidad: no sólo porque todavía, en la Europa del siglo XXI, sobre todo en la del Este, existen territorios, aldeas, pequeños pueblos en los que ese mundo vive más allá de la ficción, sino porque en los relatos de la Müller también respira la realidad que se vive (con las lógicas diferencias culturales) en tres cuartas partes del planeta.


Casi de manera simultánea, leí El caballo de cartón, de Abel Hernández, testimonio poético de un mundo desaparecido que en los años 50 y 60 no mostraba grandes diferencias con el que nos cuenta la premio Nobel y al que dediqué no hace mucho una entrada en este blog. No volveré a ese libro, pero sí viajaré con la imaginación a las tierras y pueblos abandonados de los que en él nos hablaba Abel. Y lo haré de l mano de un poeta mucho más joven que Abel Hernández y bastante más joven que Herta Müller: Fermín Herrero, soriano, nacido en 1962 en Ausejo de la Sierra. Para abrir boca, aquí reproduzco uno de los poemas del libro al que me referiré a continuación.

En el silencio de los pueblos se desmoronan
las paredes de adobe. Qué se podría hacer,
todo, todos se fueron, se fueron yendo
a la ciudad y todas sus muertes juntas
siguen aquí. Y también sigue aquí el castaño
y la fuente, la iglesia, los olmos muertos, los cerros
y la loma. Y también un ramal del nublado
que se volvió, cargado de pedrisco, y el gancho
que arrastraba hasta el banco de matar
a las cochinas. No debo interpretar sus silencios.

Fermín Herrero es un poeta de honda lírica, un escritor que aúna lenguaje y conciencia crítica, que no huye de la memoria y que tiene en el mundo rural que conoció de niño un referente que perdura de un libro a otro. Viene esto a propósito de un breve e intenso poemario que acabo de recibir: De la letra menuda es el título. Algo más de medio centenar de poemas cortos en los que muestra la memoria de un mundo deshabitado, que hoy solo pueblan fantasmas –entre ellos, el fantasma del poeta niño-, en el que la nieve, el viaje, la lluvia, los atardeceres, el vuelo de los pájaros, la vida intensa y mínima del matorral o del viejo álamo conforman una realidad que, en el fondo, es la metáfora del mundo, de un mundo que ya no existe (o que sí existe, no hay más que internarse en la Soria profunda, tierra de origen de Herrero).


He visto en los poemas de De la letra menuda un complemento silencioso de los relatos de la Müller, un caleidoscopio de emociones y de evocaciones que tocan universos pequeños que, todos, alguna vez, hemos conocido. Su lectura me ha permitido reconstruir experiencias que suelo recobrar cada vez que viajo, en coche, por las estrechas carreteras que, en nuestro país, se internan en las comarcas menos habitadas, incluso en el Madrid de la llamada sierra pobre. También cuando lo hago en tren. Siempre me ha fascinado ver, a lo lejos, ruinas de viejas aldeas, de pueblos que tuvieron vida y esplendor décadas antes, pequeñas torretas o campanarios de los que huyeron hasta las cigüeñas. Esos mundos (mejor dicho, la pequeña y gran historia de esos mundos) han cobrado vida estos días (metido en una polémica, por cierto, sobre el fragmentarismo y la propuesta "nocilla") al leer a Fermín Herrero. Cierro con otro poema del libro:

Con trapos viejos y un caldero tan abollado
como su edad camina muy despacio hacia
la casa abandonada donde guarda
los tiestos en el tiempo malo, al calorcejo
de aquella habitación tan calentita
donde tres veces diera a luz y una
amortajara a su difunto. Va a regar
los geranios. El año pasado heló
tanto que ni al abrigo aguantaron, a ver
los nuevos. El caldero abollado, la tos seca.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Narrativa de hoy: ¿Dónde está la guerra de las galaxias? ¿Cómo se libra?

En la tarde del domingo he dedicado un rato a ver la entrevista que el programa Página 2 de TVE ha realizado a Manuel Vilas a propósito de su novela Aire nuestro. Ha sido una entrevista interesante en la que Vilas ha hecho un canto acrítico a la televisión (una televisión, por cierto, que sólo en la cadena en que lo entrevistaban y en algunos programas marginales de las autonómicas atiende a la cultura, el resto evita los programas culturales o, en el caso de las puramente comerciales, se dedica a programar basura) y en la que, a la hora de juzgar la narrativa española actual, ha afirmado lo siguiente: "Hay escritores que combaten en la guerra civil española y escritores que combaten en la guerra de las galaxias". No está mal la frase. Al menos, como lema publicitario funciona. Pero las dudas surgen cuando intentamos ahondar en su significado y pensar en él en conexión con la realidad social (no con la virutal y catódica, sino con la que afrontamos cada día al salir de casa) y con la realidad literaria. Tanto de nuestro país como de Europa, Estados Unidos o Latinoamérica, por ejemplo. No es difícil recordar la llamada tecnoficción de Pynchon en sus novelas de los años sesenta La subasta del lote 49 o Arco iris de gravedad o pensar en el nouveau roman o en experiencias narrativas de la contracultura. O en el más que superado lema "el medio es el mensaje" (años 50) del visionario McLuhan. La afirmación de Vilas nos lleva a plantearnos, al menos, dos reflexiones.


1. ¿Qué es combatir "en la guerra civil española" y quiénes lo hacen?
La primera tiene que ver con la premisa inicial: se deduce de tal planteamiento que quienes no asumen (o no asumimos) la llamada (para ser pedagógicos) "propuesta nocilla"  estamos combatiendo (literariamente) "en la guerra civil española". Cuando sólo horas antes de la entrevista de Página 2 nos llegaba la noticia, de una actualidad pavorosa,  de que García Lorca ha comenzado a ser el primer gran escritor desaparecido, y no sólo asesinado, del siglo XX, la afirmación de Manolo Vilas no deja de ser, con todos los respetos y con toda mi amistad, un sarcasmo. ¿Se refiere a quienes ejercen una propuesta narrativa moderna, innovadora aunque sustentada en la historia, con argumento?  ¿Se refiere a quienes, como Muñoz Molina, o Chirbes, o Belén Gopegui, o Isaac Rosa, o Menéndez Salmón, o Marta Sanz, por ejemplo, siguen arañando, con una rotunda vocación de modernidad, en la memoria colectiva? ¿O quizá plantea que los escritores abandonen la sombra que todavía proyecta (y proyectará sobre las futuras generaciones: no hay más que ver la perseverancia de la caverna en oponerse a cualquier afán recuperador de nuestra memoria) la guerra civil sobre el comportamiento colectivo de mayores, maduros y jóvenes? Yo (seguro que Vilas también) he vivido la experiencia de preguntar a vecinos, jóvenes y menos jóvenes, de pueblos del norte de Madrid sobre acontecimientos de la posguerra y se han negado a hablar. Diría más: me han hecho saber su miedo (heredado silenciosamente de padres a hijos). Ante esa realidad, ¿qué hemos de hacer los escritores? ¿No combatir ese miedo, no aportar claridad ni proyectar nuestra mirada del siglo XXI sobre las heridas que perviven desde hace 60 años?  Si algo necesita el momento narrativo que estamos viviendo en España es rigor en el análisis y no frases efectistas. La televisión, el comic, el cine, el underground, la publicidad son, sin duda, medios que proyectan contenidos, que comunican. Internet, además, intercomunica, proporciona nuevos contenidos globaliza. Somos, en gran medida, seres televisivos, marcados por la televisión, por la publicidad. Pero la narrativa es lenguaje escrito y crítico, instrumento superador de la banalidad, arte basado en palabras.  
   
2. ¿Dónde y cómo se libra la "guerra de las galaxias"?
Lo primero que cabe decir es que la película (una obra maestra de la ciencia ficción) a la que alude la afirmación de Vilas tiene ya 30 años. Que en ese tiempo ha habido, al menos, dos procesos de renovación/revolución/desestructuración narrativa en occidente. En España también. De esos procesos, las obras perdurables que han quedado se pueden contar con los dedos de una mano. Por tanto, afirmar que los escritores "modernos" (o post) están librando "la guerra de las galaxias" mientras que los antiguos están en la guerra civil española, no deja de ser una afirmación huera de contenido. Entre otras razones porque hay escritores modernos, innovadores, rupturistas si se me apura, que en España afrontan nuestra realidad social con moldes estéticos y literarios "no fragmentarios". Y que en Europa o en Norteamérica ocurre lo mismo: sólo a los sectores más conservadores se les ocurre decir en Italia, en Francia o en Alemania, o en Inglaterra, que hay escritores que "combaten" en la Segunda Guerra Mundial o en la guerra contra el nazi-fascismo (por tanto, no modernos) frente a los que están en "la de las galaxias".  Recordar novelas europeas recientísimas (de dos años para acá) proyectadas sobre la memoria colectiva y, a la vez, radicalmente modernas, como Las benévolas, de Johanatan Littel, o La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, o El informe de Brodeck, de Philippe Claudel, o Chesil Beach, de Ian Mcewan o La lluvia antes de caer, de Johanthan Coe, por citar sólo las que he leído y me vienen a la cabeza, haría innecesario prolongar esta reflexión.

Creo que Aire Nuestro es una buena obra narrativa. Lo he dejado escrito en este blog (pinchen aquí). Pero a mi juicio es una obra narrativa valiosa en la medida en que baja de las galaxias y conecta, sobre una base compuesta de personajes reales (algunos inventados) que proceden tanto de la cultura "culta" como de la cultura popular, con nuestra geografía sentimental, con nuestra memoria personal y colectiva. Su estructura televisiva es importante. Pero sin la programación por la que opta, apegada a nuestro universo de emociones y de experiencias, se quedaría subida a la galaxia.
Hasta aquí, mis reflexiones sobre la frase de Vilas. Una aportación a un debate tan imprescindible como esquivado.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Un mundo desaparecido... ¿sin remedio? Mi lectura de "El caballo de cartón"


El pasado lunes tuve la fortuna de participar en la presentación del nuevo libro de Abel Hernández, El caballo de cartón. Fue un desayuno con la prensa del que supe muy poco tiempo antes. Creo recordar que fue el viernes precedente cuando Javier Santillán, el editor de Gadir, me llamó para proponerme acompañar a Emilio Lamo de Espinosa y a Antonio Ferres en la presentación. Me envió de manera inmediata el libro y con ese acto me abrió una nueva puerta a una literatura con la que siempre me he sentido identificado. El caballo de cartón es un libro de la memoria. De la memoria de las cosas y de la memoria de los hombres y mujeres que hicieron la microhistoria de nuestro país en unos años difíciles, extremadamente duros. Había leído, un año antes y de manera gozosa, sus Historias de la Alcarama, un extenso diálogo de un padre con su hija en el que aquel evoca la vida cotidiana en uno de los muchos pueblos desaparecideos en el interior de Soria: Sarnago, su lugar de nacimiento. Por eso, mi predisposición no podía ser más favorable. Me sumergí en el libro como quien bucea en su propia historia, en sus evoaciones más íntimas. Y lo acabé en un par de días.

Toda lectura de buena literatura es, de algún modo, un acercamiento a las experiencias más profundas y radicales (de raíz) del lector. Al leer El caballo de cartón, un texto en el que Abel se recuerda niño en un mundo rural desaparecido que recobra sus formas y detalles ante la visión, entre las ruinas de la casa abandonada en la que nació y se crió, de ese viejo jueguete deteriorado, cochambroso (el caballo de cartón regalado en una fiesta remotísima), he tenido una doble experiencia. La primera es la recuperación de los olores, los ruidos, las voces, los sabores, los colores y luces de abolidos veranos de mi infancia en una aldea soriana, Aguilar de Montuenga, en la que pasaba las vacaciones en un tiempo (finales de los años 50)  en el que, en el medio rural, se vivía, casi, como medio siglo antes. La permanente comunión del hombre con una naturaleza que marcaba el ritmo de su vida, la presencia cotidiana de los animales en la existencia de niños y mayores (gatos que limpiaban establos de ratones, perros que acompañaban la caza o espantaban al lobo y al zorro, lobos que hacían temibles los inviernos, caballos entre la labor en la era y la fantasía del niño), el ceremonial de la matanza, la magia de las primeras nieves, la luz de los otoños, la gravitación del poder de la iglesia sobre el microcosmos de los pueblos, el destierro del sexo, el peso de la dictadura y sus leyes ominosas, la extrañeza del viaje en gentes que permanecían durante toda su vida en lugares remotos que sólo abandonaban para una atención hospitalaria, para el servicio militar o cuando decidían emigrar/huir, la fiesta anual como lugar de la celebración, de la irreverencia, de la quiebra de la rutina y de la sensualidad y el desafío. La segunda experiencia que me ha avivado el libro es la conciencia de su estrecha sintonía con mi pasión por recorrer lugares de la España más recóndita e imprevista y con una actitud solidaria hacia quienes, en el reverso, vuelven, en los últimos años, a los pueblos que abandonaron para recobrar sus edificios y darles una nueva vida (emigrantes de antaño que regresan a los orígenes): la esperanza respira en el libro de Abel Hernández relegando, de manera sutil, el pesimismo que nos invadía en Historias de la Alcarama. 

En la era de Internet y de la pasión por el fragmentarismo que protagonizan algunos adalides de la postmodernidad, en un siglo XXI de cultura posturbana podemos preguntarnos por el sentido y la vigencia de este tipo de literatura. No sé la respuesta posmoderna. La mía es que su vigencia es plena. No sólo porque habla de mundos que nos han precedido, en los que están clavadas nuestras raíces, o porque generen un espacio de ficción apasionante, sino porque contribuye a poner ante nuestras narices una realidad tan del siglo XXI como el PC o el teléfono móvil:  la que representan miles de hectáreas de tierras abandonadas en las que duermen ruinas, casas que tuvieron vida (con viejos caballos de cartón en alguno de sus chiscones o desvanes), iglesias con maravillosas cúpulas semiarruindas, ermitas cerradas e invadidas por las telarañas, tierras de cultivo condenadas al barbecho para siempre, frutales o huertos sin sentido, invadidos por la mala hierba, cementerios entre cardos y secos matorrales.. En Soria, en Teruel, en Zamora, en Huesca, en León... En esas y en otras muchas provincias es posible acercarse a esa realidad.


El caballo de cartón, como Historias de la Alcarama, es, también, una invitación a indagar en esa realidad. Tiene una función social evidente en tiempos en que se reniega de la literatura comprometida: nos invita a conocer esa otra cara del siglo. Una cara en la que respira el pasado pero que no es pasado: no hay más que coger el coche, enfilar por una de las carreteras que se internan en esa España interior y darse de bruces con ella. Aunque en el coche llevemos un portátil, un teléfono móvil o aunque nos vaya guiando por los más remotos lugares un ultramoderno GPS.
Termino con una invitación: el lector puede conocer en detalle la opinión de Hernández asomándose a la entrevista que aparece publicada en el blog (maravilloso blog lleno de descubrimientos, de invitaciones al viaje, de denuncias) Pueblos dehabitados. Y puede aprovechar para acercarse/internarse en buen número de localidadess abandonadas idénticos al Sarnago del que Abel Hernández escribe.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Tranvías: personajes de dos novelas

En mi memoria sentimental y literaria ocupan un lugar destacado los tranvías. Sé que no soy la única persona que tiene esa sensación. Sin ir más lejos, el poeta y narrador José Ángel Cilleruelo mantiene un blog en el que ese ser inerte, todavía útil en gran parte de las ciudades de la vieja Europa, es personaje central, foco de atracción de un universo de textos literarios y fotografías como no creo que tenga parangón en toda la Red. El blog lleva por título De los tranvías.

Mi infancia y mi adolescencia están profundamente vinculadas a un Madrid en el que ese medio de transporte formaba parte de la cotidianidad. Enormes seres metálicos que me trasladaban de un barrio a otro, de las calles más céntricas (aquella Gran Vía con vocación neoyorkina, cosmopolita, con algo del universo de Broadway en miniatura) a las que -hablo de mediados de los años sesenta-, en el límite de la urbe, bordeaban descampados, extrarradios, periferias o como quiera que se llamara entonces ese espacio en el que convivía un Madrid todavía rural con nucleos de casas bajas y bloques de viviendas sin servicios colectivos ni asfaltado. En los tranvías se hizo parte de mi educación sentimental. Tranvías que recorrían la Ciudad Lineal, desde la Plaza de Castilla o la cuesta del Sagrado Corazón hasta la Cruz de los Caídos o Canillejas. Tranvías que llegaban a la Universitaria o mostraban su bullicio metálico en la Red de San Luis, frente a la Telefónica, tranvías de Sol, de Bravo Murillo y García Morato, hoy Santa Engracia....


Los tranvías surgen en mi memoria vinculados, también, a mis primeras lecturas de poesía civil, de Blas de Otero o Pepe Hierro, a algunos de los poemas más memorables de Gil de BiedmaÁngel González, a las novelas de Juan García Hortelano, al nacimiento, esplendor y decadencia de amores adolescentes con protagonistas vestidas de uniforme de colegio de monjas y grandes carteras repletas de libros y cuadernos, a las tardes de fútbol cuando la televisión era sólo una ventana en blanco y negro en la que sólo cabía un partido (cuando cabía) cada sábado y me llevaban desde la Plaza de Castilla hasta el Santiago Bernabeú algunas tardes de domingo o me dejaban a la puerta del campo del Plus Ultra, un segunda división desaparecido en las tinieblas de los años 70.

Tranvías de tardes de manifestación y botes de humo. De viajes desde las entrañas de la Prosperidad a los aledaños de un Café Gijón mitificado, al que, guiado por un Diego Jesús Jiménez recién conocido, me asomé por vez primera (allí estaban Paco Umbral, Eladio Cabañero, Armando López Salinas, Pepe Esteban...) para descubrir la trastienda de lo que podía leer, desde la lejanía de mi barrio periférico, en la Estafeta Literaria, o en Triunfo, o en Cuadernos para el Diálogo, o en el mítico suplemento de libros del diario Informaciones. Tranvías que me hablaban de la juventud de mi padre, de hombres que vivían en la clandestinidad y que solían aprovechar el viaje en aquellos trastos para trasladar pequeños alijos de propaganda ilegal, de ejemplares de Mundo Obrero o de llamamientos a huelgas generales o manifestaciones. Tranvías en los que fui escolar, iluso niño navideño a la espera de regalos improbables (casi siempre imposibles), poeta en ciernes, lector de libros marxistas, pseudomarxistas y de libros cristianos irreverentes y algo sociales. Tranvías que acogieron al joven que volvía, desde la recién inaugurada UVA de Hortaleza (año 1964), al barrio de la Concepción, a contemplar las ruinas del demolido barrio de la Alegría donde todavía respiraba, digámoslo con palabras de Ana María Matute, su "primera memoria". Tranvías en los que pude leer las primeras revistas de música rock, o pop, o como queramos llamarla, o repasé los apuntes del preuniversitario. Tranvías....

Sí: todo eso ocurrió antes de que desaparecieran de Madrid. Antes de aquellos días de la primavera de 1973 en que el gobierno municipal franquista levantó la línea que llegaba hasta Canillejas desde la Cruz de los Caídos, la última línea con vida hasta aquel momento de una ciudad que los había integrado en su paisaje del mismo modo que cada uno de sus habitantes los habían hecho parte de su geografía más íntima.

En los últimos años, en mis viajes a ciudades europeas, desde Berlín a Varsovia o Viena, he podido comprobar cómo en ellas los tranvías, modernizados, remozados o completamente renovados, siguen formando parte del paisaje, de la vida cotidiana, de la cultura de la ciudad. Como debió ocurrir en Madrid. Sin embargo, las cosas fueron en sentido contrario. Los últimos años 60 y los primeros 70 fueron los del reinado de los "escalextric", de los pasos elevados, de la desaparición de las "rondas" (recuerdo Francisco Silvela o Doctor Esquerdo como dos hermosos bulevares que recorría el tranvía y en cuyo centro se levantaban terrazas veraniegas y cenadores) y del asesinato de los tranvías. Dicho sea de paso, hemos de saludar que en los últimos años asistamos a la parcíal y muy tardía purga de aquel crimen por parte de ayuntamientos de la periferia, que están instalando, en las afueras, nuevas líneas de tranvías (modernos, funcionales, distintos).

Escribí en algún lugar hace ya bastantes años que "la memoria es la única ciudad en la que no nos sentimos forasteros".  Cierto: en la memoria viven quienes fuimos en sucesivos momentos y viven los olores, las sensaciones, los rincones urbanos en que amamos o sufrimos. Si nos sumergimos en la memoria con la palabra (con la literatura, con la poesía), podemos, en parte, recuperar los paisajes perdidos, los olores que desaparecieron, los seres queridos que nos dejaron. De ese convencimiento partí para recuperar y dar vida a ese tiempo de tranvías, amores en ciernes, antifranquismo heroico (aunque fueramos cobardes y asustadizos) y sueños inabarcables cuando, a finales de los años ochenta y principios de los noventa, escribí El lento adiós de los tranvías, mi tercera novela, y ocho o nueve años después, Los días de Eisenhower. Raras novelas de la memoria, de la peculiar formación de protagonistas que vivieron entre el miedo y la felicidad adolescencia y primera juventud, raras novelas en las que quedó parte de mi vida: ¿qué otra cosa puede ser la memoria sino parte esencial de la vida?


Hace siete años decidí revisar a fondo El lento adiós... En 2007 terminé ese trabajo. Pues bien, durante tan dilatada labor de relectura y corrección de la novela he podido constatar que los tranvías, en mi obra literaria, no son los seres inertes a los que más arriba me refería. Son seres vivos, cargados de emoción y de ventanas a la imaginación y a la memoria propia y de mis predecesores. Trastos metálicos que, todavía hoy, a punto de morir 2009, transportan a un niño que permanece incólume cuando abro el libro en su primitiva edición de Mondadori y comienzo a releer los capítulos que, en una etapa que recuerdo casi de éxtasis, de pasión literaria permanente, fui escribiendo mientras en Madrid tocaba a su fin la década de los ochenta, se agrietaba la movida y los noventa preludiaban un cambio de siglo tormentoso.

Así me refiero a los viejos tranvías en un fragmento de mi novela:
"Cuando tomó asiento y el tranvía iniciaba su marcha, Mario tuvo una sensación obtusa y amarga: aquellos cacharros, viejos compañeros de tantas travesías de la infancia, iniciaban un lento e irreversible adiós. Recordó que algo había leído en el periódico: aquellos habitantes de hierro, pintados de verde o de azul, engalanados con una publicidad en la que aún perduraban las huellas de los cincuenta, en la que la aspirina o el coñac, los grandes almacenes o el elixir equívoco, mezcla de salvación alcohólica y tonificante, se ofrecían como consuelo para sobrellevar una vida no por rutinaria menos difícil, aquel año habían comenzado, por oscuros intereses municipales, a ser pasto de la memoria, a dejar una maraña de vacíos en el paisaje urbano, a extender una sensación de orfandad en quienes, como él, habían hecho de sus asientos tronos pasajeros, de sus chirridos parte de la música y del signo de la hora. No de la hora abstracta, sino de la hora perfectamente precisa y cotidiana: la del viaje diario al trabajo, la del encuentro con los grandes almacenes o con las viejas librerías del casco antiguo, la de la visita al amigo o al pariente, la del amor, la de las huelgas imposibles, la del preámbulo de los partidos de fútbol del domingo o la hora última, en el filo de la madrugada, de los rezagados, de los borrachos o de las prostitutas, la hora llena de grietas de los mordidos por la soledad."

sábado, 5 de diciembre de 2009

Recogerse el pelo, salir del blog y otras reflexiones

Que Internet está modificando los hábitos de lectura, los caminos de acceso a determinados libros y las formas de hacer públicos textos literarios (cuentos, novelas y poemas) es ya una verdad universal. El e-book abre perspectivas cuyo alcance último se nos escapa. Y sugiere preguntas diversas: ¿convivirá el libro en papel con el libro digital?, ¿terminará éste con aquél?, ¿quedará el libro tal y como lo conocemos relegado a la condición de objeto marginal, vicio de colecconistas o consumo de minorías? Son preguntas que quienes nos hemos formado en la cultura del libro nos hacemos con cierta angustia, con la marca del temor a lo desconocido y el miedo a perder el suelo sobre el que hemos venido caminando.

Igual se trata sólo de un vaticinio interesado, pero soy de los que opinan que habrá convivencia del mismo modo que hoy convive la televisión de alta definición (donde es posible ver el cine en alta definición) con las salas de cine (eso sí, en el formato multicine incorporado a gran superficie comercial) y con la costumbre de ir al teatro. El video no mató a la estrella de la radio frente a lo que nos contaba una canción pop de principios de los ochenta (la radio está más viva que nunca, por cierto) ni la televisión ha matado al cine o al teatro. En todos ellos, la proteína, es decir, la historia como sustento del hecho narrativo, se mantiene incólume o con más fuerza que nunca.


Viene todo esto a propósito de dos reflexiones.
La primera está relacionada con el fragmentarismo consecuencia del efecto nocilla (literatura mutante, así lo llama Vicente Luis Mora) en que, con la excusa de la omnipresencia de Internet, se ha querido situar el paradigma de la novela del siglo XXI. Agustín Fernández Mallo tiene un ferviente "hincha" llamado Manuel Vilas, autor al que me he referido aquí  y que cuenta en su haber con una obra certera, Aire Nuestro, en la que se advierte una voluntad estructural para acercarse al formato novela (mi elogio, curiosamente, no apareció en su blog). Pues bien, Internet es un espacio virtual donde todo convive. Pero un espacio virtual que no afecta a la esencia de la literatura desde sus orígenes: dar forma, a través del lenguaje, a nuestras emociones y a nuestros miedos, que son las emociones y los miedos de siempre. Que tampoco afecta, si hablamos de narrativa, a la base esencial de la novela desde El Quijote o la picaresca hasta nuestros días: la historia. La literatura mutante produce otros materiales, parecidos cuando no casi idénticos (estructuralmente, se entiende) a los que produjeron las vanguardias: produce fragmentos, agregaciones de imágenes, reflexiones a las que se busca un hilo conductor no siempre de manera afortunada. Es el nuevo escenario de Internet. Pero el medio no es el mensaje aunque lo dijera McLuhan hace más de medio siglo. La fragmentariedad del mundo tal y como lo recibimos a través de los nuevos medios tiene en la literatura un paradigma ordenador: ahí están las últimas novelas de Muñoz Molina o de Luis Landero, por ejemplo. La narrativa no es un espejo/reflejo de lo que nos llega a través de la Red. Ni siquiera un espejo deforme. Es un "lugar" cualitativamente diferente, que se nutre de la realidad y la trasciende para construir una nueva realidad. Con palabras: por supuesto.



Las manera de recogerse el pelo. Generación bloguer es una antología de poetas "blogueras" ideada/promovida por el poeta asturiano David González que, tal y como ha anunciado en diversas ocasiones Pepo Paz, editará Bartleby en unos meses. Poetas que, mayoritariamente, se han curtido en la escritura en el mundo de Internet, en el ámbito del blog. Que han crecido en este ecosistema virtual que, siempre, habla del ecosistema de la realidad , de nuestro mapa de emociones, incertidumbres, miedos y deseos. Pues bien, estas poetas, buenas poetas (¿o poetisas?) pasarán del blog (de Internet) al papel, verán sus poemas, negro sobre blanco, agrupados en un libro hecho con el gusto y la delicadeza con que Bartleby hace los libros, un libro que irá a los anaqueles de las librerías, estará (si es posible) en las mesas de novedades de éstas y será leído al amor de la lumbre, en un café, en el tren, en el metro o en el autobús o junto a una ventana que da al mar (por ejemplo), por lectores devotos de la poesía .

Ese itinerario conduce, a la vez, a dos reflexiones: de un lado, es bueno destacar la importancia que tiene, para todo poeta, por muy joven que éste sea, el libro convencional, el libro de siempre. Tiene algo (lo he escrito alguna vez en este blog) de canonización, de "certificado" que acredita su condición de escritor. Puesto que es obvio que todas las poetas de La manera de recogerse el pelo  pueden colgar sus libros (no sólo los poemas antologados) en sus blogs o en mutitud de páginas web, ¿qué sentido tiene la edición en papel? Dejó ahí la pregunta. La segunda reflexión es algo más peliaguda: estos días, con motivo de una agria polémica sobre el pirateo de libros de poemas, Pepo Paz ha sugerido la posibilidad de colgar la antología y no editarla para así dar la razón a quienes justificaban, en los comentarios recibidos en su blog,  la apropiación indebida de textos ajenos. Ha habido, como es natural, protestas entre quienes entendían y justificaban (algunas interesadas, por tratarse de antologadas) el pirateo de otros por el gran papel difusor de cultura que tiene Internet pero, sin embargo, no veían bien que esa "medicina" se aplicara a La manera...  Pues bien, esa es una de las muchas evidencias de la necesidad de oponerse a todo pirateo. Si se cuelga en la red, ¿para qué editarlo? Si un libro puede ser reproducido en su integridad, o casi, por cualquier bloguero, ¿qué sentido tiene gastar tiempo, dinero y esfuerzo en la edición en papel? Aun considerando en el horizonte el e-book, es obvio que hay que salvaguardar los derechos de los autores y de los editores, también trabajar para que la red de librerías interesadas en vender poesía se mantenga y crezca, y evitar que cualquier ciudadano pueda, por la vía directa, copiar entero (o casi) un libro y colgarlo en la red como si éste si fuera propiedad suya. Que lo haga si quiere con los de dominio público, no sujetos a derechos... Pero hacerlo con el resto de los libros es un delito.

La manera de recogerse el pelo, editado en papel, tendrá algo de consagración de las poetas que lo nutren. Saldrán del blog, cruzarán ese espacio invisible que separa la pantalla y el universo de la Red del libro que se acaricia, cuyas páginas se huelen (ese aroma algo ácido del papel y la tinta), cuyo lomo puede contemplarse, junto al de otros libros, en una estantería.... Pero... ¿y si no llegara a ser un libro... en papel? El contenido sería el mismo, cualquiera se lo podría descargar e imprimir, no habría merma en los poemas, ni en las biografías de las poetas. Incluso podría ser leído sin descargarlo ni imprimirlo. ¡¡Y sería gratis para los lectores!! Como director de la colección que lo acoge, creo que no sería lo mismo. Y estoy convencido de que así piensan las propias poetas que integran la antología. ¿O no?

domingo, 29 de noviembre de 2009

Palabras para José Viñals / El tiempo en los objetos

Para José Viñals, in memoriam
Palabras para José Viñals

José Viñals perdió la batalla contra la enfermedad. Vaya otoño que llevamos. Anteanoche recibí la noticia y no pude evitar un vacío extraño en la boca del estómago. Recordé de inmediato a Diego Jesús Jiménez y su marcha inesperada y recobré momentos de una amistad firme, casi siempre en la lejanía, cultivada a lo largo de más de quince años. Fue en 1995, en una de sus visitas a Madrid desde el Jaén que acabó por convertirse en su pequeña patria dentro de la patria universal del idioma (él, argentino de Corralito, Córdoba, era un eterno exiliado de los países y de las ciudades, un gran amigo de los pueblos, un grandísimo poeta), cuando lo conocí. Buscaba editorial de ámbito estatal para sus libros, buscaba reconocimiento, buscaba la proyección nacional que su poesía, su narrativa, sin duda alguna, merecían.
En aquellos años fue creciendo, a su alrededor, una constelación de jóvenes poetas que fueron trabajando por abrir paso a una obra caudalosa y brillante, que bebía en el surrealismo y las vanguardias, en la que había toneladas de sensualidad, y un trasfondo de tristeza, de conciencia de desterrado de la que nunca se liberó. Juan Carlos Mestre, José Ángel Cilleruelo, Lupe Grande, Jorge Riechmann,  Yolanda Soler, Juan Manuel Molina Damiani, José María Parreño...  Hoy recuerdo las largas conversaciones de aquellos días en un Madrid que no fue tan hospitalario como él esperaba, en el que vivió por un tiempo para terminar abandonándolo buscando mejores horizontes en Málaga primero, en Valencia después para, al final, retornar a Jaén. En 2000 obtuvo el premio Jaime Gil de Biedma con un libro intenso, Transustanciaciones y entre sus títulos (escribo de memoria) cabe destacar, en poesía, Milagro a milagro, Animales, amores, parajes y blasfemias y Elogio de la miniatura. La última vez que lo vi en Madrid fue hace tres años, con motivo de la presentación, en el Círculo, de He amado. Lo encontramos delicado de salud, pero ilusionado, hondamente comprometido con la poesía. Y con la narrativa. Lo digo porque escribió tres libros en prosa en los que no dudo en vislumbrar una voz equiparable a la de Juan Rulfo: los libros de relatos Miel de avispa y Ojo alegre y viejísimo (un buen homenaje a José sería publicar ambos en un volumen de "cuentos completos") y la novela, con una capacidad perturbadora difícilmente igualable, titulada Padreoscuro. Descansa en paz, José. A los que quedan aquí, sobre todo a Martha (maravillosa e inigualable tejedora de tapices), a Irene y a Andrea, a Gabriel, a Yolanda y a Celia, mi solidaridad, mi cercanía. Nuestra solidaridad y nuestra cercanía y nuestro calor.
Un breve poema de José (de Elogio de la miniatura):

"Nadie responde por mi nombre: yo me he ido. Lo que queda de mí es un polvillo ceniciento que cabe en una urna".
Y una obra poética singular, irrepetible, extraña, acogedora.

El tiempo en los objetos

Planchas de hierro, máquinas de coser (Singer, Sigma....), pequeñas y arcaicas básculas, cajas metálicas de membrillo y de otros productos, pesas y medidas, radios de galena y  aparatos de radio enormes de los años cincuenta y sesenta, maletas, arcones, cestas, cadenas oxidadas, banquetas, transitores primitivos, baúles, picadores de carne, frascos diversos, teléfonos, cananas de la guerra civil, tijeras oxidadas, pinzas, viejas monturas de gafas, viejas balas, cacharras de leche, antiguas botellas de gaseosa... Todos esos objetos, que parecen extraidos del universo rural y remoto al que tantas veces se refirió Viñals en sus poemas y en sus cuentos, y en los que alienta (o duerme) la vida de otro tiempo, pude contemplarlos, junto a otros muchos, hace poco más de una semana, durante la mañana de nubes y claros del sábado de noviembre, en dos lugares que sólo conocía de paso y a los que distintas circunstancias nos llevaron a E. y a mí.

El primero es el llamado centro de recursos ambientales de Garganta de los Montes, en la pedanía de El Cuadrón, en pleno valle del Lozoya. Allí, en lo que hace algunos años fuera sala de exposiciones, podemos ver ahora algo muy parecido a un museo etnográfico de la comarca. Los viejos del lugar, las familias más añosas de los pueblos del valle, han ido dejando allí algunos de los objetos que durante muchos años formaron parte de su vida cotidiana en un valle poco accesible hasta bien avanzada la década de los sesenta, al que las carreteras (si así podían llamarse) llegaban difícilmente y en el que la existencia se desarrollaba en íntima comuníón con la naturaleza.

Al pasear la mirada por aquellos objetos, muchos de ellos muy familiares por haberlos visto, en los veranos de mi infancia, en un remoto pueblo de Soria, no pude evitar pensar en el enorme acarreo de sueños, decepciones, esperanzas, gozo y sufrimiento, que podían albergarse en todos y cada uno de ellos. Son, cierto, seres inertes, hechos de madera o metal, o de otros materiales procedentes de la naturaleza. Pero llenaron de sentido las horas de cada jornada dentro de aquellas casas de adobe y piedra, de bajísimos techos y ventanucos (salvaguardas contra el frío de la montaña) que hasta mediados del siglo XX conformaron la arquitectura popular de esa sierra. No sólo desde el punto de vista individual, o familiar. Dieron sentido al mundo cotidiano compartido por toda una sociedad: la sociedad rural, un universo que hasta hace muy pocos años vivía casi aislado, protegido por la cadena de montañas que, desde La Morcuera al Mondalindo, constituye la barrera sur del valle.
El segundo "museo", infinitamente más completo y diverso, se encuentra en un lugar soprendente, extraño: el estanco de Lozoyuela, un viejo establecimiento situado en el centro del pueblo, en el que su propietario guarda un riquísimo y proteico legado familiar apiñado en las más variadas estanterías: junto a una colección de viejas máquinas fotográficas, vive otra de teléfonos cuyos más antiguos ejemplares proceden de los años de nuestra Guerra Civil. Además, aperos de labranza, soportes para fotografías, llaveros, balas, cartucheras, cascos, gorras militares utilizadas en el frente de Somosierra, no lejos del pueblo donde se encuentra el estanco...   Si alguna vez cualquiera de los lectores que recala en este blog pasa por el pueblo madrileño de Lozoyuela, no deje de lado el estanco. Aunque no fume, debe de entrar a comprar, por ejemplo, un paquete de chicle, perfecta excusa para llenar la imaginación con los centenares de objetos que conviven con el estanquero, con las diversas marcas de tabaco, con pequeños materiales de papelería.



Más de una vez, cuando viajo por las estrechas carreteras que surcan comarcas remotas de nuestra geografía, incluso por las zonas menos pobladas de la sierra norte de Madrid, o de la Tejera Negra, al norte de Guadalajara, suelo pensar en los vestigios de otro tiempo que, en forma de objetos cotidianos y utensilios de todo género, duermen detrás de las ventanas cerradas de las casas abandonadas que parecen hacer guardia junto a la carretera, o en los antiguos edificios de los pueblos semivacíos. Palanganas o jofainas, cántaros, botijos, baldes, cuchillos, cucharas, cordeles, peones y peonzas, espejos con marcos de bronce o de hierro forjado.... Los símbolos de un mundo desaparecido que sólo la sensibilidad de quien quiera recuperarlos para el presente  trasladándolos a una vivienda de hoy como objetos decorativos, quizá en una lejana ciudad, o de quien decida resucitarlos con la palabra a través del poema o del relato, puede concederles una nueva y diferente existencia. O de una entrada de blog en homenaje a un poeta que, como José Viñals, nos ha dejado algo más huérfanos.

sábado, 21 de noviembre de 2009

El primer libro: rastros de dos momentos inolvidables

En los últimos años he leído innumerables manuscritos. De poesía, también de novela y algún que otro ensayo. Los que más me han conmovido, siempre, han sido los de aquellos escritores (poetas o narradores) que ponían, directamente o con la mediación de una editorial (hablo de Bartleby Editores, con la que colaboro desde hace más de una década), en mis manos su primer libro. El depósito de ilusiones, de sueños, de miedos e incertidumbres que el autor entrega a quien, conferido de una rara autoridad (moral, editorial, literaria), recibe el manuscrito va más allá del texto que en él se contiene. El manuscrito del primer libro es una especie de recipiente donde vive un ser humano que se ha lanzado al juicio de los demás “casi desnudo, como los hijos de la mar”, que diría Machado.
Con ese acto, se inicia un proceso que sólo en ocasiones muy contadas culmina con éxito. Es decir, se traduce en un libro editado. Ante cada manuscrito de un poeta que se estrena suelo viajar con la memoria a mi experiencia de escritor primerizo que, al fin, encontró editor. Sí: porque todos fuimos escritores de un primer libro de igual modo que hemos sido protagonistas del primer amor, de la primera huida, del primer engaño...



Era un día de septiembre de 1980. Han pasado casi ¡¡30 años!! Era un libro de poesía en el que había depositado todas las expectativas del mundo, un libro que no he reeditado y que curiosamente, mantengo en stand by hasta tener tiempo y ánimo para revisarlo en profundidad y corregirlo: su título, Poco importa romper con las alondras . Recuerdo con viveza mi entrada en el sótano de Cruz Verde, la calle paralela a San Bernardo, no lejos de donde se instalaría durante años la Asamblea de Madrid y cerca de la mítica librería Fuentetaja, entonces gestionada por el no menos mítico Jesús Ayuso, donde tenía su sede Endymion. Allí,  rodeado de gatos -la editorial y su almacén eran asilo y hospital de cuanto felino encontraba Jesús en la calle-, trabajaba, casi vivía, el entrañable Jesús Moya, mi primer editor,  mi EDITOR. No estaba. Un ayudante me entregó el libro (no recuerdo cuántos ejemplares, quizá media docena), me dijo que Jesús me esperaba, para tomar un café y celebrar la novedad en su despacho del ICONA (entonces, mi editor era funcionario, sueldo del que esencialmente vivía, la editorial era una heroicidad como tantas de la época). Cogí los ejemplares y, con ellos bajo el brazo, salí a la calle dominado por una euforia irracional. Me dirigí a la estación de metro de San Bernardo combinando la relectura compulsiva y la atención al firme de la calle.


Jesús Ayuso
Casi de milagro, me vi sentado en uno de los bancos del andén con el libro abierto entre mis manos.  "Al fin puedo considerarme poeta: ya tengo libro", me dije. Olí sus páginas, las examiné de arriba abajo, de abajo arriba e inexplicablemente, encontré algunas erratas que, de inmediato, considerá pequeños dramas, agresiones contra la integridad de aquella gavilla de poemas que habría de probarme ante el mundo literario. Observé la portada, la miniatura de un magnífico grabado de Arcadio Blasco Cuando llegó el convoy, entré en uno de sus vagones sin abandonar aquella atención hacia el libro. Y seguí releyendo. Los poemas cobraban un sentido distinto al que tenían antes de mostrarse paginados y en letras de imprenta. Pensé en mi pade, muerto un año antes, que no conocería el libro, que se fue de este mundo dudando de la virtualidad de mis sueños literarios,  pensé en las interminables noches en vela en que había soñado con aquel pequeño volumen de poemas. Hice transbordo en Ópera y cuando salí del metro en Puerta de Toledo casi corrí hacia la sede de ICONA en busca del autor de aquel milagro. Aquel café con Jesús Moya cerca de aquel edificio de granito que aún sobrevive mirando de frente a la vieja Puerta de Toledo, fue la primera y última celebración de la novedad.
Con aquel poemario, casi nunca aludido en mis notas biográficas, mantengo una deuda: su corrección y reedición. ¿Llegaré a hacerlo?
 
Como si se tratara, otra vez de mi primer libro: así recibí, en una nave industrial perdida en medio del polígono Cobo Calleja, de Móstoles, el primer ejemplar de Mar de octubre, mi primera novela. Aunque la editorial Fundamentos tenía (tiene) su sede en Madrid, en la calle Caracas, muy cerca de Fernández de la Hoz, donde estaba entonces el edificio central de Comisiones Obreras, yo no pude esperar a que llegaran allí los ejemplares. Por eso, pregunté a Juan Serraller, su director y propietario, qué imprenta lo había editado, en qué almacenes se encontraba. h dio la dirección, cogí mi conche y salí de Madrid, carretera de Extremadura adelante, hacia la ciudad de Móstoles, un nucleo residencial hijo del desarrollismo franquista al que rodeaban extensos polígonos industriales. Allí, en los alrededores de Móstoles, en aquel polígono industrial bañado por la luz agrisada del atardecer, estaban la imprenta y el almacén con que trabajaba Fundamentos. Era en diciembre de 1989 y aunque tres años antes había publicado un nuevo libro de poemas, El vuelo liberado, tenía la sensación  de que aquella novela era mi primer libro "en serio", un libro "de verdad". Más de 200 páginas, una historia con un extraño crimen como telón de fondo, la vuelta a los paisajes costeros de los veranos de mi pubertad.... Recuerdo mi regreso a casa conduciendo el Citröen Visa que me acompañaría durante largos años, deteniéndome de vez en cuando para contemplar la portada desde distintas perspectivas, para releer el comienzo del relato, para contemplar mi foto en blanco y negro en la solapa. Era  un nuevo milagro. El que convertía tres años de trabajo, de incierto trabajo en un objeto maravilloso. Nunca olvidaré el tacto del papel, un tanto rugoso y de tono ahuesado, ni el tipo de letra, una Garamond de cuerpo 12 que invitaba a la lectura, ni la ilustración, que no sé de donde se sacó el diseñador, en la que aparecía una mujer muerta con un pueblo de pescadores al fondo y que recordaba la maravillosa novela de García Hortelano, Tormenta de verano. Fue una experiencia casi mágica cuyos efectos no culminarían hasta que un mes después compartí mesa y presentación con Jorge Martínez Reverte en la recién nacida bilbioteca regional de Madrid en la calle Azcona. 
 
Son dos recuerdos imborrables. Dos momentos irrepetibles. Que, curiosamente, vuelven a mi memoria con la intensidad de lo que nunca ha de olvidarse cada vez que un joven poeta, una incipiente narradora ilusionada o un escritor maduro, tardío e inédito me entrega su manuscrito. En la era de Internet, en el universo del blog y de las redes sociales, las decenas de jóvenes escritores inéditos que conozco viven con la misma zozobra, con una carga de ilusión inmensa, el momento mágico. El de recibir, en sus manos, ya editado, el primer libro. En papel, por supuesto. Quizá el sueño más deseado y que más difícilmente se cumple..


Cerámica de Arcadio Blasco

sábado, 14 de noviembre de 2009

Instantáneas: mi mirada hacia Delhi en cuatro tiempos

I
La imagen de cabecera que desde hace dos días abre el blog refleja los muros y arcos de la fachada exterior de la destruida mezquita Qwwat-ul-Islam, construida por Qutb-ud-din-Aybak, primer goberanante de la dinastía de los esclavos, en 1190. Forma parte del llamado complejo Qutb, un conjunto de edificios y monumentos situado en la ciudad de Delhi denominado Qutb Minar, que está considerado, desde 1993, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Recién llegado a Delhi, lunes 9 de noviembre de calor tendente a la tormenta (que, por supuesto, no se desató), paseé buena parte de la "nueva ciudad" guiado por la jefa de estudios del Instituto Cervantes, Ana  Reguillo. Fue un recorrido un poco a contrarreloj (el tiempo era limitadísimo, apenas dos días más tarde, a primera hora, debía volver a Madrid), pero fructífero: visité lo esencial de Delhi. No sólo la mezquita y el perturbador (y mágico) conjunto de edificios que la rodean, incluido su minarete de piedra roja, sino la tumba de Humayun, paradigma de la arquitectura mogol, la Puerta de la India, un monumento del siglo XX dedicado a los caídos indios en la Primera Guerra Mundial o la mezquita sij Bangra Sahib, una maravilla de fachadas blancas y cúpulas doradas en cuyo interior tuve que cubrirme (con un viejo pañuelo rojo que debió utilizar para lo mismo una multitud, puesto que una vez usado se depositaba en un recipiente a la entrada para que los nuevos visitantes entraran, también, cubiertos) y descalzarme no sólo de zapatos, también de calcetines. Hasta aquí, la vertiente turísitica (por llamarlo de alguna manera) del viaje.

Después, a primera hora de la tarde, fue otro paseo: visitar alguna de las calles de la ciudad nueva, observar a la gente en plenas labores cotidianas, ya fuera en el barrido de las pocas aceras existentes ya fuera en plena siesta en cualquiera de los jardines que rodean, en esa zona de Delhi, las grandes y lujosas residencias de ciertas autoridades gubernamentales o de grandes empresarios privados. Nueva Delhi cubierta de densas arboledas, casi bosques, de amplísimas avenidas y de  nuevas e impecables arquitecturas que conviven con las levantadas durante el dominio (¿protectorado?) colonial británico. Es en el alejamiento de las rutas del turismo, en la inmersión en el mundo donde la ciudad (también la vieja) vive, donde uno recibe la más fidedigna noticia de un mundo sumergido... no en el agua, sino en la miseria, entre desperdicios. Nueva Delhi de  coches lujosos y coches de mediana gama y de coches humildes, desvencijados, en los que se mira el siglo XXI con mirada, todavía, del siglo XX --o del XIX, añado--; Nueva Delhi de diplomáticos y ejectutivos y tecnólogos, esa minoría absoluta que vive en una campana de cristal, de seguridad y de servicio, y Nueva Delhi de niños pidiendo, de viejos derribados en medio de la calle, de jóvenes deambulando entre las basuras.

II
Observad la fotografía bajo estas líneas.
La tomé ese mismo lunes, en una tienda/taller de restauración y venta de antigüedades al que me llevó mi "guía" en uno de los recesos de la tournè monumental. No olvidaré nunca el frescor que, un reverso casi inverosímil del calor de la calle, nos envolvió. Tampoco la mezcla de olores, una amalgama de barnices, hierbas medicinales, maderas de oriente y té, que nos acompañaron. Recorrimos el establecimiento, sumergido en un claroscuro acentuado por la tonalidad apenumbrada de lo antiguo, y observamos los viejos muebles, los jarrones, los cuadros y grabados de siglos anteriores, como si en ellos respiraran nuestros ancestros. Casi al fondo del local, cuando era visible el muro donde la tienda acababa, los vi. Y tomé la fotografía: tres artesanos trabajan, con una paciencia infinita, en la restauración de una vieja puerta (no sé si de un gran armario o de una casa). La fotografía, perdóneseme la inmodestia, está lograda. Tiene algo de pintura decimonónica, de óleo tamizado por una luz vencida e interior.
Ese lugar, donde unos hombres acostumbrados a tratar con las más ancestrales maderas ejercen su oficio y su sabiduría, es una de las islas en las que la India olvida una realidad dura en la que millones de seres humanos sobreviven a duras penas, se funden con un medio hostil, conviven con una naturaleza a veces exhuberante y a veces huera.

III
Sólo he permanecido tres días en la ciudad. He respirado los mil olores de un país mestizo, he contemplado los distintos espacios donde una ciudad de más de veinte millones de habitantes muestra sus abismos sociales, sus distintas realidades. Cierto que en tan corto espacio de tiempo, la visión que se puede tener de una ciudad de tales dimensiones es muy limitada. Pero sí me ha permitido, creo, captar la esencia, que no es otra que la convivencia de la opulencia más extrema con una pobreza y un hacinamiento difíciles de imaginar.
La fotografía de arriba está tomada no lejos de la sede del Cervantes. Un cartel de Telecom, tiendas abolidas y, enfrente, un montón de arena, otro de ladrillos, y una mujer y su hijo. Viven aquí, me dijo mi acompañante. Toda la familia, cuando el padre es contratado, se desplaza de alguna provincia, o de una ciudad de la periferia de Delhi y vive al lado de la zanja, o junto a los ladrillos, es decir, pasan a formar parte de ese paisaje roto, siempre inacabado, de las obras públicas con poco impulso público. Escenas como ésa, incluso más expresivas del abismo, habría de contemplarlas dos días más tarde, en la noche de la víspera del retorno, cuando, en compañía de Óscar Pujol, director del Crevantes de Delhi, nos internamos en las calles enrevesadas del Viejo Delhi. Es una ciudad que parece rendida a la decadencia. Una ciudad en la que sus edificios hablan de un esplendor antiguo (incluso los carteles visibles en los viejos escaparates anunciando negocios muertos, oficios desaparecidos de esa zona de la ciudad: "libros de medicina", "joyería", "librería") en la que vive una multitud en movimiento conviviendo con perros, con vacas esqueléticas, con carruajes inutilizados bajo un cielo sucio y bajo un universo de cables enlazados caóticamente, tendidos de una fachada a otra de las calles, colgando de los escasos balcones o de los canalones de las techumbres como amenazas o como polvorientas imágenes nacidas de algún cuadro de Viola. Familias enteras sentadas a la intemperie, comerciantes de alfombras, de ropas a precios de rupia, artesanos, niños de pedir, alguna mujer oculta bajo un buka o de recogida (el predominio de los hombres, al menos al anochecer, es absoluto en el Delhi viejo). Me vinieron a la memoria las medinas de Fez o Marrakech, pero tuve la certeza de que cuanto veía multiplicaba por diez, o por cien, las carencias observadas en la vida cotidiana de aquellos inmensos mercados marroquíes. En el ambiente, olía a incienso, a fritanga, a especias, a sudor, a humo de tabaco o de lo que fuera, y en las zonas no asfaltadas, había pequeños charcos oscuros, aguas residuales y un universo de basuras diversas (papeles, viejos envoltorios, cáscaras de naranja o de plátano, botellas rotas). Algo después de las nueve, cuando la noche caía sobre el viejo Delhi, decidimos volver al nuevo, al otro lado del contraste. Caminamos por una zona de soportales hacia donde nos aguardaban los coches. A un lado y a otro de nosotros, bajo los soportales, dormía una multitud de hombres (no había mujeres) tumbados en el suelo embutidos en ropas humildes, casi miserables, que parecían las mismas que alguna vez habíamos podido contemplar en viejos grabados de la Edad Media o del tiempo en que comenzaron a edificar el minarete de Qutb, allá en el siglo XII.

IV
Cuando regresamos al nuevo Delhi, mientras el taxi sorteaba hombres en bicicleta, pequeños taxis/motocarro pintados de amarillo y verde, motoristas apresurados y viandantes que nos miraban con la extraña lejanía de los indiferentes, yo pensaba en la literatura y en mis obsesiones. Pensaba que junto a hombres tumbados en el suelo, quién sabe si enfermos o dormidos, detrás de las familias hacinadas junto a una acera, más allá de las decenas de pobres que recibían un plato de sopa en la puerta de una mezquita, podían verse, a través de las ventanas de algunas casas miserables, enormes pantallas de plasma por las que asomaba una multitud de canales procedentes de los más diversos países (también de los más poderosos, de los de mejor nivel de vida) mostrando el bienestar inalcanzable. Desde hace años, no pocos críticos nos vienen diciendo que la literatura crítica dejó de tener sentido, que ahora se lleva lo fragmentario, lo postmoderno, si es posible infectado de sellos comerciales (alguien me contó, no hace mucho, que en unas jornadas celebradas en Sevilla, Fernández Mallo le dijo que ahora no tiene sentido decir "encendió un cigarrillo¨", que hay que decir "encendió un Marlboro", o la marca que sea). Yo miraba a través de la ventanilla del taxi hacia aquellos seres tendidos en las aceras, o tirando de carros del mismo modo que tiraban sus antepasados del siglo XIV, o XV, pensaba en los niños que, en uno de los mercadillos que había visitado a mediodía, me rodearon como en enejambre para que les diera una moneda, o un caramelo, o algo, y me preguntaba en qué tinta había bebida la pluma que alguna vez firmó el certificado de defunicón de la literatura crítica, reflexiva, orientada a entender el mundo y a ayudar a cambiarlo.

Pero pensé que pronto estaría en España, volvería en una cómoda aeronave a mi lugar de origen y podría seguir pensando cómodamente en el fin de la Historia de Fukuyama. No hay alternativa, nos dijo. La realidad no puede cambiarse. Menos aún, me dije, con la poesía o con la novela. Sin embargo, sí hay un sistema que no es fragmentario pese a las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación: el que permite la existencia de la miseria y condena a tres cuartas partes de la Humanidad a renunciar a cualquier horizonte de realización personal. O vital, simplemente.

Cierro esta entrada con una imagen algo más apacible: las columnas de la mezquita de Qutb. Columnas extrañas, el reverso de nuestras columnas románicas, o góticas, de los monasterios. Emergen de entre las ruinas de la vieja mezquita como homenajes a la capacidad de creación de los hombres. Como desafíos creativos a la ignominia de un mundo desigual, injusto.


sábado, 7 de noviembre de 2009

Mi lectura de Terenci Moix

En el centro cultural Blanquerna de Madrid y en el marco de una exposición homenaje en memoria de Terenci Moix comisariada por el polifacético Ignasi Riera, tuve, el pasado día 3, la oportunidad de hablar de su obra. Compartían la mesa conmigo Boris Izaguirre y Pedro Manuel Villora, que se extendieron, ante todo, en la experiencia que vivieron junto a él y en una visión de su literatura relacionada con el sentido de su vida cotidiana (con anécdotas de todo orden, divertidas casi todas). Yo hablé, sobre todo, de su obra desde un punto de vista más literario y existencial. No lo conocí ni tuve relación personal alguna con él, pero en una etapa de mi vida algunos de sus libros fueron compañeros tenaces en mis viajes en autobús y metro, me conmovieron profundamente. Por eso, hablé de su obra con el convencimiento de que Terenci es  uno de los grandes escritores españoles de la generación del 68 a los que el canon, la crítica más academicista, el mundo universitario y los historiadores de nuestra literatura no le han hecho justicia.


Descubrí su narrativa a principios de los ochenta (es decir, tarde) cuando llegó a mis manos una edición, en castellano, de su primera y juvenil novela, Olas sobre una roca desierta y, sobre todo, cuando meses más tarde y debido a mi experiencia de lectura de Olas (una novela de formación, de descubrimiento en la que Terenci, transmutado en Oliveri, un "niño bien" de la época, recorre Europa y envía cartas a un interlucutor imaginario en las que relata su experiencia, que no es sino una búsqueda de sí mismo por el camino de la incertidumbre, del gozo ... y, quizá, quizá, de la locura), busqué afanosamente la novela que afirmó su trayectoria como escritor, El día (en) que murió Marilyn. Confieso que busqué ese libro por una razón adicional: siempre me ha fascinado reflexionar acerca de lo que ocurría en mi vida cotidiana en momentos especialmente trascendentes para la historia. La llegada de Eisenhower a España, el 23-F, el asesinato de J. F. Kennedy, el golpe de Pinochet, la muerte de Franco o de Carrero Blanco, el atentado contra el World Trade Center el 11-S, han sido momentos históricos que han marcado mi vida. Y siempre he intentado mantener fresco en la memoria el modo en que viví la experiencia: dónde estaba, qué leía en aquella época, cómo amaba, que barrios frecuentaba, cómo era el microcosmos en que me movía. Uno de esos momentos, cuando apenas había traspasado mi primera década de vida y aún no me había asomado a la adolescencia, fue el día de la muerte de Marilyn Monroe, en 1962. La muerte de la actriz me pareció extraña, en contra de la lógica, me puso, a mis diez años, ante una injusticia abismal y existencial. Pero cuando, años después, intenté recordar qué hacía yo entonces, donde estaba el día en que murió Marilyn, cuáles eran mis sueños, en mi mente sólo se dibujaba una nebulosa. Por eso, cuando a principios de los 80 supe que Terenci Moix había escrito la novela arriba citada, sentí la necesidad de sumergirme en ella, de vivir con sus personajes. Como si en ella fuera a encontrar mis propias vivencias en ese día que había olvidado.

Al hacerlo no me sentí decepcionado sino al contrario. La infancia y la adolescencia, con sus gozos, sus miedos, sus incertidumbres; la Barcelona de los años cuarenta y cincuenta, la magia del cine, la vida cotidiana en los hogares, la sexualidad oculta y condenada, el amor extraconyugal, las frustraciones, los tebeos, las fiestas que se clavan en la memoria, comenzando por la de los Reyes Magos (memorable la descripción de la cabalgata, del tiempo navideño desde la mirada de Bruno, el protagonista), los mitos del cine y de la literatura, la soledad de la infancia, la educación en los colegios religiosos y, sobre todo, la evolución y el desarrollo de una Barcelona que, pese a todo, mantenía su vitalidad bajo el franquismo: todo ello respira en la novela y la dota de sentido.


La muerte de Marilyn significó para la generación de Terenci el descubrimiento de que los mitos también podían dejarnos, de que eran vulnerables y que, quizá por eso, eran mitos. A partir de entonces, fui un devoto lector de su obra narrativa. Mejor dicho: de aquella que tenía a Barcelona y a su memoria perosnal como protagonistas esenciales (no de la ambientada en el Antiguo Egipto) del relato. Así, gocé, como si de una prolongación de El día... se tratara de los tres volúmenes que conforman su autobiografía titulada El peso de la paja (El cine de los sábados, El beso de Peter Pan y Extraño en el paraíso). Y en mi imaginación creció una Barcelona que se fundía con la leída en Eduardo Mendoza, en Juan Marsé o en Manolo Vázquez Montalbán, una Barcelona hecha literatura, una Barcelona a la que no he dejado de buscar paseando por sus calles cada vez que he viajado allí. Leamos a Terenci. Sobre todo, a ese Terenci próximo, cercano, tan irreverente como romántico, que tanto nos habla de nosotros mismos.

jueves, 5 de noviembre de 2009

"Aire Nuestro"... y también de Manolo Vilas

Conocí a Manolo Vilas hace nueve años. Fue a raíz de la publicación, en Babelia, de una crítica (creo que elogiosa) a su libro El cielo. Creo recordar que me escribió una nota, que luego hablamos por teléfono y que, al poco tiempo, pudimos encontrarnos en su ciudad, Zaragoza. Después, he tenido la oportunidad de encontrarme con él y con María Ángeles Naval, su compañera, en diversas ocasiones (recuerdo con especial emoción un día pasado en Biescas, una localidad del Pirineo oscense en la que nos llevó a probar los mejores calamares de España en uno de sus bares-restaurante) y de hablar de poesía, de novela, del mundo literario y editorial y de sus sevicias. También de la vida del profesor y de su actitud ante los alumnos (no he hablado con él de su blog, pero alguna vez lo haré y no de forma totalmente elogiosa). Después, hablé en la radio de algunos de sus libros posteriores, sobre todo de su poemario Calor y de sus libros narrativos Magia y España. 


Hace apenas una semana me llegó Aire Nuestro su última novela, aparecida al fin, tal y como merecía su autor, en Alfaguara. He de decir que me llegó un par de días después de mi intento frustrado de leer Nocilla Lab, de Agustín Fernández Mallo. Por eso, no he podido evitar, al leer Aire Nuestro, establecer comparaciones con la tercera entrega de la "serie nocilla". En la novela de Vilas respira, ríe, ironiza, se emociona y nos emociona el mejor Manuel Vilas. El libro prolonga sus poemas y prolonga sus anteriores obras narrativas y prolonga y enriquece su obra bloguística. Si bien tiene una estructura basada en la visión fragmentaria de su peculiar mundo, su estructura es la de un imaginario televisor con múltiples canales Por ese televisor pasa la vida. Nuestra vida. En las parrillas de sus distintos canales vive Z, la Zaragoza amada y odiada a la vez, el microcosmos donde la obra toda de Vilas tiene hondas raíces. Es decir, tal y como hicieran los grandes narradores que en la literatura universal han sido, parte de lo particcular, de lo cercano y vivido y sentido para acceder a lo universal (el condado de Jefferson de Faulkner es la base por la que accede al mundo, así como el Dublín de Joyce o la Barcelona de Marsé son los cimientos del ascenso a la condición humana global de ambos autores). Las raíces de las que parte son sólidas, reconocibles y están fecundadas en su libro de cuentos Z, en Magia,  en  España y en buena parte de sus poemas.  Esa es la diferencia, a mi juicio esencial, con Nocilla Lab, que evoluciona al contrario: Mallo se zambulle en el cosmopolitismo sin partir de una realidad arraigada, sentimentalmente poderosa, en la que las emociones del escritor conecten con los imaginarios de la memoria del lector. La prosa irreverente, irónica, cargada de giros imprevisibles, de Vilas, que transita de lo íntimo a lo colectivo, del referente cultural al más vulgar y prosaico referente, ayuda al lector a penetrar en un mundo en el que los iconos de época conviven con seres humanos de carne y hueso en los que los sentimientos juegan un papel esencial.
   
El libro tiene mucho de caleidoscopio, incorpora imágenes para dar una sensación de collage (las imágenes, a mi juicio, apenas añaden nada: lo esencial es el texto), pero es ante todo el intento, culminado con éxito, de mostrarnos la complejidad de un mundo vivo, cargado de emociones, en el que de manera simultánea viven la cultural popular y la cultura más sofisticada, en el que el académico Dámaso Alonso es vecino de un Johnny Cash que recorre España en un Dodge rojo, una España en el borde del surrealismo y a la vez de un realismo perturbador. Aire Nuestro está lleno de personajes conocidos que son desdibujados y dotados de significados nuevos, en apariencia contradictorios con la naturaleza de su personalidad real, pero que, curiosamente, la hacen más transparente a través de una mirada crítica, casi corrosiva. Modas que han (hemos) vivido distintas generaciones, poetas indiscutibles e indiscutidos, personajes de la Monarquía y toda la mitología popular de quien, como Vilas, fue niño en los 60-primeros 70, joven en los 80 y adulto y consciente en los 90, una mitología hecha de objetos, costumbres, experiencias familiares y de vida periférica, menesterosa (la figura del padre, a la que trata con ternura en el filo de la muerte, es especialmente emotiva). Aire Nuestro es un libro hermoso, con el que uno se divierte, pero también reflexiona y medita, se emociona y evoca su propia historia y la historia colectiva, que tiene sustancia, hondura crítica, que habla de nosotros (y lo hace no en lo capilar y superficial, sino en lo más hondo y contradictorio). La televisión textual creada por Vilas en esta novela es, también, un desafío crítico, mordaz, a la televisión real.
 
En la solapa del libro se afirma que el de Vilas es un modo de narrar "del siglo XXI". No creo que sea así. Es el mismo modo de narrar que el propio Vilas utiliza en sus novelas anteriores. La diferencia estriba en que en Aire Nuestro eleva las dosis de ingredientes estructurales, ordenadores de la novela, procedentes de ese medio de comunicación (también de Internet), además de las imágenes. Pero no hay más que acudir a las vanguardias (de entreguerras, de los 60 y la contracultura,  del Nouveau roman) o a Cortázar, o a Pynchon, entre otros muchos, para darnos cuenta de que ese modo de narrar es novedad sólo muy parcialmente.  (¿No es el Quijote, en sus dos entregas, un caleidoscopio de más de mil páginas?). Enhorabuena, Manolo.