jueves, 29 de octubre de 2009

OCTUBRE, VIDA, LITERATURA: CUMPLIR AÑOS

Anteayer, martes, cumplí años. Viví el rito de cada 27 de octubre de cada año. Lo viví, a lo largo de la jornada, trabajando en el Cervantes y, lo concluí, a partir del anochecer, revisando la última versión de mi libro de poemas Ciudad adentro (título provisional), texto cuyo crecimiento se ha producido a lo largo de la última década. He constatado, una vez más, que octubre es una presencia constante en mi poesía (y en la poesía ajena de la que más disfruto). De manera explícita o en forma de atmósfera, de ambiente, de telón de fondo. Más de una vez me han preguntado si tiene que ver con mi fecha de nacimiento, con mi condición de "hijo del otoño". Y cuando he intentado buscar respuesta y he echado la mirada hacia atrás y recapacitado sobre los libros que he escrito y publicado, he constatado, también, que esa atmósfera está presente en gran parte de ellos. Comenzando por mi primera y casi remota novela Mar de octubre y acabando con el libro viajero Por la sierra del agua o con las dos novelas cortas que constituyen Espejo y tinta.

¿Determina la fecha de nacimiento, o la estación del año en que éste se produce, la forma de mirar el mundo, la preferencia por determinadas atmósferas? No lo creo. En mi caso es la casualidad. Porque la impregnación otoñal que no pocos críticos han destacado de mi obra tiene que ver con experiencias no relacionadas con el día en que vine al mundo.

Amo octubre y, más allá, el otoño, porque es un tiempo de tránsito en el que predominan las tonalidades mixtas, en el que vive mi memoria del final de cada verano: octubre era la vuelta al colegio en mis años infantiles, era el tiempo de las lluvias tras la sequía impiadosa del verano en un Madrid periférico; era el tiempo en que volvían los abrigos, el calor de la casa, en que se anunciaban los caminos que llevaban a un invierno cargado de ensoñaciones, de sueños, de magia. Era el tiempo de mi cumpleaños, la antesala de las navidades, el de los paisajes húmedos, el de las praderas recobrando el verde que los meses de estío habían borrado.

Pero octubre, en años posteriores, en mi adolescencia y en mi primera juventud, tenía que ver con la vuelta a la Universidad, con la lucha política clandestina y semiclandestina, con el comienzo de la temporada en el cine club semilegal de mi barrio a comienzos de los años setenta, con la recuperación de la chaqueta de pana, con la vuelta al cine (en blanco y negro y de arte y ensayo unas veces, en color y de sesión continua y doble otras) de los sábados o de los domingos por la tarde, cuando la ciudad, Madrid, se entristecía de manera muy especial. Octubre era también el comienzo de la temporada en los colegios mayores, la puerta para el "otoño caliente" que acabaría con la dictadura y que no llegó nunca (terminaría de otra forma y con Franco muerto en la cama).

Y era la recuperación de la chaqueta de pana, del tabaco de pipa, cuyas hebras redescubría (yo fumé en pipa durante algunos años) en los bolsillos de chaquetas y abrigos del año precedente como si se hubieran salvado extrañamente de la tintorería. Octubre eran los tranvías y eran las novedades literarias y el comienzo de las lecturas poéticas en los lugares más extraños, comenzando por la memorable Tertulia Hispanoamericana en el ICI, al comienzo de la Ciudad Universitaria, allá donde la urbe perdía sus contornos y se asomaba a las cumbres de Navacerrada. En octubre se nos murió Jacques Brel y me quedé un poco huérfano. Le estalló el corazón a Manolo Vázquez Montalbán en el aeropuerto de Bangkok y me quedé estupefacto, perplejo, más huerfano todavía. En octubre fue la revolución rusa y cayó (tiraron/tiramos) el muro de Berlín abriendo una nueva época que lamentablemente no fue la primavera que esperábamos.

Y octubre, en fin, era/es una amalgama de olores memorables: el de la hojarasca en los bosques o en los parques después de la lluvia; el de los hongos en las extensas praderas de la sierra del Guadarrama; el olor a tierra mojada y a pétalos marchitos; el olor de la lana humedecida por las primeras gotas de lluvia; el del abrigo de paño de la amada; el de los cigarrillos que abandoné hace once años....

Anteayer, sí, cumplí años. Un 27 de ocutbre idéntico y, a la vez, distinto a cuantos he vivido. Nací en 1952. Fui niño en los cincuenta hasta los primeros sesenta. Adolescente en los sesenta, cuando irrrumpían los Beatles y los Rolling y apuntaban la vez blanda y sinuosa de Bob Dylan y de amor nos hablaban Joan Manuel Serrat o la amante que perdimos en un fatal accidente de tráfico llamada Cecilia. Joven, solidario, inocente, entregado, militante comunista, revolucionario, semi hippie, poeta, visitante de iglesias (románicas sobre todo) y arquitecturas perdidas en lugares remotos de la geografía, y amante en los setenta. En los ochenta entré en la jueventud madura de la treintena, en la racionalidad y en la literatura con mayúsculas mientras en Madrid la movida viajaba por Rok Ola y nacía el cine de Almodóvar. Los noventa, los dos mil son años que me parecen más que próximos, vecinos, colindantes, parte del presente más que del pasado. Ahora veo la vida de otro modo. Escribo. Leo. Viajo por Internet y viajo por el mundo por razones laborales. Mantengo la inocencia inaugural ante la gran obra artística, sea literaria, cinematográfica, plástica o musical. Y echo de menos vivir por temporadas alejado del mundo, disfrutar del refugio que heredé del padre dedicado a leer, a caminar, a escuchar música, a charlar hasta la extenuación con los amigos y a escribir los libros que no podré escribir...

Todo lo hasta aquí escrito, que forma parte de mi forma de contemplar el mundo y de enfrentarme a la vida, está hondamente vinculado con octubre, con todos los octubres... Ah, y una canción escuchada por vez primera a mis 16, o 17 años, que Serrat escribió y compuso en estado de gracia titulada Balada de otoño que os invito a escuchar pinchando en el título.

Sé que me he dejado llevar por la emoción de las palabras que tocan la memoria. Lo siento. Sé que sabréis disculparme.

viernes, 23 de octubre de 2009

El esfuerzo de leer "Nocilla Lab" y algunas reflexiones

Cambio imagen de cabecera. La fotografía está tomada en marzo del pasado año. Es la calle del Fresno, lugar en el que está nuestra casa en el valle. Al fondo de la calle se levanta el monte de la Cruz. Aquel día de marzo había nevado ligeramente y la loma mostraba un ligero manto entre blanco y gris. La calle parece embarrada y los árboles, pelados, hablan de la tardanza de la primavera.

Tropezar dos veces en la misma piedra
Caí de nuevo, lo confieso. Soy un confiado lector que intenta acercarse a cada libro con la mirada inocente de quien intenta ser feliz viviendo una historia construida con palabras en la que respiren la emoción, la escritura reveladora con su punto de misterio, los grandes sueños del hombre y sus grandes frustraciones, un argumento que me atrape, que me lleve, que me quite el aliento si es necesario, que me haga vivir durante el tiempo que dure la lectura en estado de vigilia: una forma de recomponer la existencia, de ordenar el mundo en definitiva mediante el lenguaje. Es decir: esa magia que alienta en toda buena obra narrativa, sea del siglo XVI, sea del XIX, del XX o del XXI. Pues bien, hace algunos meses dediqué una entrada de este blog al libro Postpoesía, de Agustín Fernández Mallo. En ese texto (Postpoesía, emoción....), y en uno más largo, publicado en El País con el título La novela en el siglo XXI goza de buena salud intenté reflejar mi crítica, respetuosa sin duda, pero también rigurosa (al menos, esa fue mi intención) a una literatura que lejos de intentar, como decía arriba, proponer una ordenacíón del mundo (algo que intentó, con una lucidez extrema, un autor tan experimental como Joyce en Ulises hace casi un siglo contando el día irrepetible de su protagonista en el Dublín de principios del siglo XX o, con una dimensión sombría, oscura, Juan Rulfo en Pedro Páramo), se recrea en el caos, en el fragmento, en el discurso reiterativo que aburre y agota.

Decía al principio que soy un confiado lector que intenta acercarse a cada nuevo libro con mirada inocente y generosa. Eso me ocurre, de manera muy especial, cuando el libro me viene recomendado por una persona de confianza. Pues bien: en el blog de un buen amigo (y buen escritor) leí hace poco más de una semana un elogio sin fisuras, con calificativos casi hiperbólicos, hacia la tercera entrega de la trilogía de Mallo llamada "proyecto Nocilla". Se trata de la novela (o como queramos llamar al libro) Nocilla Lab. Tal y como suelo actuar en tales ocasiones, en cuanto pude busqué el libro en la mesa de novedades de la librería más próxima y lo compré. Lo compré pese a mi trabajosa lectura de Nocilla dream, el primer volumen de la trilogía; también a pesar de mi incapacidad para acabar el ensayo citado al principio. Reconozco que soy muy sensible a los elogios y era tal la pasión que mi amigo ponía en su blog que me dije: "Tiene que ser, por fuerza, un libro magnífico".

Mis dudas
¿Es un libro magnífico? No lo sé. Mi experiencia ha ido en dirección contraria. He llegado a la página 40 y sospecho que no continuaré. Por agotamiento / aburrimiento. La historia es endeble o no hay historia (digo argumento, digo trama). Ya sé que se trata de la novela que responde (eso afirma su autor) a la realidad fragmentaria que nos ofrecen las TIC (léase tecnologías de la información y la comunicación), el universo Internet y el mundo que asoma en las pantallas multicanal de nuestros televisores por satélite y TDT. Pero, con todos los respetos, creo que la realidad fragmentaria, caótica, desordenada, forma parte de la percepción del hombre de todos los tiempos. Es parte consustancial de la percepción de la realidad. Ya estaba presente en el mundo en que escribió Cervantes, y en el siglo XIX, y, de manera aún más intensa en el siglo XX. Lo que hicieron los grandes escritores, lo que hacen hoy, no es trasladar (reflejar) al texto el caos y la fragmentariedad, sino proponer un orden a ese mundo, dotarle de sentido de acuerdo con las más hondas aspiraciones del ser humano. No hace mucho, leí/contemplé Poema en viñetas. Novela gráfica, de Dino Buzzati, aparecida en Italia en 1969 y me pareció curioso el mestizaje intergéneros que el autor de un clásico como El desierto de los tártaros abordaba en ese libro: el comic y el texto literario conviven y se interrelacionan. Hace 20 años, durante el proceso de edición de mi primera novela, Mar de octubre, Juan Serraller, el editor (Fundamentos) me regaló dos novelas emblemáticas del experimentalismo norteamericano de los 60/70: La subasta del lote 49, de Thomas Pynchon, y Quimera, de John Barth. Las leí con esfuerzo pero las disfruté: construían mundos frente a la lógica del caos (que no era propiamente el caos, que era la lógica de los poderes dominantes que llevaron a Vietnam y a la guerra fría) que parecía gobernar la realidad (sin Internet).

Más de una vez he escuchado de algún escritor o de algún crítico que el modo de narrar del "proyecto nocilla" es el modo de narrar del siglo XXI. Siempre he recibido tal afirmación con perplejidad. Porque creo, con toda sinceridad, que es la vía más directa para eludir el desafío de construir una historia sustentada en el lenguaje y en todas sus capacidades de misterio, de revelación y de emoción junto con el interés que puede aportar una trama con un orden o una lógica interna que lleve al lector del principio al final. Ese es el secreto de La metamorfosis de Kafka o de El tambor de hojalata, de Günter Grass. Incluso El hombre sin atributos, de Musil, un monumento literario cargado de complejidad, no es otra cosa que un intento de aportar un orden al desorden de la realidad del mundo especialmente amenazado y confuso del período de entreguerras.

Una razón subjetiva
Hasta aquí algunas razones que creo objetivas respecto a mi desconfianza hacia ese tipo de literatura. Añado una puramente subjetiva: creo que tal opción, en la medida en que no requiere otra cosa que escribir dignamente para reflejar, de manera integrada, a modo de collage o de palimpsesto y mezclando todos los materiales que nos suministran las TIC, la fragmentariedad con que vemos el mundo, es la más fácil de abordar. Diré más: a veces tengo la sensación de que se trata del traslado al formato de libro de un blog. Si miro hacia atrás, valoro los dos años largos de vida de Al margen, mi blog, y lo releo, me digo: "Mira por donde, aquí hay una novela fragmentaria". Y no es eso. Creo yo.

Lo que pienso de la literatura: una entrevista
Cierro con el enlace a un vídeo. Se trata de una entrevista que hace algunos meses me hicieron para la televisión de esmadrid.com a propósito de la publicación de Verano, mi última novela. En la medida en que en ella delimito, hasta cierto punto, un corpus teórico y explico mi concepción de la literatura, os invito a pinchar aquí: Entrevista.


sábado, 17 de octubre de 2009

UNA EXTRAÑA SEMANA EN 4 FOTOGRAFÍAS

La fotografía que, desde hace tres o cuatro días, ocupa la portada fue tomada, el pasado día 8, en Chicago. Con un teléfono móvil. Todavía impresionado por la ciudad y un día después de recibir el nuevo libro de Manolo Vilas, Aire nuestro (que reposa, a la espera de lectura, en mi mesa de trabajo y de la que confío escribir algunas líneas), me apresto a escribir una extraña crónica. Vayamos a ello.

I. En Lozoyuela
Los días transcurridos entre los pasados 3 y 12 de octubre, una semana larga, fueron para mí un período extraño. El 3 era sábado, un día otoñal luminoso que pasé en el valle del Lozoya, leyendo, intentando escribir, caminando y, por algún tiempo, ayudando a E. a limpiar el huerto en las primeras labores dirigidas a preparar la tierra para el invierno. Ese día, viajé a Lozoyuela a hacer unas compras e hice algo que desde que comencé la escritura de mi libro Por la sierra del agua a principios de 2001 había venido aplazando de modo inexplicable: fotografié, con el teléfono móvil (no llevaba cámara, pero pensé que debía aprovechar el lapsus de mi desmemoria) la vieja fábrica de harinas abandonada "San Vicente". Abajo podéis ver la fachada. Se trata de un edificio de 1935 que quién sabe cuándo dejó de cumplir con la función que, en un mosaico azul con letras blancas, se anuncia en el centro de su fachada de piedra.

La "Electro Harinera de Lozoyuela" es hoy un edificio muerto junto a la vía de servicio que discurre en paralelo a la Autovía del Norte o Nacional I. Es una arquitectura que nos habla de un tiempo de pequeñas industrias dando vida a pueblos que, en algunos productos, se autoabastecían, abastecían a la comarca e incluso llegaban a comercializarlos más allá de la provincia. Confieso que, en mis paseos por el campo y en mis viajes en busca de lugares escondidos y paisajes desconocidos siempre me han conmovido estas pequeñas ruinas industriales. No pocas veces, al final de un camino que nadie transita, detrás de una fila de álamos bordeando un río, al lado de una estación de ferrocarril en la que ya no paran los trenes, he tropezado con estos espectros que nada saben de la globalización, de Internet, de las tecnologías de la información y de la comunicación, en cuyo interior buscan refugio los vencejos y las avutardas, hacen el amor las jóvenes parejas al final de cualquier fiesta de verano o se protegen de la intemperie vagabundos y mendigos... Viejos molinos sin uso, antiguas fábricas de hielo, "fábricas de la luz" (como la que quedó a la vista hace un par de años cuando el embalse de Riosequillo fue vaciado para arreglar un problema técnico) que cubrían las necesidades de electricidad de dos o tres pueblos, aceiteras, fábricas de galletas o de chocolate, ingenios de una industria precaria, próxima, que dejaron de funcionar hace treinta, o cuarenta años. Son ruinas que me conmueven, que me inducen a pensar en cuántos seres humanos dejaron allí su esfuerzo, sus sueños, sus ilusiones y sus experiencias. Y que, como mudos participantes en una rara manifestación, parecen exigirme la realización de un proyecto de hace muchos años continuamente aplazado: hacer un amplio reportaje fotográfico con todas las "ruinas industriales" que sobreviven (es un decir) en las extensas zonas rurales de nuestro país. ¿No sería una hermosa experiencia?

Hice mías las ruinas de la harinera abandonada, paseé por las calles limítrofes con el campo del pequeño pueblo y volví al refugio, a vivir la noche otoñal en medio del valle del Lozoya.

II. En Chicago
Tes días después, razones laborales me llevaron al corazón de la ciudad mítica de la Norteamérica más norteña. Dicen de ella que es el paraíso de la arquitectura. Más allá de la circunstancia de haber unido su suerte a la de Madrid en su pretensión de ser ciudad olímpica en 2016; más allá de ser la ciudad en que nació, creció y se formó Obama, la imagen que yo tenía de Chicago era de doble cara. De un lado, el vanguardismo edificatorio, la belleza futurista de sus rascacielos, desde la torre Sears hasta el Hancock Center, pasando por la torre de Willis hasta el todavía irreal (es sólo un proyecto) Chicago Spire de Santiago Calatrava. Nombres de arquitectos irrepetibles como Frank Lloyd Wright, Bruce Graham o Fazlur Khan estrechamente vinculados a una ciudad imaginaria mezcla de las ciudades de ciencia ficción entrevistas en viejos tebeos de Superman o de Batman y la deshumanización tecnológica con que, en el tiempo de mi adolescencia, temíamos al siglo XXI. De otro lado, una ciudad que el cine ha vinculado a la Ley Seca, a la lucha entre bandas de gángsters por el control del comercio clandestino de alcohol en los años veinte del pasado siglo: una ciudad en la que, curiosamente, se afianzó una literatura de denuncia alrededor de la llamada Escuela de Chicago, de la poesía realista, directa, seca y emocionada de Carl Sandburg, tal y como refleja este fragmento del poema "Chicago":

Salchichería del mundo,
Fábrica de Útiles. Almacén de Trigo.
Juego de Vías Férreas. Tirada de Mercaderías de la Nación;
ciudad tempestad, enronquecida, vocinglera,
ciudad de anchas espaldas.
Me dicen que eres perversa y lo creo, porque he visto a
tus mujeres acicaladas bajo los reverberos esperando a
los mozos del campo.
Y me han dicho que eres canalla y yo respondo: Sí, es
cierto, yo he visto al hombre con revólver matar y
quedar libre para volver a matar.
Y me han dicho que eres brutal y yo respondo: Sobre el
rostro de tus mujeres y de tus niños he visto las señales
del hambre desenfrenado.

Habiendo contestado así me vuelvo aún una vez hacia
aquellos que desprecian esta ciudad, mi ciudad y les
devuelvo su desprecio y les digo:
mostradme otra ciudad que cante con la cabeza alta,
tan orgullosa de ser viva, robusta, fuerte y astuta.

Aunque estuve en esa ciudad sólo tres días, pude disfrutar, a lo largo de la mañana del 8 de octubre, de un largo paseo. Ya sé que así es difícil respirar y metabolizar la atmósfera de un lugar tan complejo y diverso en una mañana. Pero sí diré que me he traído la sensación de que se trata de una ciudad moderna, dinámica, innovadora, en la que el arte y la creación se respetan y valoran. También he de decir que sólo he podido ver un Chicago: el de la "city", el de los rascacielos, el de las orillas del lago Michigan, el Chicago blanco quizá. No el de los barrios deprimidos que se extienden en las afueras, no el que todavía guarda evidencias contemporáneas de las sevicias que cantara Sandburg.

Eso sí, visité el Hotel Intercontinental. Un hotel que se mantiene, perfectamente remozado y modernizado en todos los planos, igual que en los años treinta. Parte de ese sabor, de esa atmósfera de época, lo aporta la piscina, situada en la séptima planta, donde entrenó el Tarzán más genuino: Johnny Weissmuller. La sillas y las hamacas de mimbre, la decoración art decó, el colorido de sus azulejos, el azul ligeramente verdoso del agua.... Todo parecía detenido en los años 30.
III. Atardecer en el valle
El día 9, viernes, completé este itinerario casi surrealista. Dejé la urbe futurista, busqué el acogimiento del fin de semana en mi refugio del valle. En más de una ocasión he escrito acerca del valor que, para mí, tiene poder frecuentar un lugar con raíces, apegado a los sentimientos más hondos, donde la vida discurre con el pausado ritmo de las cosas que apenas se han alterado desde hace siglos.
Aproveché para cerrar el libro de poemas en que vengo trabajando desde hace 10 años, para caminar hasta el río, para recuperar el sabor de las realidades pequeñas y cercanas. Del paseo del atardecer quedó la fotografía que podéis ver arriba. Es como si los fresnos ardieran. Caprichos de la luz.

sábado, 10 de octubre de 2009

Lecciones de un poema de la Szymborska

Árboles que son testigos
Cambio la foto de cabecera con una imagen especialmente querida: se trata del anuncio del otoño en los árboles que, en mi refugio del valle, han sido testigos de gran parte de mi vida. En ellos, en la tarde del sábado de octubre, he buscado una isla de calma y de memoria. He sentido la necesidad de atrapar su belleza un día después de regresar, en un viaje de trabajo, de la megalópolis de Chicago. A esa experiencia me referiré en estas páginas en los próximos días. En tanto llega el momento, prefiero dejarme llevar por la coloración, que va del verde al rojo casi burdeos, de esos árboles que han crecido conmigo, que han sombreado, en los días de verano, los juegos de mis hijos, que nos han anunciado, con mayor eficacia que cualquier otro método, el paso de las estaciones, los días de lluvia y viento, las tormentas, el tiempo de los hongos y de la hojarasca. He llegado de la ciudad de la arquitectura y de las multitudes (no sólo de Obama) a la calma apacible del lugar en que siento el pulso de lo cotidiano con una intensidad incomparable. Esos árboles (el pruno, los fresnos, las arizónicas) y el cielo otoñal al fondo, son el reverso del viaje, el lugar de la intimidad más honda, los seres junto a los que, año tras año (magnífico título, por cierto de una novela casi desconocida de Armando López Salinas, el novelista del 50 vecino del barrio de la Concepción), han nacido y crecido mis poemas, mis novelas, mis sueños, mis pensamientos. Nuestros sueños y nuestros pensamientos.

Un poema de la Szymborska
Volando desde Chicago a Madrid, leí un poema de Wislawa Szymborska que me emocionó de una manera especial y que reproduzco líneas más abajo. La poeta, de la que Bartleby publica en la próxima semana, su nuevo poemario Aquí, con traducción de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia , nos invita a un ejercicio de humildad. A los escritores, a esa grey en la que yo incluyo, también, a los cultivadores del blog y en la que, como no podía ser de otro modo, me incluyo. Y, de manera más específica, a los poetas.
Nos creemos elegidos. Consideramos, en nuestro fuero interno, que nuestra vida sería mucho más pobre y limitada sin escribir y, en gran medida, es verdad. Que sin la (nuestra) escritura no es concebible el mundo. El ejercicio de autoafirmación, de egolatría de la escritura como vía de comunicación con los otros, de transmisión de emociones y de conocimiento, nos parece la cumbre de la experiencia humana. Es la “llamada del arte”. Sin embargo, no caemos en la cuenta de que hay millones de personas (la inmensa mayoría de nuestra sociedad) que no escriben versos, que no escriben cuentos, que, sin más, no escriben salvo para cubrir un trámite, rellenar un formulario o hacer la lista de la compra. Es más: que no tienen necesidad alguna de escribir, de crear.
Leamos el poema de Szymborska

ELOGIO DE MI HERMANA

Mi hermana no escribe versos
y dudo que empiece de repente a escribir versos.
Lo sacó de mi madre, que no escribía versos,
y de mi padre, que tampoco escribía versos.
Bajo el techo de mi hermana me siento segura:
el marido de mi hermana por nada del mundo escribiría versos.

Y aunque esto suene a obra de Adam Macedonski,
ninguno de mis parientes se dedica a escribir versos.

En los cajones de mi hermana no hay viejos versos,
ni recién escritos en su bolso.
Y cuando mi hermana me invita a comer
sé que no es con la intención de leerme sus versos
Sus sopas son exquisitas sin premeditación
y el café no se derrama sobre sus manuscritos.

En muchas familias nadie escribe versos.
Pero si lo hacen, es raro que sea sólo una persona.
A veces la poesía fluye en cascadas de generaciones,
lo que crea peligrosos remolinos en sus mutuos sentimientos.

Mi hermana cultiva una buena prosa hablada,
y toda su escritura son postales de sus vacaciones
con textos que prometen lo mismo cada año:
que cuando vuelva,
me contará todo,
todo,
todo.
(’El gran número. Fin y principio’).
La hermana de la poeta polaca es alguien que forma parte de esa inmensa mayoría de no poetas. Hace poesía de lo cotidiano de otra forma. Del mismo modo que en miles de casas, en miles de oficinas, aulas y fábricas, una multitud de seres anónimos construyen una lírica de lo cotidiano para ellos y para sus seres más próximos. Sólo han escrito (o escribirán) postales o cartas, sms, correos electrónicos… Nunca han escrito un verso, ni en sus familias hay antecedentes de escritores o poetas (en algunas, apenas hay libros). ¿No es, en su extrema sencillez, en su lirismo hondo y depurado, un magnífico poema social? ¿No hay en él una apelación a ese colectivo de seres anónimos que construyen su obra literaria con su propia vida y sin escribirla?


Hoy, cuando es tan fácil dejarse llevar por la lógica del escaparate de los medios de comunicación (incluido Internet), cuando nuestra vocación literaria nos lleva a establecer una comunicación cada vez más intensa y continuada (a través del blog) con los lectores no nos viene mal esa llamada de atención del poema de Szymborska. Junto a cada uno de nosotros, a lo largo de la mayor parte del día, hay hombres y mujeres que hacen versos memorables sin escribir un solo verso. En mi casa, en mi vida, nada de lo que yo escribo tendría sentido sin la poesía de lo cotidiano que otra persona, desde hace más de treinta años, construye, sin escaparate de por medio, hora tras hora a mi lado.

No me ha sido, por ello, difícil reconocer mi experiencia en la hermosísima y emocionada gavilla de versos de la poeta de Poznan. No tardando mucho, podremos constatar, en su nuevo libro Aquí esa intimidad de lo colectivo o esa vertiente colectiva de lo más íntimo, de la premio Nobel. Una difícil pretensión que, con sencillez, de manera directa, alcanza en este libro una entidad extraordinaria.

jueves, 1 de octubre de 2009

"La casa roja" es mi casa, es nuestra casa: bien por Juan Carlos Mestre

Imagen de cabecera: el joven se aleja

La fotografía que ocupa hoy la cabecera lleva un título polisémico: "El joven se aleja". Fue tomada en el verano de 2008, en el puerto de La Morcuera. Viajábamos, mi hijo y yo, desde el valle del Lozoya hacia Madrid. Nos detuvimos un rato a contemplar el paisaje en la irregular llanura que se extiende en las proximidades del puerto. Él quiso probar su rodilla operada y echó a correr carretera adelante. Lo vi alejarse: la carretera solitaria dibujando un destino que puede ser el horizonte que, al fondo, se abre a las alturas, los contornos de la cordillera, aún más alta que el propio puerto, el verde de los densos pinares que se ven a lo lejos. Una mirada superficial nos habla de un chico corriendo sobre el asfalto. Es casi una escena sacada de un relato de Tobias Wolff, el narrador norteamericano amigo de Carver. Mi mirada -mi cámara- capta algo más que un paisaje, algo más que a un joven desconocido que parece huir: capta al hijo que tiene 16 años de edad y corre hacia el futuro, hacia la madurez. Se aleja hacia un horizonte que ya no será mío. Que ya no será nuestro.

La casa roja, premio nacional

El horizonte que sí considero mío es el que se dibuja en el libro de Juan Carlos Mestre que acaba de ser reconocido con el premio nacional de poesía. Merecido galardón que da cuenta de una de las trayectorias poéticas más originales de la poesía española escrita desde los años 80. Un libro al que tuve el orgullo de referirme (y recomendar) hace algo más de un año en un programa desaparecido de Manolo HH en Radio Nacional, La noche menos pensada, y al que, el pasado mes de abril, en este blog califiqué como uno de los mejores libros de los últimos años (léase Dos dedicatorias). Se trata de un libro denso e intenso en el que Mestre ha venido trabajando durante años y del que tuve una primera noticia a finales de los noventa, en una lectura que el propio Mestre, acompañado de un acordeón, hizo en la Tertulia Hispanoamericana: allí escuché la primera versión del poema que da título al libro y allí se me quedó grabado ese verso memorable (tan emotivo como eficaz en términos de significación): "Las estrellas para quien las trabaja". Lejos como estoy de su estética, comparto con Mestre una visión de la poesía basada en la relación dialéctica, en el texto, entre investigación en el lenguaje, búsqueda de sus capacidades sorpresivas, reveladoras, y acercamiento crítico a la realidad. Lo que él ha llamado en no pocas ocasiones "poesía de la conciencia". Enhorabuena al poeta. Enhorabuena al amigo, al hermano, al compañero de veladas de charla sobre poesía, sobre política, sobre las dimensiones de las estrellas. Y, como no, de veladas de discusión, de duro enfrentamiento dialéctico, de franqueza y sinceridad, de las que tanto se ayuna en el mundo literario de este país.

Pero mi enhorabuena va dirigida también a la editorial Calambur. Una de las editoriales que pugnan por abrirse un espacio en ese universo que tienden a monopolizar dos o tres sellos que llevan largos años haciendo acopio de todos los grandes premios (y no me refiero a los que se dan a libro inédito por instituciones diversas, que también, sino a los que se dan a libro publicado, como el Nacional o el de la Crítica). El premio servirá para que Calambur, y su promotor Emilio Torné, pesen mas en el mundo poético.

Despidiendo a Diego Jesús Jiménez: palabras para Juan Carlos Mestre

Ahora me dirijo a ti, Juan Carlos. Rompo la convención del blog y hablo contigo. ¿Sabes lo que pensé cuando en la mañana del miércoles Pepo Paz me llamó al móvil para decirme que los teletipos estaban contando la noticia de tu premio? Pensé que te lo merecías. Y, al instante, recobré una escena que, emocionados, compartimos y a la que se refirió Pepo en una entrada de su blog (Accede a ella)). Fue el 14 de septiembre, en el centro cultural Diego Jesús Jiménez, de Priego, despidiendo a nuestro amigo de tantos años. Yo presenté el pequeño acto y tú leíste, con la voz quebrada, "La casa", uno de los poemas más hermosos de La ciudad, el libro con que Diego obtuvo el Adonais en 1964. Cerca de nosotros estaba Guadalupe Grande, y Luis García Jambrina, y Molina Damiani, y Juanjo Lanz, y Angel Luis Luján, y Pepo Paz, y Antonio Carvajal, y Antonio Hernández... Nos despedimos de Diego y lo dejamos "allí, donde termina la Alta Alcarria", contemplando para la eternidad los montes que se alzan sobre río Escabas. Tú leíste "La casa" y los dioses de los buenos poetas y de los hombres buenos ("en el buen sentido de la palabra", que diría Antonio Machado") han hecho posible que la otra casa, que era también la casa de Diego, La casa roja, sea premio nacional. Por eso, cuando supe de tu premio no pude evitar imaginarme a Diego, allá donde se encuentre, brindando con Coca Cola Zero, por ti y por Aleja. Y diciendo que no podría acompañarte en la futura ceremonia de entrega del premio utilizando el lema que tanto conocíamos para justificar su semiencierro en su casa: "Mire usted, es que yo a España no bajo". Al fin y al cabo, formaba parte de ese ejército de paz al que, en un poema de La casa roja (reproduzco un fragmento), te referiste de forma tan perturbadora y bella: al ejército de los poetas.

"Recorrimos los suburbios,
anduvimos juntos entre la maleza,
dormimos en los cobertizos.

El poeta barba de maíz roedor de los sembrados,
el poeta bobina de hilo de las cometas.
El que bajo los párpados de lino del verano
es la voz ronca del vendedor ambulante,
la mirada del viento que seca la tierra mojada.

Lo que el poeta dice,
lo que dice el poeta a la adivina,
al solitario de boina gris,
al que oye sus palabras como relato de un robo.

El poeta vidrio de los cuatro colores de la atmósfera,
el poeta oscuro llave de las alacenas.
El que está sentado a la diestra del padre
junto al jugador de baraja que lee la fortuna,
el que le dice a la vida, oye vida,
y se acuesta con ella".
Nada más, Juan Carlos. Termino reproduciendo un poema de mi libro Donde nunca hubo ángeles (Visor, Madrid, 2003) que escribí al calor de algunas de nuestras memorables discusiones, creo que después de aquella de Priego, un día de julio, que me has recordado en estos días duros de las despedidas. A ti te lo dedico por ese merecido premio:

DISCUTIR DE POESÍA. 3

Discutir de poesía ¿no es tantear la médula
del llanto y del silencio y del idioma
despojado del sueño? ¿no es buscar
azogues y disturbios
que son sabiduría y son incertidumbre y tierra
tan familiar como ignorada?

¿No es, acaso, mostrar la carencia, la despojada luz,
un sentido que sirva
no a los dueños del mundo, sí a las sombras
proscritas al silencio o condenadas
al uso de una voz extraña y sometida?

¿A qué negar su condición de ensalmo fronterizo?
¿A qué su vocación de pócima
que nace en la realidad y la destruye
para vivir en ella, transformada?

En la más vieja sílaba
respira la orfandad del mundo.

¿Dónde poner el límite a la voz? ¿Cómo desposeerla
del espanto y la ruina, de la virtud dudosa
que desconoce el aire y desoye la queja
y se ampara en exactas
geometrías de engañosos vocablos?