domingo, 27 de septiembre de 2009

La mujer de blanco

Obsérvese la fotografía que reproduzco bajo estas líneas. Está tomada, con un teléfono móvil, hace apenas dos días, en la zona cristiana y barroca de la mezquita-catedral de Córdoba. Alguien, a mi lado, me señaló a la mujer de blanco, una mujer de edad indefinida que había decidido descansar sobre una silla metálica de tijera, al pie de la estatua de un santo cuyo nombre ignoro. "Ahí tienes una fotografía magnífica", me dijo quien me advirtió de su presencia.

Autor de la fotografía: Manuel Rico
De inmediato me di cuenta de que mi interlocutor tenía razón. Allí había una fotografía cargada de sugerencias, de pasadizos a la imaginación. Lo que no supe en aquel momento es el modo en que la mujer iba a quedar atrapada en una foto realizada, con una luz precaria, en el interior de la mezquita. Lo supe más tarde, al contemplar el resultado en la pantalla del ordenador. La instantánea puede perfectamente ser identificada con un cuadro, con una obra plástica: con una pintura. Es la luz de la mezquita en la mañana de septiembre, es una cierta incapacidad del teléfono móvil (no es una cámara con todas sus capacidades y posibilidades) para aportar la nitidez que los documentos gráficos requieren, es la rapidez con que tuve que actuar para evitar que la mujer de blanco se levantara y abandonara aquel lugar, es una cierta difuminación de los contornos de personas y objetos, de la propia mujer que concentra la atención del que mira, es una sutilísima tendencia hacia el impresionismo.
Y ahí está, como fugada de una instantánea ocurrida a finales del siglo XIX, o en las primeras décadas del XX. Es una mujer que puede ser de cierta edad pero que, sin embargo, no ha renunciado a la coquetería, a mostrar un sentido del gusto en la ropa que la sitúa fuera del tiempo. La pamela, el traje blanco, el bolso, la disposición de la mano izquierda, la cabeza, medio inclinada, en un gesto en el que se mezclan la curiosidad y el cansancio. La imaginamos sola, independiente, quizá esperando a un acompañante que le ha dicho que aguarde y repose un rato, que no tardará en volver. Quizá tenga hijos (y nietos tal vez) que viven, como ella, en una ciudad alejada de Córdoba, muy al norte, en Europa tal vez, en tierras de mucho verde y mucha lluvia, quizá guarde para sí una historia de dedicaciones artísticas (por el porte, no parece descabellado imaginarlo), o de maestra, y una vocación cosmopolita e ilustrada vivida al margen de los valores más bien conservadores de su hipotética generación. Podría ser inglesa, o irlandesa, con un porte como el que quizá hubiera mostrado, en una situación parecida, Virgina Woolf.

No sería inverosímil pensar en un personaje de alguno de los cuentos de Isak Dinesen, la autora danesa de Memorias de África, o en alguna de las damas ya maduras que, en los jardines de algún lugar de la América sureña de las novelas de William Faulkner, se sienta a meditar sobre el final de la juventud propia y ajena, sobre amores perdidos y sueños imposibles.

En el cuadro (en la fotografía de arriba, quiero decir), la mujer de blanco está en el centro. Su traje, su pamela, incluso sus zapatos de color ahuesado, o crema, contrastan con los tonos asalmonados del mármol. También con el gris oscuro de los zócalos. Pero, sobre todo, contrasta su actitud entre reconcentrada y vencida, como a la espera, con la de quienes la rodean: todos hacen algo. Escuchan, quizá, a un guía, contemplan las bóvedas o el artesonado del techo o intentan comunicarse por un teléfono móvil con parientes o amigos. Sólo ella parece vivir en un lugar al margen. Tan al margen que no se da cuenta de que alguien, entre los visitantes de la mezquita cordobesa, esta desatándola del tiempo (como a los niños del poema "Plaza de Santa Ana" de DJJ) con la precaria lente de un teléfono móvil.

En el exterior de la escena, discurría el bullicio del sábado dentro de un templo en el que el tiempo, también, se ha detenido: como si prolongara su respiración del siglo XII, o XIII una ciudad que fue ejemplo de convivencia de razas, religiones y filosofías, la mezquita nos ofrecía su mestizaje de piedra entre cristianismo e islam: su metáfora, sustentada en un bosque de columnas y capiteles que imitan a las palmeras del norte de África, del diálogo entre civilizaciones y culturas.

Y en un espacio lateral, cansada y meditabunda, parecía aguardarnos una mujer de blanco, con bolso y con pamela, de la que todo ignoramos. Salvo aquello que queramos imaginar.

A cambio de traer su imagen a este blog, me permito, aun a riesgo de bordear la cursilería, una licencia de otro tiempo: dejó aquí, para ella, una rosa como muestra de agradecimiento. Es una fotografía que realicé la pasada primavera en mi refugio en el valle del Lozoya.

martes, 22 de septiembre de 2009

Recuerdo de Donosti en mayo

La fotografía de portada es del pasado mes de mayo. La tomé de camino a la playa de Ondarreta, al este de la bahía de la Concha de Donosti-San Sebastián, el 23 de mayo pasado, un sábado de nubes y claros, de lluvias esporádicas y sol . Fue un sábado memorable, de largos paseos por una ciudad que se desperezaba del letargo del invierno y en la que varias orquestas, en una de las plazas ajardinadas colindantes con la playa, convertían la música en la voz plural que reivindicaba para la ciudad la capital europea de la cultura de 2009. E. y yo caminamos largamente por sus viejas calles, recorrimos la bahía de la Concha, la dejamos atrás y buscamos la otra playa, la menos conocida y cuyo nombre, para un madrileño crecido en la era del cine tiene algo de denominación de vieja sala de cine de sesión continua y programa doble: Ondarreta.

Pero más allá de ese paseo casi obligado, recuerdo nuestra entrega a la observación, al gozo lento y pausado del reconocimiento en una ciudad que sólo muy vagamente recordábamos de un otoño remoto de 1990 en el que tuve la fortuna de recibir el premio de poesía Ciudad de Irún y toda la lluvia del mundo. Cerca de la baranda que daba a la playa de la Concha, la vi. Una mujer sin nombre pintaba sobre una tela en la que, a carboncillo, había dibujado las piezas esenciales de lo que habría de ser el cuadro final. La mujer, visible en las fotos que ilustran esta entrada, viste con un suéter de lana de color negro, lleva pantalón vaquero, tiene el pelo rubio y despeinado y su rostro huye de la cámara, se refugia en la creación: un cuadro con flores en la base, con hojas de cinta y flores amarillas, con trozos de tierra y flores diminutas de color rosa, todo ello al pie de un grueso tronco que imita a la madera (quizá de roble, quién sabe si de encina o de ébano) y que se diversifica a través de varios pequeños troncos descendientes, pequeñas ramas amputadas.

Al fondo, todavía un carboncillo aguardando el color, el perfil bien preciso de un animal imaginario: el dragón de los cuentos. Durante un buen rato, E. y yo la observamos mientras pintaba. Y yo pensé en su anonimato, en que el único vínculo entre su labor artística y los deseos del espectador era un pequeño recipiente para recoger monedas, en que en ningún lugar pude leer su nombre. Hoy, casi cinco meses después de aquella experiencia, recobro la fotografía, evoco el momento e intento ponerme en la piel de aquella mujer, en la piel de tantos artistas anónimos o poco conocidos que desarrollan su trabajo a la intemperie. "Probablemente", me dije, "vive en un piso abuhardillado, tiene un par de gatos y una habitación con libros cuya ventana da al casco viejo de San Sebastián, tiene un amor que es amante y amigo y gusta de la música folk, sobre todo de la norteamericana, del cine de autor, europeo especialmente, de las novelas experimentales y de la poesía de la experiencia". Es posible que mis conjeturas nada tengan que ver con la realidad, que la mujer sin nombre (si lo tiene, ¡cuánto me gustaría conocerlo!) sea una persona muy conocida en la ciudad norteña, que durante la semana trabaja en un banco o en una compañía de seguros, que dedica los domingos a buscar ingresos extras pintando sus telas junto a la Concha y que tiene dos hijos pequeños que pasan las horas que ella dedica al arte al amparo de una madre o de una suegra como tantas otras.
Al pensar así no he podido sustraerme al recuerdo de una magistral novela: Carta de una desconocida, de Stefan Zweig. Más que de la protagonista de ese libro, de buena parte de los personajes femeninos de Zweig, siempre protegiendo un espacio oculto, íntimo, que escapa a las convenciones (en Veinticuatro horas de la vida de una mujer, por ejemplo), que vive en lugares no visibles para el común de los mortales.
¿Quién no ha fantaseado ante una presencia parecida? ¿Quién no ha vivido la tentación de inventar una vida para cada personaje entrevisto no en una playa de un mayo lluvioso como es el caso, sino en el metro o en el autobús, en el ferrocarril de cercanías, en la terraza de un bar sin nombre?
Ahí os dejo estas líneas inspiradas por la mujer sin nombre y (casi) sin rostro. Allí quedó, detenida en el domingo de mayo y lluvia, volcada en su obra plástica, mientras no pocos viandantes la observaban: unos de paso, otros, como yo, dedicando largos minutos a contemplarla, a dejarse cautivar por su destreza, por la magia extraña de un paisaje idílico, irreal (más irreal aún en una Euskadi tan marcada por la violencia) con dragón al fondo.








sábado, 19 de septiembre de 2009

Diego Jesús Jiménez: dos poemas imprescindibles

Quiero cerrar mi particular homenaje a Diego Jesús invitando a los visitantes de este blog a leer dos poemas que, a mi parecer, están entre los diez textos poéticos de mayor altura de los últimos treinta años. Sé que más de uno va a sonreír con suficiencia, que en un panorama crítico que tiende a la simplificación y a la superficialidad, no es fácil valorar estos poemas complejos y transparentes a la vez, mágicos e imprevisibles (¡hay tanta poesía previsible en nuestra realidad literaria!), con una adjetivación precisa e iluminadora, llenos de música, de dificilísima elaboración y, como no podía ser de otro modo en Diego, cargados de emoción, de compasión, de ternura y de hondura crítica. El primero es un texto que descansa en la más radical intimidad. el segundo, en la fusión de lo colectivo y lo íntimo. Treinta años separan al segundo del primero.

El homenaje al padre muerto: "Noche de navidad"

Pertenece al libro con que en 1968 ganó el Nacional de Poesía, Coro de ánimas. Diego Jesús indaga en la experiencia del regreso al pueblo de la infancia (Priego de Cuenca) en navidad para encontrarse con el inmenso hueco del padre muerto (fue medico en ese pueblo). Este poema, que se publicó en las páginas literarias de un diario madirleño y que leí, deslumbrado, en el autobús que unía López de Hoyos con Hortaleza un día de diciembre de 1969 (con 18 años recién cumplidos) no ha dejado de emocionarme y de crecer en significados desde entonces. Diría más, su final estremecedor ( "Y nada, /nada, / no se da cuenta de que está muerto / y crece") me acompañó en los meses posteriores a la muerte del mío. Aquí dejo el poema:

NOCHE DE NAVIDAD

Te veo vivo
y sin consuelo,
padre. Aun a pesar de todo. Viendo
la vieja calma
del tilo, la fresca sombra
del ciprés, la senda
de la hormiga.
Tú, padre, cómplice
del mal,
no salgas; no saques ya
la oreja y la nariz, que luego
corres por estos campos
del trigo, se te hace el paso loco, y tu mala
memoria, pisa la siembra
y cantas.
¡Que aún pertenece
a todas estas cosas
tu dolor!
¡Padre, padre! ¿Otra vez?
Vuelve a esconderte. Vaya, vaya... No hay que sacarlo
de su agujero, porque no ve
y se ciega
con las cosas; y alborota, y le hace mucho ruido
la bebida, y el coñac
le hace ir hasta el pueblo,
y lo denuncian, y no quiere, en esta Navidad,
salirse de las casas. Y entra, remueve los baúles,
las alacenas, saca viejos papeles,
canela, perejil, y huele, huele...
cada garrafa, cada orza
sin vida.
Y es invierno,
y él se mete en el río, y su catarro
tiembla
junto a los juncos
y la buena hierba. Padre, pero por qué ahora
bailas, ¡qué bien te veo!,
con qué pareja,
en este amanecer, va tu resaca; que filtro vas a darle
sin precaución, qué beso en sus encías
o en su enagua
sin sangre, o dentro
del sostén.
¡Padre! ¡Padre!,
a qué este escándalo; ¿no ves...?, ¿no ves?
Si ya te lo decía, y no haces caso
nunca.
Ven, ven, si tú estás muerto
ya. Hala, hala...,
no beses más aquí, ¡no le tires del pelo! Padre...
Si hace seis años de tu muerte.

Pero cómo decírtelo si saltas, si no oyes, si va tu boca
casi al alba, y llegas a la alcoba, entras al dormitorio,
nos despiertas, te vas...
¡Qué amor habrá encontrado, si su aire
es de cansancio, y su camino es de tijeras y algodones
y gasas!

Aquí, si cada nochevieja
vengo, si en el bolsillo, junto a la voz de tu cadera
pongo
serpentinas, si traigo varias copas de más, y una botella
para ti. ¡Con qué cuidado
se la bebe! Y bromas, trucos, monjas sin cuerpo, ángeles, disfraces
de papel, hadas borrachas
y alegría al andar; si traigo
mi ronquera y mi vino, la cal
de la pared de casa aún en el hombro; y echo de la garrafa
como ladrón devoto
mi caridad.
Si así te sirvo. ¡Pero
qué juerga,
piensas! ¡Padre!
Y nada,
nada, no se da cuenta de que está muerto
y crece.

El homenaje al extrarradio humilde (e industrial) en Itinerario para náufragos

Reproduzco los tres primeros fragmentos de "Homenaje a Federico García Lorca", un poema en el que hay ecos del Lorca de Poeta en Nueva York pero en el que viven los espacios industriales del Madrid de principios de los noventa del pasado siglo. Las fábricas, la corrupción y la impiedad de los poderosos, la vida menesterosa de los más pobres (con "negocios de cartón y de humo"), el Madrid de Legazpi, Méndez Álvaro, Julián Camarillo o Coslada, en cuyas calles "ya no se lucha a muerte". Hermosísimo poema de una intensidad infrecuente, lleno de imágenes, de metáforas precisas, deslumbrantes, hondas.

HOMENAJE A FEDERICO GARCÍA LORCA

I
Los lagartos dibujan en el tiempo
su muerte mineral. Hay mastines que sueñan con rocío en los ojos
y que entornan las noches ante el infortunio. No sé por qué
tras las últimas casas de los barrios extremos
imagina uno el mar. La luz es un estanque
que habita la memoria, un estanque con algas y secas humedades
donde los días yacen en sus salas de espera.
Los cementerios de automóviles
atraviesan urgentes madrugadas
de hospitales y de óxidos. Deja la claridad, entre las flores,
un mundo submarino abierto. Sueñan los dormitorios
enfermedades plateadas, y hay un temblor difuso en las paredes
y muñecas sin ojos arrastrando
su universo olvidado. Hay vacíos océanos
y animales pacientes que ahogan el insomnio.
La tortuga invernal, entre la lluvia,
avanza más aprisa que los trenes
que atraviesan los cielos. Nadie
recuerda nada aquí. Todo está aislado en su inseguridad; la luz es un naufragio
de hogueras apagadas. De humo estrellado
son las sombras, y hay navajas que brillan de incertidumbre
como un escalofrío. Hay testigos de espuma en los alrededores
y recodos de horas que no terminan nunca. Hierve la Historia
en una sola página. La ciudad,
a lo lejos, tiene un maduro resplandor
de palacio de invierno.


II


Oigo desde aquí los aljibes, los desagües
desde donde las ratas y los pobres comparten sus negocios
de cartón y de humo; y a los ejecutivos,
con la seguridad de los prestidigitadores,
ascender por el aire; y a los asentadores,
y a los intermediarios de todo cuanto un día en los campos
fue bello; o a los que distribuyen
su mercancía invisible y, poco a poco, adquieren
esa pátina helada de los santos, en los ojos el frío
de los peces que han muerto.

Ved que el robo es defensa
y la piedad mentira; que en estas calles
donde es dolor la Historia y la vida pecado,
por las que se presume
tanto de libertad como de pobreza,
ya no se lucha a muerte. Baja del Guadarrama un viento
de rendición. Entre los árboles
deja la espuma de la noche sus párpados abiertos.


III


La ciudad
brilla como una ola de ceniza sobre la lejanía. Es agosto
y, desde aquí, ves tenderse
el fatigado cuerpo del silencio en las lomas, la quemadura
vegetal de los parques que, a lo lejos, encienden con sus llamas
lentas flores de sombra.

En las afueras
hay un olor portuario
de mercancía muerta; es un muelle la tarde
donde yace la lluvia en apagados trenes; y hay hélices y anclas
de barcos que no existen, y ruidos que se esconden
en las profundidades de las sombras como animales ciegos.
Lo mismo que en los puertos
ves frutos que se pudren como auroras calladas
y restos de periódicos que vuelan, sin razón,
por los aires.

No es el silencio aquí
como el de las murallas o como el de las frondas
de los ríos abiertos. Una edad medieval
discurre en los contornos, sueña en los alrededores de las cosas.
Hay una luz de atardecer entre las fábricas
que dura todo el día. Huele a fatiga ya cartón, a riesgo, a vida peligrosa
en estos barrios donde
no tiene el cielo crédito ni la infancia fortuna.
Abre la calma de la tarde sus puertas

de calor a la noche; y atraviesan
en vuelo errante, como cenizas de la luz, el silencio
los pájaros.


Quede aquí mi homenaje. Qué mejor forma de recordarlo que invitar a la lectura de estas dos obras maestras.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Con Diego Jesús Jiménez: fragmento de poema y evocación


Priego de  Cuenca

El martes, 14 de septiembre de 2009, tus restos, querido Diego, amigo, hermano con quien tanto quería, con quien tanto aprendí, con quien tanto soñamos (Esperanza y yo, y nuestros hijos), y reímos, y luchamos, y lloramos, quedaron bajo tierra en una tumba del cementerio de Priego de Cuenca. Desde allí se ven los riscos donde comienza la hoz del río Escabas, y se ven los mimbrales y los pinos que cubren las montañas de la serranía, y se huele el barro de las alfarerías, y el seco aroma del tomillo y la jara, y el cielo es un toldo próximo en el que mirarse. Allí, en tu Priego mágico y cotidiano, cerca de las gentes a las que cantaste y amaste, han quedado tus restos.
Era día de fiesta y tu fiesta fue inaugurar tu Centro Cultural (de todos) con poesía y con amigos. Pero también había otra fiesta, también tuya, a la que inmortalizaste, con un caleidoscopio de emociones, con un lenguaje afilado, mágico (esa magia castellana de la brujería y de los hondos chiscones de los pueblos más remotos), en un poema del libro con que obtuviste tu primer Premio Nacional, Coro de ánimas. Como sé, amigo Diego, que es un poema poco conocido, recojo un fragmento para gozo de los lectores y para que quienes te leyeron poco o no te leyeron te descubran de un puta vez.


De "FIESTAS EN PRIEGO"

Ahí, donde termina
la alta Alcarria, empieza el pino, hacen cuesta
las viñas, nacen sin esperanza
los centenos; ahí,
donde se oye sobre la piel el canto
de los grajos, está mi pueblo.
Lugar donde la noche se hace
desfiladero, sombra,
cañada...
Rondan las herramientas
mi corazón. Duermen las hoces
por mi sangre.
Si al hombre
que soñó con el fruto
se le seca la flor, ¿vamos a estar alegres?

Tú,
que intentas hoy lucirte
con el pregón del año. Tú, que cuando empiece hoy
la música, en esta plaza
vas a buscar novia. Ahí, entre las sombras
del corral, está tu casa. Mucho
le ha crecido la hierba en estos
años de paz. Ves la ventana
de la cocina, las alacenas, los armarios... Buscas
tu habitación.
En estas
tierras sin dueño
naciste tú. Desde aquí ves los montes, ves el trigo
que ardió. Quisieras
pensar que éste
no fue nunca tu pueblo.
Árboles, sendas, atajos, hoces
y caminos. Sabes que nada
se celebra hoy aquí. Pero tu llegas siempre
para estas fechas. Y saludas a todos; los besas casi
con la mirada.
............................
..............................
Pero bien sé que tú nunca
te irás. Este
es tu pueblo.
Esta es tu casa. “Mira
la claridad del campo.” Y, mientras te despides, lloras
cerca del autobús. ¿Cómo
ibas a irte, tú que no sabes
que lo que salva a veces
es el odio?
Sí, Diego: ese es tu pueblo, del que bien sabías entonces, cuando sólo tenías 25 años y escribiste este poema, que nunca te irías. Llevo varios días con la lágrima fácil y el corazón esponjado, porque toda la memoria de las cosas, las ideas, las largas conversaciones que mantuvimos durante más de treinta años (recuerdo las tortillas de patatas que Társila inventaba en la pequeña casa de la Avenida de San Luis como cierre de aquellas veladas interminables de principios de los setenta, con tanto miedo sobre los hombros y tantas esperanzas en la cabeza), se dice pronto, se precipita sobre mí y me abruma y me envuelve a la vez. Estos días hemos recordado momentos que creíamos que nunca volverían a ocuparse de nosotros. Muchos de los ausentes de esta hora (y de los artífices del silencio en periódicos, radios y televisiones) desconocen que en el tiempo del silencio y de las botas, tú tuviste el coraje (tú, que a veces eras tan miedoso) de inaugurar la biblioteca de una cooperativa agrícola en Villarta, y fuiste citado en Madrid, en el cuartel de la guardia civil de Hortaleza, por aquel "delito" y me llamaste (a mí, casi un imberbe lleno de entusiasmos y utopías) para que te acompañara porque querías testigos de la posible detención y, ¿por qué no decirlo?, porque temías algún tipo de represalia o de violencia física. He recordado, también, aquella foto en primera página del viejo Informaciones, junto a Alfonso Grosso, los dos tumbados sobre una manta de cuadros, en huelga de hambre porque os habían despedido de la Editora Nacional por rojos (¿cuántas veces no lo habremos evocado, sobre todo en los días en que no pocos voceros progres de hoy te cerraban las puertas, te condenaban al paro?): por editar a Félix, a Celso Emilio Ferreiro (su hermoso Donde el mundo se llama Celanova), a De Ory entre otros, por firmar manifiestos por la democracia, por creer, sobre todo, como diría Blas de Otero, en el hombre.

Sí, Diego, cuando entraba, anteayer, en tu (nuestro) querido Priego, también venía a mi memoria aquel viaje de 1975, Franco vivito y coleando todavía, en que fuimos a encargar piezas de cerámica (de esa alfarería que respira en tus poemas) para recaudar fondos, con su venta, en las fiestas del movimiento ciudadano de nuestro barrio: recuerdo, cómo no, mi descubrimiento de los parajes donde tus poemas habían crecido, los ríos que los hacían frescos y transparentes, los bosques que entonces estabas ya convirtiendo en espacios para un sueño, el piezas de un bajorrelieve, en parte de tu fiesta en la oscuridad y de tu itinerario para náufragos. Paseos por la Avenida de San Luis, partidas de ajedrez interminables, visitas a un Café Gijón que, para mí, en aquel entonces, era el lugar de los mitos vivientes (recuerdo que allí me presentaste a Pepe Esteban, el eterno republicano, o al bueno de Eladio, o a Carlos Álvarez, por aquel entonces, entrando y saliendo un día sí y otro también en las cárceles de la dictadura). Luego fue tu casa en Gil de Palacio, cerca de la Avenida Ciudad de Barcelona, y Pepe Hierro y tu pasión por la vocación ciclista de tu hijo Diego, que ganó carreras y trofeos emulando a tu querido Luis Ocaña, hijo, como tú, de Priego. Y fueron las manifestaciones: muchas, innumerables, nos perdíamos de vista un tiempo, pero Esperanza y yo teníamos la seguridad de que nos encontraríamos contigo en la próxima manifestación contra el paro, o por la vivienda, o contra el terrorismo o en el no a la guerra (tú siempre te quedabas entre la gente, huyendo de ese odioso estrellato de algunos llamados intelectuales por amarrarse a la pancarta para salir en la foto).Después vino la Semana Poética de Cuenca, que tú impulsaste con la Universidad Menéndez Pelayo y la de Castilla la Mancha y que celebrábamos en su sede allá en la altura, mirando desde las ventanas de las salas de reuniones a otra hoz: la del Júcar, tan cantada por ti. Y allí nos encontramos los más nuevos con los más experimentados y maduros: el Luis Rosales último, Caballero Bonald, Claudio Rodríguez, Pepe, Antonio Carvajal, Antonio Gamoneda, Carlos Sahagún, pero también Jambrina, y Juanjo Lanz, y Antonio Colinas, y Luis Antonio de Villena, y Antonio Hernández, y Jesús Hilario, y Luis Alberto de Cuenca, y Luis García Montero, y Felipe Benítez Reyes, y Juan Carlos Mestre, y Concha García, y Luis Javier Moreno y Jordi Virallonga.... Fuiste tú el autor de ese lema que yo he utilizado tantas veces para calificar la poesía española contemporánea: "La ceremonia de la diversidad". Así titulaste la III Semana, la de 1993. Fuiste generoso porque no creías en las tendencias ni en las capillas y nos llevaste a todos. Luego seguiste siendo generoso (es una enfermedad incurable, aunque menos devastadora que la que te arrancó de nosotros) y promoviste la revista Diálogo de la Lengua, y la antología de jóvenes Pasar la página...
Recuerdo, también, la exposición de Alexandra Domínguez, en el otoño de 1999, en Riaza. Ún día de amistad, caminatas, almuerzo colectivo y, como casi siempre, conversación y risas. He rescatado la foto. A nuestra espalda, los inmensos bosques de robles teñidos por el ocre y el amarillo de principios de noviembre, de la sierra de la Tejera Negra. Detras de la cámara que sostienen Lupe o Esperanza, ya ni lo recuerdo, las estribaciones de la sierra del Rincón.
En Riaza. De izquierda a derecha: M. Rico, Juan Vicente Piqueras, Paca Aguirre, Diego Jesús Jiménez y Juan Carlos Mestre

Y más tarde, en el Centro Cultural en que te dimos el último adiós, en tu amado Priego, en colaboración con las universidades, pusiste en pie los cursos de verano sobre poesía contemporánea. Los primeros días de julio, el pueblo que surge "donde termina la Alta Alcarria", se ha venido convirtiendo en "lugar de la palabra". Y muchos de los que estuvimos en la Semana conquense volvimos a acompañarte bajo el calor de sucesivos julios generosos. ¡Cómo olvidar aquella mesa de 2003 en el hostal Los Rosales de Priego donde compartiamos la comida un Manolo Vázquez Montalbán recién llegado de Barcelona, un Martínez Sarrión estridente y sarcástico, el descreído Carlos Sahagún, y Paco Brines, y Carme Riera, y Félix Grande y Antonio Carvajal. Nos quedamos con las ganas de que Serrat nos acompañara en el curso dedicado a los vínculos entre poesía y canción de autor (estuvo a punto, no te creas, pero al final, como buen cultivador de sus amistades del barrio de la infancia, nos dijo que estaba, en las fechas del curso, comprometido con ellos), pero tuvimos a tu buen amigo Luis Eduardo Aute, y a Amancio Prada... odo ese universo, construido con tu palabra y con la presencia tuya y de los tuyos (Társila, Társila María, José Manuel, Dieguito) es nuestra vida, Diego. A veces, paso por la Avenida de San Luis y miro hacia la ventana de lo que fue tu casa. No sé quien vive allí, pero sí estoy seguro de que en sus paredes está la huella de nuestras voces jóvenes, de quienes antes de la libertad soñamos con la libertad, y con la poesía, y con la literatura en su sentido más ancho y hondo. de quienes más de una vez hemos intentado, como los niños de tu hermoso poema "Plaza de Santa Ana", desatarnos del tiempo:




domingo, 13 de septiembre de 2009

Endrinas / HANDKE, POETA

A Diego Jesús Jiménez, el amigo, el hermano, el poeta. In memoriam
La fotografía que ocupa hoy la cabecera es una suerte de homenaje al otoño. A mi otoño. Y a la experiencia que a continuación relato.
Endrinas
Ayer, sábado, en el refugio de Gargantilla, vivimos un breve anticipo del otoño. Amaneció un día de cielo azul, sin una sola nube, aunque en el aire olía todavía a la tormenta brevísima con que nos despedimos la noche anterior. A media mañana, llegando del nordeste, de más allá de las cumbres de la sierra del Rincón y de la Tejera Negra, las nubes cubrieron el valle. Y comenzó a oler a esa mezcla de paja humedecida, tierra mojada y rastrojo que suele hablarnos de los primeros envites otoñales (un poeta de posguerra, Luis Felipe Vivanco, nos dejó un verso memorable para describir esa sensación: "huele a lluvia de muy lejos"). Después, la lluvia, una lluvia mansa y acariciadora, comenzó a caer sobre los fresnos y robles, sobre las praderas desecadas, sobre un campo sediento tras un verano demasiado huérfano de agua. Como casi todos los años, el otoño, en el valle, también se anuncia con una señal muy particular: maduran los frutos del endrino, esa suerte de uva dura (y más pequeña) de color morado, de sabor ácido y áspero aunque con un fondo dulce, con la que se elabora ese licor, de paladar entre ácido y dulce, llamado pacharán. Durante algo más de dos horas estuve "recolectando" ese fruto hasta llenar un par de cestas. Ahora me doy cuenta de que en esa labor no sólo había la necesidad de elaborar una determinada cantidad de ese licor: había un fondo que tiene mucho que ver con la memoria, con el amor (en su más amplia acepción), con el paso del tiempo. Intento recordar en qué septiembre nos dio por vez primera por convertir en un rito ese trabajo y se me ilumina el de 1995 quizá, o el de 1996, el tiempo en que vivía la madre y los hijos eran todavía niños y salir en busca del fruto del endrino era una especie de celebración. Porque el paso del tiempo lo ha convertido en eso: un rito parecido al de la recolección de las moras silvestres (este año, pocas, el largo y cálido verano -qué hermoso título de Tennesse Williams- ha machacado las zarzamoras), o al del inicio de la temporada de setas, al del cultivo del tomate entre los primeros días de marzo y el desbordamiento frutal de agosto. Al otro lado de mi soledad frente a tan hermosa y punzante planta, estaba esa memoria. Pero también estaba el deseo de vivir el nuevo otoño, la añoranza del fuego y de la chimenea, de la conversación sin límite, del intercambio de recuerdos, sueños y aversiones, de la subida al monte en busca del mejor níscalo, o del mejor boleto. Todo eso, junto a la memoria de lecturas irrepetibles de poemas y novelas con bosques y otoños de telón de fondo (Pavese, Eliot, el citado Vivanco, Ángel González, Diego Jesús Jiménez, Grass...), quedó en las cestas formando parte de la cosecha.

Porque a eso sabe el pacharán que E. elabora a partir de estos frutos. Un licor de un color entre el burdeos y el rojo que tiene, en su trasfondo, un poso de olores/sabores otoñales (desde la hojarasca recién mojada por la lluvia o el perfume casi dulce a hongos hasta el lejano olor de los sarmientos quemados en alguna llanura oculta más allá de los árboles). Y, sin duda, el poso de otros sabores: el amor, los amigos, la charla, la lectura. Y el recuerdo de los que, un día jamás querido, nos abandonaron sin remedio.

Handke, poeta: Vivir sin poesía

Hace casi tres años, en noviembre de 2006, en una entrevista realizada por Cecilia Dreimüller a Peter Handke éste respondió a una pregunta acerca de lo que él esperaba de la literatura lo siguiente: "Para mí la cotidianidad lo es todo, de ella salen los mitos, las leyendas. El problema es que muchos autores están demasiado metidos en la cotidianidad publicada, en vez de defender un centro desde el margen. No quiero polemizar, pero cuando era joven, un escritor era algo grandioso".
Desde su novela El miedo del portero al penalty, pasando por La ausencia y acabando en sus poemas, Handke ha sido un escritor profundamente implicado en la realidad sociopolítica de Austria y, más allá, de Europa y de Occidente. Un narrador, ensayista y poeta incómodo para el poder, indagador permanente en la memoria colectiva de su pueblo y un investigador acerado en el lenguaje, tal y como podemos comprobar en la que no dudaría en calificar como más importante novedad poética del otoño: su obra poética completa, agrupada en el volumen editado por Bartleby Vivir sin poesía. Una edición bilingüe, cuidada en extremo, cuyos prólogo y traducción ha realizado Sandra Santana.
Leí, deslumbrado, el primer libro poético que se tradujo en España Poema a la duración, un libro-poema en el que reflexionaba sobre "la duración" como concepto vinculado al paso del tiempo, sin duda, pero, sobre todo, al amor entendido en su sentido más amplio, diversificado y profundo: hacia los amigos, hacia los hijos, hacia una cotidianidad construida con pequeñas cosas:
"La duración con tu hijo
puede sobrevenir
cada vez que encerrado en la habitación durante horas,
con un trabajo aparentemente útil,
escuchas en el silencio el suplemento que te falta
para que todo esté en orden:
el ruido de la puerta de la casa al abrirse,
signo del regreso al hogar,
que en ese momento a ti,
el más susceptible a los ruidos de los susceptibles a los ruidos,
estando debidamente concentrado en tu tarea,
te suena como la más bella melodía".

Fue en 1991, por recomendación de Juan Carlos Suñen, y su lectura, en sucesivos viajes en autobús entre el barrio de Hortaleza y Gran Vía, fue una de las dedicaciones más intensas e invitadoras a la reflexión que he vivido a la hora de leer poesía. Poema a la duración, traducido entonces por Eustaquio Barjau, forma parte de la poesía completa editada por Bartleby. Por supuesto, en la nueva traducción de Sandra Santana.
En Vivir sin poesía encontramos poesía honda y cercana a la vez, poesía que no se desentiende de la Historia y que oscila entre la búsqueda experimental de sus primeros libros y el peso narrativo, sustentado en largos poemas, de sus últimas entregas.
Es la voz de un escritor al que no se le perdona su actitud crítica hacia un establishment que metabolizó, en el aparato del Estado, a no pocos protagonistas del nazismo, que cargó intelectualmente contra la desmemoria y el olvido, que, con Berndhart, Lebert y la Jelinek, ha diseccionado la trastienda de su sociedad, un poeta que es capaz, a la vez, de mostrar una sensibilidad extrema al hablarnos de lo cotidiano. Tampoco se le perdona su posicionamiento pro-serbio (un posicionamiento, razonado, que no comparto pero tan legítimo como cualquier otro). Se trata, en fin, de un intelectual que ha respondido a la permanente descalificación de los sectores más conservadores de Austria y de Alemania con decisiones nada fáciles. Por ejemplo, el pasado año pidió la retirada de su novela Die moravische Nacht de la relación de libros candidatos al Deutscher Buchpreis, premio que se concede a la mejor novela en lengua alemana del año siguiendo el modelo del Booker Price, el más prestigioso de las letras inglesas. También renunció al premio Heinrich Heine, que le había concedido un jurado literario en nombre de la ciudad de Düsseldorf. Se dirigió, por carta, al alcalde de esa ciudad, el democristiano Joachim Erwin, diciéndole que no estaba dispuesto a "ver" su obra "sometida una y otra vez a los insultos plebeyos de semejantes políticos". Como colofón de tales actitudes. el pasado año, harto de las campañas de lo más rancio de la sociedad germanohablante en contra de él y de su obra, llegó a anunciar su abandono de la literatura. Dijo a la revista alemana Cicero el pasado mes de febrero: "Tras casi 40 años de desempeñar este maravilloso oficio, a veces pienso: has bosquejado, suavemente o con energía, todo lo que tenías que bosquejar en tu vida. Ahora es tiempo de terminar". Confiemos en que se trate de una promesa incumplida. Y mientras tanto, leamos Vivir sin poesía, su obra poética completa. Como anticipo, dejo al lector un fragmento del libro-poema que da título al volumen y que, con un fondo de recapitulación existencial, de viaje por la experiencia vital, lo cierra:

"Cuando durante un luminoso día me dirigí
por la llanura hacia el norte de la ciudad,
el cielo azul estaba tan oscuro sobre las montañas
como si detrás se encontrara el límite de la noche.
Un ambiente de tormenta sin nubes tormentosas,
ojos nublados bajo un sol radiante
y las leyendas gritaron que debía entonces
pensar en una desdicha.
Los niños de la urbanización salieron a la calle
con patines de ruedas.
“¿Dónde está tu madre?”, escuché decir a uno
al pasar de largo.
“Ha ido a comprar al supermercado”.
Esto me pareció un lema para la vida
y por un momento experimenté una gran alegría."

domingo, 6 de septiembre de 2009

Sobre los blogs que me interesan (y los que no): una meditación

Nota previa

El retorno a la cotidianidad tras las vacaciones, invita a recobrar imágenes que nos acompañarán todo el año. Cambio foto de cabecera: no lejos de allí, del lugar de la rama, en la casa que fuera del padre, he escrito buena parte de mis poemas y de mis novelas. Ahí queda.

Primera noticia de una "cosa" llamada blog.
Hace cuatro años, creo recordar que en la primavera de 2005, tuve la primera noticia sobre esta nueva forma de escritura (a veces literaria, a veces filosófica, a veces periodística) que ha acabado teniendo por denominación más asentada el término blog (otros lo llaman bitácora, o cuaderno de notas, o bloc). Entonces, tenía en la cabeza un proyecto de programa de radio dedicado a los libros al que invité a participar a algunas personas. El programa nunca se hizo pero, como proyecto, lo mantengo guardado a buen recaudo en uno de mis archivos electrónicos. También me guardo el título. Quedan a la espera de que algún día pueda hacerse realidad (o no, como diría Rajoy). Una de las personas que iba a participar en el proyecto y en el desarrollo del programa era Ana Manzano, la promotora de un blog, nacido en el primer trimestre de este año, llamado Iconos Medievales. Pues bien, fue ella quien, al revisar el proyecto que le envié por correo electrónico, sugirió dedicar, en el programa, un espacio a “un fenómeno que está surgiendo ahora llamado blog” (lo escribió así o de forma muy similar). De tal fenómeno yo no tenía ni noticia.

Fue hace cuatro años y, desde entonces, lo que se apuntó como posibilidad para incorporarlo a un programa radiofónico, se ha convertido en una realidad omnipresente en el mundo periodístico, literario, artístico en general. Lo que no quiere decir, en absoluto, que esté ocupando el espacio que se merece en las revistas literarias ni en el catálogo de reflexiones de críticos y expertos en literatura.

Durante las pasadas vacaciones han sido muchos los momentos en que, al hilo de la lectura o el seguimiento de algunos blogs más o menos cercanos, he sentido la necesidad de recapacitar sobre el fenómeno y, de manera muy especial, sobre la tipología de los blogs que prefiero (o que me aportan significados, sentido, oportunidades de reflexión, conocimiento) y de aquellos que considero perfectamente prescindibles (llegan, incluso, a producirme una cierta aversión) desde el punto de vista de su utilidad intelectual, creativa y, si se me apura, sentimental.

Los blogs que aportan (y que me interesan)

Tal y como me ocurre, en otro plano, en la poesía o en la narrativa, me identifico (sólo daré dos o tres títulos como ejemplo), en general, con los blogs que aportan conocimiento. Ya sea en el plano de la reflexión sobre la vida cotidiana, sobre la creación literaria o artística, ya lo sea en el de la crítica literaria (¿quién no nos dice que hoy buena parte de la mejor crítica se está canalizando a través del blog?), en el del comentario de lecturas, a veces de un valor inestimable. Aportar conocimiento es, también, aportar memoria, tanto personal como colectiva, ofrecer meditación sobre momentos históricos especiales, sobre las pautas culturales y sentimentales de las distintas generaciones. Es mostrar naturaleza, urbanismo y arte, lugares poco conocidos de la geografía (cercana o remota, da igual) y hacerlo con reflexiones sobre esa experiencia que aporten una luz nueva o una dimensión desconocida. También lo es mostrar una parcela de la vida cultural o ciudadana desplazada de lo habitual (pienso en el blog antes citado, que mezcla románico con viajes y experiencia personal, o en un blog cargado de potencial evocador como De los tranvías, de José Ángel Cilleruelo, o en el de la vida cotidiana de un editor como El editor en su laberinto, de Pepo Paz). Y lo es, sin duda, alimentar la crítica social, reflexionar sobre la globalización y sus efectos negativos sobre la Humanidad, cultivar la denuncia y alentar, cuando sea imprescindible, la movilización social. Y, por supuesto, también me interesan los blogs que siguen la actualidad política, analizan nuestra realidad diaria, se pronuncian y se implican en ella.

La derivada lógica de esa identificación no es difícil intuirla: me gusta el blog también como espacio de debate, como lugar para el comentario (desde el emitido desde una identidad pública al emitido con seudónimo o bajo anonimato, me da igual) y para el intercambio de experiencias. No olvidemos que es una fórmula maravillosa para el ejercicio de la interactividad.

Todos esos blogs aportan, a mi juicio, conocimiento. Me ayudan a entender el mundo, a leer mejor, a escribir como puedo (creo que me mejoran) y a acercarme a las preocupaciones vitales, estéticas, sociales y políticas de los otros..

Los blogs que no aportan (o que no me interesan)

Creo prescindibles, sin embargo, los blogs de autobombo permanente. Los que cuentan los elogios con que es acogida la obra propia (lo que no es lo mismo que publicar enlaces para las críticas que eventualmente puedan aparecer: es un servicio al lector), el número de viajes que realizan y el sinnúmero de periodistas que esperan en la cafetería del hotel para entrevistarlo (o entrevistarla), los escritores famosos a los que se ha conocido en determinado acto y lo bien que éstos han hablado de uno (no la reflexión en torno a la experiencia del encuentro, no el contenido de fondo del diálogo mantenido), las radios y las televisiones que se han visitado y lo maravillosamente que han sido recibidas las opiniones del autor. No me atraen los blogs en los que el autor, a modo de un moderno Phileas Fogg (o como el enanito de piedra de la casa de los padres de Amelie) va dando cuenta de las ciudades que visita (a las que ha sido invitado) sin que se aporte un solo ingrediente reflexivo,o una mirada literaria o ciudadana, o sociológica, o cultural sobre la experiencia del viaje. Cierto que siempre, en todo blog (en éste también), como en toda obra literaria, hay una proyección del yo y cierta dosis de narcisismo. Pero el problema surge cuando el blog se sustenta casi exclusivamente en ambos elementos y acaba siendo una suerte de GPS que nos indica lo que día tras día hace el autor en su vida pública y, a veces, privada. Ojo: no digo que no sean necesarios (no hay nada innecesario salvo lo que daña a la sociedad y a sus integrantes). Digo que a mí no me interesan y que creo que aportan muy escasa dosis de conocimiento a mi labor como escritor.
Vista al futuro
Creo que estamos en la infancia del blog. Que, como "género", irá madurando ocupando buena parte del espacio que han venido ocupando hasta hoy los diarios de escritores u otro tipo de artistas, pero que tendrá formas de edición en papel al modo de lo que hoy son los diarios en libro. He dicho "buena parte del espacio" y he dicho bien. Porque no creo que desplace del todo a ese género: porque en un diario hay meditaciones, reflexiones acerca de la vida íntima que difícilmente soportarían, al menos en un primer instante o durante cierto tiempo, el carácter público, en directo y en tiempo real, del blog. La interactividad, la relación casi permanente entre autor y lectores y comentaristas condicionan a veces los aspectos estéticos y creativos del texto escrito. Pero el tiempo nos enseñará que el blog es también deudor de la mejor literatura.

Nota final: ni que decir tiene que la inmensa mayoría de los blogs que recomiendo en la columna a la derecha pertenecen al primer bloque. Algunos (muy pocos), no.