domingo, 29 de noviembre de 2009

Palabras para José Viñals / El tiempo en los objetos

Para José Viñals, in memoriam
Palabras para José Viñals

José Viñals perdió la batalla contra la enfermedad. Vaya otoño que llevamos. Anteanoche recibí la noticia y no pude evitar un vacío extraño en la boca del estómago. Recordé de inmediato a Diego Jesús Jiménez y su marcha inesperada y recobré momentos de una amistad firme, casi siempre en la lejanía, cultivada a lo largo de más de quince años. Fue en 1995, en una de sus visitas a Madrid desde el Jaén que acabó por convertirse en su pequeña patria dentro de la patria universal del idioma (él, argentino de Corralito, Córdoba, era un eterno exiliado de los países y de las ciudades, un gran amigo de los pueblos, un grandísimo poeta), cuando lo conocí. Buscaba editorial de ámbito estatal para sus libros, buscaba reconocimiento, buscaba la proyección nacional que su poesía, su narrativa, sin duda alguna, merecían.
En aquellos años fue creciendo, a su alrededor, una constelación de jóvenes poetas que fueron trabajando por abrir paso a una obra caudalosa y brillante, que bebía en el surrealismo y las vanguardias, en la que había toneladas de sensualidad, y un trasfondo de tristeza, de conciencia de desterrado de la que nunca se liberó. Juan Carlos Mestre, José Ángel Cilleruelo, Lupe Grande, Jorge Riechmann,  Yolanda Soler, Juan Manuel Molina Damiani, José María Parreño...  Hoy recuerdo las largas conversaciones de aquellos días en un Madrid que no fue tan hospitalario como él esperaba, en el que vivió por un tiempo para terminar abandonándolo buscando mejores horizontes en Málaga primero, en Valencia después para, al final, retornar a Jaén. En 2000 obtuvo el premio Jaime Gil de Biedma con un libro intenso, Transustanciaciones y entre sus títulos (escribo de memoria) cabe destacar, en poesía, Milagro a milagro, Animales, amores, parajes y blasfemias y Elogio de la miniatura. La última vez que lo vi en Madrid fue hace tres años, con motivo de la presentación, en el Círculo, de He amado. Lo encontramos delicado de salud, pero ilusionado, hondamente comprometido con la poesía. Y con la narrativa. Lo digo porque escribió tres libros en prosa en los que no dudo en vislumbrar una voz equiparable a la de Juan Rulfo: los libros de relatos Miel de avispa y Ojo alegre y viejísimo (un buen homenaje a José sería publicar ambos en un volumen de "cuentos completos") y la novela, con una capacidad perturbadora difícilmente igualable, titulada Padreoscuro. Descansa en paz, José. A los que quedan aquí, sobre todo a Martha (maravillosa e inigualable tejedora de tapices), a Irene y a Andrea, a Gabriel, a Yolanda y a Celia, mi solidaridad, mi cercanía. Nuestra solidaridad y nuestra cercanía y nuestro calor.
Un breve poema de José (de Elogio de la miniatura):

"Nadie responde por mi nombre: yo me he ido. Lo que queda de mí es un polvillo ceniciento que cabe en una urna".
Y una obra poética singular, irrepetible, extraña, acogedora.

El tiempo en los objetos

Planchas de hierro, máquinas de coser (Singer, Sigma....), pequeñas y arcaicas básculas, cajas metálicas de membrillo y de otros productos, pesas y medidas, radios de galena y  aparatos de radio enormes de los años cincuenta y sesenta, maletas, arcones, cestas, cadenas oxidadas, banquetas, transitores primitivos, baúles, picadores de carne, frascos diversos, teléfonos, cananas de la guerra civil, tijeras oxidadas, pinzas, viejas monturas de gafas, viejas balas, cacharras de leche, antiguas botellas de gaseosa... Todos esos objetos, que parecen extraidos del universo rural y remoto al que tantas veces se refirió Viñals en sus poemas y en sus cuentos, y en los que alienta (o duerme) la vida de otro tiempo, pude contemplarlos, junto a otros muchos, hace poco más de una semana, durante la mañana de nubes y claros del sábado de noviembre, en dos lugares que sólo conocía de paso y a los que distintas circunstancias nos llevaron a E. y a mí.

El primero es el llamado centro de recursos ambientales de Garganta de los Montes, en la pedanía de El Cuadrón, en pleno valle del Lozoya. Allí, en lo que hace algunos años fuera sala de exposiciones, podemos ver ahora algo muy parecido a un museo etnográfico de la comarca. Los viejos del lugar, las familias más añosas de los pueblos del valle, han ido dejando allí algunos de los objetos que durante muchos años formaron parte de su vida cotidiana en un valle poco accesible hasta bien avanzada la década de los sesenta, al que las carreteras (si así podían llamarse) llegaban difícilmente y en el que la existencia se desarrollaba en íntima comuníón con la naturaleza.

Al pasear la mirada por aquellos objetos, muchos de ellos muy familiares por haberlos visto, en los veranos de mi infancia, en un remoto pueblo de Soria, no pude evitar pensar en el enorme acarreo de sueños, decepciones, esperanzas, gozo y sufrimiento, que podían albergarse en todos y cada uno de ellos. Son, cierto, seres inertes, hechos de madera o metal, o de otros materiales procedentes de la naturaleza. Pero llenaron de sentido las horas de cada jornada dentro de aquellas casas de adobe y piedra, de bajísimos techos y ventanucos (salvaguardas contra el frío de la montaña) que hasta mediados del siglo XX conformaron la arquitectura popular de esa sierra. No sólo desde el punto de vista individual, o familiar. Dieron sentido al mundo cotidiano compartido por toda una sociedad: la sociedad rural, un universo que hasta hace muy pocos años vivía casi aislado, protegido por la cadena de montañas que, desde La Morcuera al Mondalindo, constituye la barrera sur del valle.
El segundo "museo", infinitamente más completo y diverso, se encuentra en un lugar soprendente, extraño: el estanco de Lozoyuela, un viejo establecimiento situado en el centro del pueblo, en el que su propietario guarda un riquísimo y proteico legado familiar apiñado en las más variadas estanterías: junto a una colección de viejas máquinas fotográficas, vive otra de teléfonos cuyos más antiguos ejemplares proceden de los años de nuestra Guerra Civil. Además, aperos de labranza, soportes para fotografías, llaveros, balas, cartucheras, cascos, gorras militares utilizadas en el frente de Somosierra, no lejos del pueblo donde se encuentra el estanco...   Si alguna vez cualquiera de los lectores que recala en este blog pasa por el pueblo madrileño de Lozoyuela, no deje de lado el estanco. Aunque no fume, debe de entrar a comprar, por ejemplo, un paquete de chicle, perfecta excusa para llenar la imaginación con los centenares de objetos que conviven con el estanquero, con las diversas marcas de tabaco, con pequeños materiales de papelería.



Más de una vez, cuando viajo por las estrechas carreteras que surcan comarcas remotas de nuestra geografía, incluso por las zonas menos pobladas de la sierra norte de Madrid, o de la Tejera Negra, al norte de Guadalajara, suelo pensar en los vestigios de otro tiempo que, en forma de objetos cotidianos y utensilios de todo género, duermen detrás de las ventanas cerradas de las casas abandonadas que parecen hacer guardia junto a la carretera, o en los antiguos edificios de los pueblos semivacíos. Palanganas o jofainas, cántaros, botijos, baldes, cuchillos, cucharas, cordeles, peones y peonzas, espejos con marcos de bronce o de hierro forjado.... Los símbolos de un mundo desaparecido que sólo la sensibilidad de quien quiera recuperarlos para el presente  trasladándolos a una vivienda de hoy como objetos decorativos, quizá en una lejana ciudad, o de quien decida resucitarlos con la palabra a través del poema o del relato, puede concederles una nueva y diferente existencia. O de una entrada de blog en homenaje a un poeta que, como José Viñals, nos ha dejado algo más huérfanos.

sábado, 21 de noviembre de 2009

El primer libro: rastros de dos momentos inolvidables

En los últimos años he leído innumerables manuscritos. De poesía, también de novela y algún que otro ensayo. Los que más me han conmovido, siempre, han sido los de aquellos escritores (poetas o narradores) que ponían, directamente o con la mediación de una editorial (hablo de Bartleby Editores, con la que colaboro desde hace más de una década), en mis manos su primer libro. El depósito de ilusiones, de sueños, de miedos e incertidumbres que el autor entrega a quien, conferido de una rara autoridad (moral, editorial, literaria), recibe el manuscrito va más allá del texto que en él se contiene. El manuscrito del primer libro es una especie de recipiente donde vive un ser humano que se ha lanzado al juicio de los demás “casi desnudo, como los hijos de la mar”, que diría Machado.
Con ese acto, se inicia un proceso que sólo en ocasiones muy contadas culmina con éxito. Es decir, se traduce en un libro editado. Ante cada manuscrito de un poeta que se estrena suelo viajar con la memoria a mi experiencia de escritor primerizo que, al fin, encontró editor. Sí: porque todos fuimos escritores de un primer libro de igual modo que hemos sido protagonistas del primer amor, de la primera huida, del primer engaño...



Era un día de septiembre de 1980. Han pasado casi ¡¡30 años!! Era un libro de poesía en el que había depositado todas las expectativas del mundo, un libro que no he reeditado y que curiosamente, mantengo en stand by hasta tener tiempo y ánimo para revisarlo en profundidad y corregirlo: su título, Poco importa romper con las alondras . Recuerdo con viveza mi entrada en el sótano de Cruz Verde, la calle paralela a San Bernardo, no lejos de donde se instalaría durante años la Asamblea de Madrid y cerca de la mítica librería Fuentetaja, entonces gestionada por el no menos mítico Jesús Ayuso, donde tenía su sede Endymion. Allí,  rodeado de gatos -la editorial y su almacén eran asilo y hospital de cuanto felino encontraba Jesús en la calle-, trabajaba, casi vivía, el entrañable Jesús Moya, mi primer editor,  mi EDITOR. No estaba. Un ayudante me entregó el libro (no recuerdo cuántos ejemplares, quizá media docena), me dijo que Jesús me esperaba, para tomar un café y celebrar la novedad en su despacho del ICONA (entonces, mi editor era funcionario, sueldo del que esencialmente vivía, la editorial era una heroicidad como tantas de la época). Cogí los ejemplares y, con ellos bajo el brazo, salí a la calle dominado por una euforia irracional. Me dirigí a la estación de metro de San Bernardo combinando la relectura compulsiva y la atención al firme de la calle.


Jesús Ayuso
Casi de milagro, me vi sentado en uno de los bancos del andén con el libro abierto entre mis manos.  "Al fin puedo considerarme poeta: ya tengo libro", me dije. Olí sus páginas, las examiné de arriba abajo, de abajo arriba e inexplicablemente, encontré algunas erratas que, de inmediato, considerá pequeños dramas, agresiones contra la integridad de aquella gavilla de poemas que habría de probarme ante el mundo literario. Observé la portada, la miniatura de un magnífico grabado de Arcadio Blasco Cuando llegó el convoy, entré en uno de sus vagones sin abandonar aquella atención hacia el libro. Y seguí releyendo. Los poemas cobraban un sentido distinto al que tenían antes de mostrarse paginados y en letras de imprenta. Pensé en mi pade, muerto un año antes, que no conocería el libro, que se fue de este mundo dudando de la virtualidad de mis sueños literarios,  pensé en las interminables noches en vela en que había soñado con aquel pequeño volumen de poemas. Hice transbordo en Ópera y cuando salí del metro en Puerta de Toledo casi corrí hacia la sede de ICONA en busca del autor de aquel milagro. Aquel café con Jesús Moya cerca de aquel edificio de granito que aún sobrevive mirando de frente a la vieja Puerta de Toledo, fue la primera y última celebración de la novedad.
Con aquel poemario, casi nunca aludido en mis notas biográficas, mantengo una deuda: su corrección y reedición. ¿Llegaré a hacerlo?
 
Como si se tratara, otra vez de mi primer libro: así recibí, en una nave industrial perdida en medio del polígono Cobo Calleja, de Móstoles, el primer ejemplar de Mar de octubre, mi primera novela. Aunque la editorial Fundamentos tenía (tiene) su sede en Madrid, en la calle Caracas, muy cerca de Fernández de la Hoz, donde estaba entonces el edificio central de Comisiones Obreras, yo no pude esperar a que llegaran allí los ejemplares. Por eso, pregunté a Juan Serraller, su director y propietario, qué imprenta lo había editado, en qué almacenes se encontraba. h dio la dirección, cogí mi conche y salí de Madrid, carretera de Extremadura adelante, hacia la ciudad de Móstoles, un nucleo residencial hijo del desarrollismo franquista al que rodeaban extensos polígonos industriales. Allí, en los alrededores de Móstoles, en aquel polígono industrial bañado por la luz agrisada del atardecer, estaban la imprenta y el almacén con que trabajaba Fundamentos. Era en diciembre de 1989 y aunque tres años antes había publicado un nuevo libro de poemas, El vuelo liberado, tenía la sensación  de que aquella novela era mi primer libro "en serio", un libro "de verdad". Más de 200 páginas, una historia con un extraño crimen como telón de fondo, la vuelta a los paisajes costeros de los veranos de mi pubertad.... Recuerdo mi regreso a casa conduciendo el Citröen Visa que me acompañaría durante largos años, deteniéndome de vez en cuando para contemplar la portada desde distintas perspectivas, para releer el comienzo del relato, para contemplar mi foto en blanco y negro en la solapa. Era  un nuevo milagro. El que convertía tres años de trabajo, de incierto trabajo en un objeto maravilloso. Nunca olvidaré el tacto del papel, un tanto rugoso y de tono ahuesado, ni el tipo de letra, una Garamond de cuerpo 12 que invitaba a la lectura, ni la ilustración, que no sé de donde se sacó el diseñador, en la que aparecía una mujer muerta con un pueblo de pescadores al fondo y que recordaba la maravillosa novela de García Hortelano, Tormenta de verano. Fue una experiencia casi mágica cuyos efectos no culminarían hasta que un mes después compartí mesa y presentación con Jorge Martínez Reverte en la recién nacida bilbioteca regional de Madrid en la calle Azcona. 
 
Son dos recuerdos imborrables. Dos momentos irrepetibles. Que, curiosamente, vuelven a mi memoria con la intensidad de lo que nunca ha de olvidarse cada vez que un joven poeta, una incipiente narradora ilusionada o un escritor maduro, tardío e inédito me entrega su manuscrito. En la era de Internet, en el universo del blog y de las redes sociales, las decenas de jóvenes escritores inéditos que conozco viven con la misma zozobra, con una carga de ilusión inmensa, el momento mágico. El de recibir, en sus manos, ya editado, el primer libro. En papel, por supuesto. Quizá el sueño más deseado y que más difícilmente se cumple..


Cerámica de Arcadio Blasco

sábado, 14 de noviembre de 2009

Instantáneas: mi mirada hacia Delhi en cuatro tiempos

I
La imagen de cabecera que desde hace dos días abre el blog refleja los muros y arcos de la fachada exterior de la destruida mezquita Qwwat-ul-Islam, construida por Qutb-ud-din-Aybak, primer goberanante de la dinastía de los esclavos, en 1190. Forma parte del llamado complejo Qutb, un conjunto de edificios y monumentos situado en la ciudad de Delhi denominado Qutb Minar, que está considerado, desde 1993, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Recién llegado a Delhi, lunes 9 de noviembre de calor tendente a la tormenta (que, por supuesto, no se desató), paseé buena parte de la "nueva ciudad" guiado por la jefa de estudios del Instituto Cervantes, Ana  Reguillo. Fue un recorrido un poco a contrarreloj (el tiempo era limitadísimo, apenas dos días más tarde, a primera hora, debía volver a Madrid), pero fructífero: visité lo esencial de Delhi. No sólo la mezquita y el perturbador (y mágico) conjunto de edificios que la rodean, incluido su minarete de piedra roja, sino la tumba de Humayun, paradigma de la arquitectura mogol, la Puerta de la India, un monumento del siglo XX dedicado a los caídos indios en la Primera Guerra Mundial o la mezquita sij Bangra Sahib, una maravilla de fachadas blancas y cúpulas doradas en cuyo interior tuve que cubrirme (con un viejo pañuelo rojo que debió utilizar para lo mismo una multitud, puesto que una vez usado se depositaba en un recipiente a la entrada para que los nuevos visitantes entraran, también, cubiertos) y descalzarme no sólo de zapatos, también de calcetines. Hasta aquí, la vertiente turísitica (por llamarlo de alguna manera) del viaje.

Después, a primera hora de la tarde, fue otro paseo: visitar alguna de las calles de la ciudad nueva, observar a la gente en plenas labores cotidianas, ya fuera en el barrido de las pocas aceras existentes ya fuera en plena siesta en cualquiera de los jardines que rodean, en esa zona de Delhi, las grandes y lujosas residencias de ciertas autoridades gubernamentales o de grandes empresarios privados. Nueva Delhi cubierta de densas arboledas, casi bosques, de amplísimas avenidas y de  nuevas e impecables arquitecturas que conviven con las levantadas durante el dominio (¿protectorado?) colonial británico. Es en el alejamiento de las rutas del turismo, en la inmersión en el mundo donde la ciudad (también la vieja) vive, donde uno recibe la más fidedigna noticia de un mundo sumergido... no en el agua, sino en la miseria, entre desperdicios. Nueva Delhi de  coches lujosos y coches de mediana gama y de coches humildes, desvencijados, en los que se mira el siglo XXI con mirada, todavía, del siglo XX --o del XIX, añado--; Nueva Delhi de diplomáticos y ejectutivos y tecnólogos, esa minoría absoluta que vive en una campana de cristal, de seguridad y de servicio, y Nueva Delhi de niños pidiendo, de viejos derribados en medio de la calle, de jóvenes deambulando entre las basuras.

II
Observad la fotografía bajo estas líneas.
La tomé ese mismo lunes, en una tienda/taller de restauración y venta de antigüedades al que me llevó mi "guía" en uno de los recesos de la tournè monumental. No olvidaré nunca el frescor que, un reverso casi inverosímil del calor de la calle, nos envolvió. Tampoco la mezcla de olores, una amalgama de barnices, hierbas medicinales, maderas de oriente y té, que nos acompañaron. Recorrimos el establecimiento, sumergido en un claroscuro acentuado por la tonalidad apenumbrada de lo antiguo, y observamos los viejos muebles, los jarrones, los cuadros y grabados de siglos anteriores, como si en ellos respiraran nuestros ancestros. Casi al fondo del local, cuando era visible el muro donde la tienda acababa, los vi. Y tomé la fotografía: tres artesanos trabajan, con una paciencia infinita, en la restauración de una vieja puerta (no sé si de un gran armario o de una casa). La fotografía, perdóneseme la inmodestia, está lograda. Tiene algo de pintura decimonónica, de óleo tamizado por una luz vencida e interior.
Ese lugar, donde unos hombres acostumbrados a tratar con las más ancestrales maderas ejercen su oficio y su sabiduría, es una de las islas en las que la India olvida una realidad dura en la que millones de seres humanos sobreviven a duras penas, se funden con un medio hostil, conviven con una naturaleza a veces exhuberante y a veces huera.

III
Sólo he permanecido tres días en la ciudad. He respirado los mil olores de un país mestizo, he contemplado los distintos espacios donde una ciudad de más de veinte millones de habitantes muestra sus abismos sociales, sus distintas realidades. Cierto que en tan corto espacio de tiempo, la visión que se puede tener de una ciudad de tales dimensiones es muy limitada. Pero sí me ha permitido, creo, captar la esencia, que no es otra que la convivencia de la opulencia más extrema con una pobreza y un hacinamiento difíciles de imaginar.
La fotografía de arriba está tomada no lejos de la sede del Cervantes. Un cartel de Telecom, tiendas abolidas y, enfrente, un montón de arena, otro de ladrillos, y una mujer y su hijo. Viven aquí, me dijo mi acompañante. Toda la familia, cuando el padre es contratado, se desplaza de alguna provincia, o de una ciudad de la periferia de Delhi y vive al lado de la zanja, o junto a los ladrillos, es decir, pasan a formar parte de ese paisaje roto, siempre inacabado, de las obras públicas con poco impulso público. Escenas como ésa, incluso más expresivas del abismo, habría de contemplarlas dos días más tarde, en la noche de la víspera del retorno, cuando, en compañía de Óscar Pujol, director del Crevantes de Delhi, nos internamos en las calles enrevesadas del Viejo Delhi. Es una ciudad que parece rendida a la decadencia. Una ciudad en la que sus edificios hablan de un esplendor antiguo (incluso los carteles visibles en los viejos escaparates anunciando negocios muertos, oficios desaparecidos de esa zona de la ciudad: "libros de medicina", "joyería", "librería") en la que vive una multitud en movimiento conviviendo con perros, con vacas esqueléticas, con carruajes inutilizados bajo un cielo sucio y bajo un universo de cables enlazados caóticamente, tendidos de una fachada a otra de las calles, colgando de los escasos balcones o de los canalones de las techumbres como amenazas o como polvorientas imágenes nacidas de algún cuadro de Viola. Familias enteras sentadas a la intemperie, comerciantes de alfombras, de ropas a precios de rupia, artesanos, niños de pedir, alguna mujer oculta bajo un buka o de recogida (el predominio de los hombres, al menos al anochecer, es absoluto en el Delhi viejo). Me vinieron a la memoria las medinas de Fez o Marrakech, pero tuve la certeza de que cuanto veía multiplicaba por diez, o por cien, las carencias observadas en la vida cotidiana de aquellos inmensos mercados marroquíes. En el ambiente, olía a incienso, a fritanga, a especias, a sudor, a humo de tabaco o de lo que fuera, y en las zonas no asfaltadas, había pequeños charcos oscuros, aguas residuales y un universo de basuras diversas (papeles, viejos envoltorios, cáscaras de naranja o de plátano, botellas rotas). Algo después de las nueve, cuando la noche caía sobre el viejo Delhi, decidimos volver al nuevo, al otro lado del contraste. Caminamos por una zona de soportales hacia donde nos aguardaban los coches. A un lado y a otro de nosotros, bajo los soportales, dormía una multitud de hombres (no había mujeres) tumbados en el suelo embutidos en ropas humildes, casi miserables, que parecían las mismas que alguna vez habíamos podido contemplar en viejos grabados de la Edad Media o del tiempo en que comenzaron a edificar el minarete de Qutb, allá en el siglo XII.

IV
Cuando regresamos al nuevo Delhi, mientras el taxi sorteaba hombres en bicicleta, pequeños taxis/motocarro pintados de amarillo y verde, motoristas apresurados y viandantes que nos miraban con la extraña lejanía de los indiferentes, yo pensaba en la literatura y en mis obsesiones. Pensaba que junto a hombres tumbados en el suelo, quién sabe si enfermos o dormidos, detrás de las familias hacinadas junto a una acera, más allá de las decenas de pobres que recibían un plato de sopa en la puerta de una mezquita, podían verse, a través de las ventanas de algunas casas miserables, enormes pantallas de plasma por las que asomaba una multitud de canales procedentes de los más diversos países (también de los más poderosos, de los de mejor nivel de vida) mostrando el bienestar inalcanzable. Desde hace años, no pocos críticos nos vienen diciendo que la literatura crítica dejó de tener sentido, que ahora se lleva lo fragmentario, lo postmoderno, si es posible infectado de sellos comerciales (alguien me contó, no hace mucho, que en unas jornadas celebradas en Sevilla, Fernández Mallo le dijo que ahora no tiene sentido decir "encendió un cigarrillo¨", que hay que decir "encendió un Marlboro", o la marca que sea). Yo miraba a través de la ventanilla del taxi hacia aquellos seres tendidos en las aceras, o tirando de carros del mismo modo que tiraban sus antepasados del siglo XIV, o XV, pensaba en los niños que, en uno de los mercadillos que había visitado a mediodía, me rodearon como en enejambre para que les diera una moneda, o un caramelo, o algo, y me preguntaba en qué tinta había bebida la pluma que alguna vez firmó el certificado de defunicón de la literatura crítica, reflexiva, orientada a entender el mundo y a ayudar a cambiarlo.

Pero pensé que pronto estaría en España, volvería en una cómoda aeronave a mi lugar de origen y podría seguir pensando cómodamente en el fin de la Historia de Fukuyama. No hay alternativa, nos dijo. La realidad no puede cambiarse. Menos aún, me dije, con la poesía o con la novela. Sin embargo, sí hay un sistema que no es fragmentario pese a las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación: el que permite la existencia de la miseria y condena a tres cuartas partes de la Humanidad a renunciar a cualquier horizonte de realización personal. O vital, simplemente.

Cierro esta entrada con una imagen algo más apacible: las columnas de la mezquita de Qutb. Columnas extrañas, el reverso de nuestras columnas románicas, o góticas, de los monasterios. Emergen de entre las ruinas de la vieja mezquita como homenajes a la capacidad de creación de los hombres. Como desafíos creativos a la ignominia de un mundo desigual, injusto.


sábado, 7 de noviembre de 2009

Mi lectura de Terenci Moix

En el centro cultural Blanquerna de Madrid y en el marco de una exposición homenaje en memoria de Terenci Moix comisariada por el polifacético Ignasi Riera, tuve, el pasado día 3, la oportunidad de hablar de su obra. Compartían la mesa conmigo Boris Izaguirre y Pedro Manuel Villora, que se extendieron, ante todo, en la experiencia que vivieron junto a él y en una visión de su literatura relacionada con el sentido de su vida cotidiana (con anécdotas de todo orden, divertidas casi todas). Yo hablé, sobre todo, de su obra desde un punto de vista más literario y existencial. No lo conocí ni tuve relación personal alguna con él, pero en una etapa de mi vida algunos de sus libros fueron compañeros tenaces en mis viajes en autobús y metro, me conmovieron profundamente. Por eso, hablé de su obra con el convencimiento de que Terenci es  uno de los grandes escritores españoles de la generación del 68 a los que el canon, la crítica más academicista, el mundo universitario y los historiadores de nuestra literatura no le han hecho justicia.


Descubrí su narrativa a principios de los ochenta (es decir, tarde) cuando llegó a mis manos una edición, en castellano, de su primera y juvenil novela, Olas sobre una roca desierta y, sobre todo, cuando meses más tarde y debido a mi experiencia de lectura de Olas (una novela de formación, de descubrimiento en la que Terenci, transmutado en Oliveri, un "niño bien" de la época, recorre Europa y envía cartas a un interlucutor imaginario en las que relata su experiencia, que no es sino una búsqueda de sí mismo por el camino de la incertidumbre, del gozo ... y, quizá, quizá, de la locura), busqué afanosamente la novela que afirmó su trayectoria como escritor, El día (en) que murió Marilyn. Confieso que busqué ese libro por una razón adicional: siempre me ha fascinado reflexionar acerca de lo que ocurría en mi vida cotidiana en momentos especialmente trascendentes para la historia. La llegada de Eisenhower a España, el 23-F, el asesinato de J. F. Kennedy, el golpe de Pinochet, la muerte de Franco o de Carrero Blanco, el atentado contra el World Trade Center el 11-S, han sido momentos históricos que han marcado mi vida. Y siempre he intentado mantener fresco en la memoria el modo en que viví la experiencia: dónde estaba, qué leía en aquella época, cómo amaba, que barrios frecuentaba, cómo era el microcosmos en que me movía. Uno de esos momentos, cuando apenas había traspasado mi primera década de vida y aún no me había asomado a la adolescencia, fue el día de la muerte de Marilyn Monroe, en 1962. La muerte de la actriz me pareció extraña, en contra de la lógica, me puso, a mis diez años, ante una injusticia abismal y existencial. Pero cuando, años después, intenté recordar qué hacía yo entonces, donde estaba el día en que murió Marilyn, cuáles eran mis sueños, en mi mente sólo se dibujaba una nebulosa. Por eso, cuando a principios de los 80 supe que Terenci Moix había escrito la novela arriba citada, sentí la necesidad de sumergirme en ella, de vivir con sus personajes. Como si en ella fuera a encontrar mis propias vivencias en ese día que había olvidado.

Al hacerlo no me sentí decepcionado sino al contrario. La infancia y la adolescencia, con sus gozos, sus miedos, sus incertidumbres; la Barcelona de los años cuarenta y cincuenta, la magia del cine, la vida cotidiana en los hogares, la sexualidad oculta y condenada, el amor extraconyugal, las frustraciones, los tebeos, las fiestas que se clavan en la memoria, comenzando por la de los Reyes Magos (memorable la descripción de la cabalgata, del tiempo navideño desde la mirada de Bruno, el protagonista), los mitos del cine y de la literatura, la soledad de la infancia, la educación en los colegios religiosos y, sobre todo, la evolución y el desarrollo de una Barcelona que, pese a todo, mantenía su vitalidad bajo el franquismo: todo ello respira en la novela y la dota de sentido.


La muerte de Marilyn significó para la generación de Terenci el descubrimiento de que los mitos también podían dejarnos, de que eran vulnerables y que, quizá por eso, eran mitos. A partir de entonces, fui un devoto lector de su obra narrativa. Mejor dicho: de aquella que tenía a Barcelona y a su memoria perosnal como protagonistas esenciales (no de la ambientada en el Antiguo Egipto) del relato. Así, gocé, como si de una prolongación de El día... se tratara de los tres volúmenes que conforman su autobiografía titulada El peso de la paja (El cine de los sábados, El beso de Peter Pan y Extraño en el paraíso). Y en mi imaginación creció una Barcelona que se fundía con la leída en Eduardo Mendoza, en Juan Marsé o en Manolo Vázquez Montalbán, una Barcelona hecha literatura, una Barcelona a la que no he dejado de buscar paseando por sus calles cada vez que he viajado allí. Leamos a Terenci. Sobre todo, a ese Terenci próximo, cercano, tan irreverente como romántico, que tanto nos habla de nosotros mismos.

jueves, 5 de noviembre de 2009

"Aire Nuestro"... y también de Manolo Vilas

Conocí a Manolo Vilas hace nueve años. Fue a raíz de la publicación, en Babelia, de una crítica (creo que elogiosa) a su libro El cielo. Creo recordar que me escribió una nota, que luego hablamos por teléfono y que, al poco tiempo, pudimos encontrarnos en su ciudad, Zaragoza. Después, he tenido la oportunidad de encontrarme con él y con María Ángeles Naval, su compañera, en diversas ocasiones (recuerdo con especial emoción un día pasado en Biescas, una localidad del Pirineo oscense en la que nos llevó a probar los mejores calamares de España en uno de sus bares-restaurante) y de hablar de poesía, de novela, del mundo literario y editorial y de sus sevicias. También de la vida del profesor y de su actitud ante los alumnos (no he hablado con él de su blog, pero alguna vez lo haré y no de forma totalmente elogiosa). Después, hablé en la radio de algunos de sus libros posteriores, sobre todo de su poemario Calor y de sus libros narrativos Magia y España. 


Hace apenas una semana me llegó Aire Nuestro su última novela, aparecida al fin, tal y como merecía su autor, en Alfaguara. He de decir que me llegó un par de días después de mi intento frustrado de leer Nocilla Lab, de Agustín Fernández Mallo. Por eso, no he podido evitar, al leer Aire Nuestro, establecer comparaciones con la tercera entrega de la "serie nocilla". En la novela de Vilas respira, ríe, ironiza, se emociona y nos emociona el mejor Manuel Vilas. El libro prolonga sus poemas y prolonga sus anteriores obras narrativas y prolonga y enriquece su obra bloguística. Si bien tiene una estructura basada en la visión fragmentaria de su peculiar mundo, su estructura es la de un imaginario televisor con múltiples canales Por ese televisor pasa la vida. Nuestra vida. En las parrillas de sus distintos canales vive Z, la Zaragoza amada y odiada a la vez, el microcosmos donde la obra toda de Vilas tiene hondas raíces. Es decir, tal y como hicieran los grandes narradores que en la literatura universal han sido, parte de lo particcular, de lo cercano y vivido y sentido para acceder a lo universal (el condado de Jefferson de Faulkner es la base por la que accede al mundo, así como el Dublín de Joyce o la Barcelona de Marsé son los cimientos del ascenso a la condición humana global de ambos autores). Las raíces de las que parte son sólidas, reconocibles y están fecundadas en su libro de cuentos Z, en Magia,  en  España y en buena parte de sus poemas.  Esa es la diferencia, a mi juicio esencial, con Nocilla Lab, que evoluciona al contrario: Mallo se zambulle en el cosmopolitismo sin partir de una realidad arraigada, sentimentalmente poderosa, en la que las emociones del escritor conecten con los imaginarios de la memoria del lector. La prosa irreverente, irónica, cargada de giros imprevisibles, de Vilas, que transita de lo íntimo a lo colectivo, del referente cultural al más vulgar y prosaico referente, ayuda al lector a penetrar en un mundo en el que los iconos de época conviven con seres humanos de carne y hueso en los que los sentimientos juegan un papel esencial.
   
El libro tiene mucho de caleidoscopio, incorpora imágenes para dar una sensación de collage (las imágenes, a mi juicio, apenas añaden nada: lo esencial es el texto), pero es ante todo el intento, culminado con éxito, de mostrarnos la complejidad de un mundo vivo, cargado de emociones, en el que de manera simultánea viven la cultural popular y la cultura más sofisticada, en el que el académico Dámaso Alonso es vecino de un Johnny Cash que recorre España en un Dodge rojo, una España en el borde del surrealismo y a la vez de un realismo perturbador. Aire Nuestro está lleno de personajes conocidos que son desdibujados y dotados de significados nuevos, en apariencia contradictorios con la naturaleza de su personalidad real, pero que, curiosamente, la hacen más transparente a través de una mirada crítica, casi corrosiva. Modas que han (hemos) vivido distintas generaciones, poetas indiscutibles e indiscutidos, personajes de la Monarquía y toda la mitología popular de quien, como Vilas, fue niño en los 60-primeros 70, joven en los 80 y adulto y consciente en los 90, una mitología hecha de objetos, costumbres, experiencias familiares y de vida periférica, menesterosa (la figura del padre, a la que trata con ternura en el filo de la muerte, es especialmente emotiva). Aire Nuestro es un libro hermoso, con el que uno se divierte, pero también reflexiona y medita, se emociona y evoca su propia historia y la historia colectiva, que tiene sustancia, hondura crítica, que habla de nosotros (y lo hace no en lo capilar y superficial, sino en lo más hondo y contradictorio). La televisión textual creada por Vilas en esta novela es, también, un desafío crítico, mordaz, a la televisión real.
 
En la solapa del libro se afirma que el de Vilas es un modo de narrar "del siglo XXI". No creo que sea así. Es el mismo modo de narrar que el propio Vilas utiliza en sus novelas anteriores. La diferencia estriba en que en Aire Nuestro eleva las dosis de ingredientes estructurales, ordenadores de la novela, procedentes de ese medio de comunicación (también de Internet), además de las imágenes. Pero no hay más que acudir a las vanguardias (de entreguerras, de los 60 y la contracultura,  del Nouveau roman) o a Cortázar, o a Pynchon, entre otros muchos, para darnos cuenta de que ese modo de narrar es novedad sólo muy parcialmente.  (¿No es el Quijote, en sus dos entregas, un caleidoscopio de más de mil páginas?). Enhorabuena, Manolo.

domingo, 1 de noviembre de 2009

La cocina del poeta: dos poemas de "Ciudad adentro"

Escribir un poema es un proceso complejo. En mi caso es, además, un proceso largo. Hace algunas entradas, conté que había terminado un poemario en el que venía trabajando a lo largo de diez años. Que, en él había poemas cuyo primer verso lo escribí en 2000, incluso en 1999. Hace unos días estuve revisando los textos, apuntes y correcciones con la decisión de guardarlos, algo que nunca hice con los papeles que dieron lugar a otros libros. Al revisarlos, he sentido que estaba ante extrañas criaturas que fueron creciendo lentamente, hasta cobrar la forma definitiva. Pura "obra en marcha" que tiene en el poema una materia viva que evoluciona de modo imprevisible, que tiene un sistema misterioso de crecer, como si lo hiciera orgánicamente. He seleccionado, para mostrarlos a amigos y lectores, dos poemas del libro que titulo provisionalmente Ciudad adentro. Mostraré la "cocina", para lo cual he escaneado, en cada caso, el folio en el que se recoge la radiografía del proceso, las correcciones que he ido acumulando durante años, es decir: un ser vivo buscándose. A continuación podréis leer el poema terminado.

El primero pertenece a la tercera parte del libro, compuesta de poemas de amor. Es un texto evocativo, en el que respira mi memoria del amor primero, un tiempo extraño de descubrimientos y de sentimientos contradictorios. Ved la "cocina", las correcciones, y ved el poema en su versión última.

EL AMOR COMO PÁJARO y distancia.
También como tibieza y cercanía, como abrigo de paño
o blusa de franela. Como rincón oscuro
y cuaderno olvidado
en ocultos refugios de montaña.

El amor construido de habitaciones sólo
conocidas de paso, como huellas
de un tiempo muy extraño, fugitivo en exceso.
El amor como ventana, como alféizar
que sujeta la noche, que explica adolescencias,
que amarga a veces o se endulza
con dudosos azúcares.

El amor de humedades y de sedas
y cremalleras torpes y manos inexpertas
en barrios tan limítrofes
como tu propia estirpe, originaria
de la ciudad más rota y de los estraperlos.

El segundo poema nació de una doble conciencia: la que acompaña mi condición de hijo de una familia humilde, en cuyo hogar no había libros (o sólo alguno básico, de consulta) y en el que términos como literatura o poesía eran tan extraños como los nombres de países remotos como Nueva Zelanda o Tailandia. El poema habla del acceso tardío a determinadas lecturas. Habla también de las lecturas que jamás podré realizar, de los libros que quedan en las estanterías en una eterna espera: la vida es limitada, nuestro tiempo libre también. Y, por último, intenta un acercamiento al sentido último de la lectura. Un poema de reflexión que va en la cuarta parte del libro. Veamos su antecedente, su "cocina", y leamos el producto final.


LAS LECTURAS descubiertas, a veces,
demasiado a destiempo, quizá con la tardanza
del condenado.

Las lecturas que nunca serán mías,
que cubrirá la muerte con la gasa
de la imposibilidad. Las lecturas
que quedarán a medias como testigos mudos
de una impotencia antigua. Las lecturas
que barrieron las sombras,
que ocuparon las calles y las noches.

Las lecturas que arañaron la piel de la pequeña patria
del corazón, del río tantas veces soñado.
Las lecturas que hablaban
de unos días de Cambridge
que jamás vivirías.
                                    Las lecturas
donde crecen los héroes y te cercan
las verdades de otros, las almas reversibles,
el corazón más tuyo y algún sótano.
                                    
                                         (Las lecturas)
En los textos escaneados viven mis dudas acerca de la evolución de cada poema. En las tachaduras están los caminos interrumpidos, en las líneas escritas los encontrados, en los trazos que cruzan el poema la guía que sitúa, en el poema inicial, los nuevos versos.