viernes, 29 de enero de 2010

Sobre "El cónsul de Sodoma". Gil de Biedma y otros asuntos relacionados

No he visto El cónsul de Sodoma. Tampoco me apetece verla. Y cuanto he leído (críticas, artículos de toda orientación, tribunas libres, reportajes), lejos de invitarme a ello, me han animado a lo contrario. Gil de Biedma fue uno de los grandes de la lírica en castellano de la segunda mitad del siglo XX. Tiene unos cuantos poemas que justifican toda una vida dedicada a la literatura. Lo descubrí a finales de los años 70, leí entonces la práctica totalidad de sus poemas (después publicó muy pocos) y su homosexualidad, puesta de relieve de manera intensa y sutilísma a la vez en su poema Pandémica y celeste, me pareció un ingrediente más en su forma de ver el mundo, en la temática abordada en sus poemas. Me interesó su actitud frente a la realidad circundante, de compromiso cultural, social y político contra Franco y su Régimen. Me interesó, y mucho, su perspicacia como lector de poemas, sus acercamientos críticos y teóricos a la obra de poetas como Jorge Guillén, T.S. Eliot, Gil Albert, Cernuda, Espronceda. Admiré, retrospectivamente, su implicación en el homenaje a Antonio Machado en Collioure, a principios de los años sesenta, su contribución al renacimiento cultural de una España que salía de la posguerra... 

Aunque no lo conocí personalmente, la lectura de su obra y los testimonios escritos por algunos de sus mejores amigos, especialmente las memorias de Carlos Barral en Años de penitencia, en Los años sin excusa y en Cuando las horas veloces, me han permitido construir un Gil de Biedma complejo, alegre, de una enorme inteligencia, homosexual proclive a los amores furtivos y a los "hoteles de una noche", enamorado de Barcelona y, a la vez, de las tierras de Castilla, en la Segovia de sus vacaciones infantiles, lector profundo, vividor de la noche de la gauche divine de Boccacio en un tiempo irrepetible, firmante de manifiestos antifranquistas y solidario con los trabajadores y huelguistas de toda condición...  Pero no un ser obsesionado hasta la paranoia por su homosexualidad, por convertir la vida en una permanente búsqueda del amor más joven e irreverente. Y sospecho (reconozco el riesgo que asumo al utilizar tal verbo al no haber visto el film) que la película de  Sigfrid Monleón  proyecta sobre el espectador un Gil de Biedma parcial, sustituye la parte por el todo y obvia aspectos esenciales de su vida y, sobre todo, la profundidad y complejidad de una personalidad que no sólo pasó por la vida y marcó a una sociedad (al menos, a su mundo cultural) por su condición de homosexual, sino por muchos otros aspectos.

Gil de Biedma, Blas de Otero y Gabriel Celaya
Si las cosas son tal y como nos las cuentan Marsé y algunos otros amigos del poeta, con el Gil de Biedma que la película muestra, las generaciones más jóvenes, las de los nacidos después de la muerte del poeta, van a construir en su mente un Gil de Biedma irreal, tan simple como puede ser la obsesión permanente por un pene, un Gil de Biedma poetahomosexual u homosexualpoeta y no un gran poeta y un gran ser humano que vivió intensamente, al lado de los más débiles y con la mala conciencia del burgués desclasado, en un tiempo difícil y que, también, alardeo a veces de su condición de gay. Ni que decir tiene que estoy, en la polémica que se ha mostrado en los medios escritos, especialmente en el diario El País, con Juan Marsé y con quienes han compartido, con los matices que sea, su posición.

Hace algo más de un año, tras la muerte de Ángel González, escribí un entrada en este blog en la que expresaba mi radical desacuerdo con la imagen que no pocos columnistas y escritores, amigos y compañeros de muchas noches del gran autor de Áspero mundo estaban trasladando a los nuevos lectores y, en general, a aquellos amantes de la poesía interesados en conocer en profundidad a uno de los poetas clave de la generación del medio siglo: amigo de las farras nocturnas, cantor de boleros entre los vapores del vino, protagonista de borracheras memorables... y un largo etcétera de "cualidades" parecidas. Pocos aludían a su condición de poeta urbano comprometido con la lucha democrática, a su calidad de profesor en la Universidad de Nuevo México y a sus virtudes como enseñante, a su imprescindible lectura de Antonio Machado, a sus artículos teóricos, al modo en que alimentó, en los años 60 y 70 la pasión por una poesía crítica en las nuevas generaciones de la época. El lector imagianba, de la mano de los columnistas exégetas y amigos, a un Ángel González juerguista y bebedor en las noches madrileñas y no al poeta complejo y exigente, al intelectual comprometido, al innovador radical, desde una opción conversacional, directa y emocionada, de la poesía de nuestra posguerra.

Pues bien, cuanto he leído y escuchado sobre El cónsul de Sodoma me lleva a pensar que en el film se convierten la homosexualidad y el homoerotismo de Jaime Gil en el elemento esencial, casi único, de una vida que fue infinitamente más compleja y rica del mismo modo que Ángel González, tras su muerte, fue descrito en decenas de escritos (incluso preparados para homenajearlo) en el amigo de las noches alcohólicas y de la juerga. Y claro que lo fue (no es delito y es hasta saludable), pero fue infinitamente más.

Os dejo con el poema "Contra Jaime Gil de Biedma". Con sólo pinchar, veréis el video y escucharéis la voz del poeta. Que os vaya bien.

domingo, 24 de enero de 2010

Luis Javier, Lola: mis recuerdos de una noche de enero en la calle Atocha

Hoy no escribiré de poetas, ni de pugnas estéticas, ni de críticas o contracríticas. Escribiré de dos seres entrañables. De un hombre y de una mujer, Luis Javier Benavides y Dolores González Ruiz, que ocuparon un lugar en el paisaje contradictorio de mi primera juventud. Quizá escribiendo de ellos escriba, en parte, de muchos de nosotros. A ellos les dejo, como muestra de los más nobles sentimientos que compartimos, los cantuesos en flor de la fotografía.

Luis Javier. Lola. Dos nombres grabados a fuego en mi memoria más íntima, en las páginas quizá más doloridas e inexplicables de mi biografía. Al leer en los diarios de ayer la esquela conmemorativa del 33 aniversario de la matanza de Atocha, no he podido sustraerme a la evocación de las horas vividas aquella noche.Lola González Ruiz, Luis Javier Benavides.  Dos identidades. Dos rostros que difumina el tiempo, que aún es posible contemplar en las fotografías de los archivos periodísticos de la época. Lola vive (desde aquí mi abrazo, mi cariño, mi solidaridad), creo, en algún lugar de Cantabria. Luis Javier, no. Los dos fueron acribillados a balazos por pistoleros fascistas  aquella noche del 24 de enero de 1977. Lola se salvó de milagro. Luis Javier nos fue arrancado de la vida en plena juventud. De él recuerdo su condición de abogado de la Asociación de Vecinos "La Unión de Hortaleza", su presencia incansable, optimista y alegre, en las primeras asambleas del barrio, su trenka de paño oscuro, sus jerseys de punto y su mirada confiada, directa, llena de la convicción que, seguro, le aportaba saber que estaba construyendo con todos nosotros, hijos de la UVA de Hortaleza y de la derrota de casi cuarenta años antes, una realidad que iba a acabar con el franquismo. Lo recuerdo en un seiscientos destartalado, con la carrera recién acabada, pertrechado con una enorme carpeta en la que guardaba los sueños y las luchas de tantos de nosotros. En aquel seiscientos, E., que conocía los barrios del distrito, lo acompañaba a impartir charlas (entonces no se llamaban conferencias) a grupos de parados, a vecinos que pretendían organizarse para reclamar viviendas dignas y libertad. De Canillas a Villa Rosa, del barrio de San Lorenzo al de Santa María, de Las Cárcavas a Manoteras, entonces nucleos urbanos de un territorio de calles embarradas, sin apenas iluminación, sin transporte público que los enlazara con los tranvías de Arturo Soria o sólo con achacosas camionetas, barrios que lindaban con el campo, con la vía del ferrocarril, con viejos olivares, huertas y alamedas.... En aquel seiscientos --al que no le cerraba una de las ventanillas, me ha recordado E.-- hizo cientos de kilómetros y conoció una realidad muy alejada del mundo universitario que había dejado atrás y de la familia acomodada, de formación católica, de la que procedía.

Luis Javier se hizo parte de nosotros y de nuestra lucha. Hasta que aquella noche, de frío y de tinieblas, recibimos en casa (domicilio de recién casados progresistas y demasiado jóvenes, con reproducción del Guernica en un salón que olía a tabaco de pipa y a esperanza) una llamada telefónica: Luis Javier, con otros cuatro compañeros de despacho, había sido asesinado por una banda de pistoleros fascistas. Y fue el miedo, y la incertidumbre, y los sollozos, y la búsqueda de un lugar donde reunirnos donde no pudieran llegar quienes, temíamos, podían estar sembrando el horror (todavía mayor) en la noche de enero de la ciudad callada. Recordar a Luis Javier Benavides es poner en valor el inmenso cargamento de sueños, de entrega, de amor (sí de amor), de pasión y de empeño solidario que tantos hombres y mujeres, desde la más temprana juventud, pusieron en la difícil tarea de construir la democracia.


Escultura dedicada a los abogados de Atocha situada en Antón Martín. Autor: Pepe Caballero
Mi recuerdo de Lola González Ruiz es diferente. Ella sobrevivió: recibió un disparo (quizá alguno más) entre el final de la mandíbula y el cuello y, aunque tardó mucho tiempo en recuperarse, compartimos durante dos o tres años trabajo y dedicaciones en favor de un urbanismo solidario, redistributivo, en la sexta planta de la sede provincial del PCE, calle de Campomanes, Madrid central y adoquinado, días interminables que se colaban en las noches (y a veces en la madrugada) avivando en nosotros sueños que, tiempo más tarde, se mostrarían precarios, imposi bles casi. Entonces, ella batallaba contra una depresión tenaz, implacable, hija de la noche de asesinatos y  de una circunstancia de las que acaban emocional y psicológicamente con el más fuerte de los seres humanos: Lola era la novia de Enrique Ruano, el estudiante de Derecho al que agentes de la temida brigada político-social arrojaron por la ventana de un tercer piso un fatídico día de 1969 y, terrible destino, se había casado, años después, con Francisco Javier Sauquillo, uno de los asesinados aquella noche del 24 de enero de 1977. No la conocía de antes, pero la recuerdo trabajando sin parar por un Madrid mejor y caminando de un despacho a otro por el interminable pasillo, surcado de grabados de Pepe Ortega, de Agustín Ibarrola, de Saura, de Zamorano, de Genovés, de la sexta planta de la calle Campomanes llevando en la mirada la tristeza infinita de la muerte de dos seres tan queridos y del terror vivido ante unos pistoleros. Deseo que haya sido (y sea) feliz en Cantabria, que todavía mantenga aquel entusiasmo difícil tras su dramática experiencia y que la vida, al fin, la haya recompensado de tanto dolor.



Luis Javier hubiera sido, con tada seguridad, uno de los artífices del Madrid democrático que se forjó bajo la alcaldía de Tierno Galván y habría vivido con nosotros la construcción, no por precaria menos importante, de parte de la realidad que con tanta pasión imaginamos. Hoy sería un sesentón cercano, inteligente, quizá apuesto, firme en sus convicciones y lleno de sensibilidad hacia las carencias de una sociedad injusta. Al menos, así me gusta imaginarlo.

Dos nombres. Un hombre y una mujer que han vuelto a mí en estas horas de recapitulación sobre aquella terrible experiencia. Íntima. y, por supuesto, colectiva. Quede aquí esta gavilla de recuerdos que nunca aparecerán en los periódicos. Ni en la pantalla del televisor.

Un íntimo compromiso literario
A propósito de lo hasta aquí escrito: con la literatura , que es también instrumento de la memoria (que a veces la salva y a veces la traiciona), y con la gente a la que quiero, incluso con la que no quiero, tengo una deuda personal, íntima. No es otra que el compromiso de escribir la novela de quienes nacimos en los cincuenta, vivimos los estertores de la dictadura y nos dejamos alegrías, lágrimas, esperanzas, erotismo, sueños, intereses personales y decepciones en un tiempo de transición que a veces se edulcora, pero que no sólo estuvo marcado por la alegría, sino, digámoslo con palabras de un hermano mayor de aquellos años, Diego Jesús Jiménez, "lleno de incertidumbre y de sollozos".  Aspectos, trazos, ráfagas quizá de esa memoria, quedaron en mis novelas Los filos de la noche y Una mirada oblicua, también en Verano. Pero sólo son realidades parciales. Mi compromiso íntimo es su aprehensión global, su reconstrucción literario-emocional desde la mirada del adolescente que vivió aquellos años y que fue joven, maduro y postmaduro en las décadas posteriores y en el nucleo duro del compromiso social y político,del desprendimiento, de la confianza ciega en un mundo mejor. Esa novela, a la que quizá quepa denominar "de la transición", está, todavía, por escribir. Confío en hacerlo algún día.

martes, 19 de enero de 2010

De las estaciones y sus alrededores


El belga Georges Simenon, uno de los grandes maestros de la novela negra europea, tenía una especial capacidad para describir los espacios en sombra de las ciudades, de los pueblos. Las zonas urbanas ocultas tras una autopista, la trastienda de los grandes bloques de hormigón de las modernas urbes, las periferias y descampados, los alrededores semidesconocidos de las vías férreas en la cercanía de las estaciones. Casas bajas con ventans cubiertas de macetas de geranios, pequeños jardines abandonados con bancos ocupados por vagabundos, o por mujeres que descansan al volver de la compra, o por jubilados tomando el aire o el sol, naves industriales, talleres artesanos, tabernas, vida.

Desde que leí El hombre que miraba pasar los trenes hace ya algunos años, he comprobado cómo mi ancestral manía de pasear esas zonas urbanas de tránsito, híbridas, se ha convertido en una obsesión. Esa obsesión se cumple, sobre todo, cuando viajo en tren. En los alrededores de las estaciones, a la salida o entrada de las ciudades, vive una realidad desconocida, oculta.


Título foto: Marita Guijarro mirando el tranvía
Pequeños mundos ignorados a los que la perspectiva del tren en marcha otorga una nueva dimensión y que en muchas ocasiones viven a espaldas de ciudaades que han crecido y se han modernizado, sobre todo, alrededor de las carreteras nacionales. En las salidas de Madrid, en las estaciones de Atocha y de Chamartín esa realidad se prolonga durante varios kilómetros y a lo largo del trayecto que en ellas se inicia, sea cual sea el destino (norte, sur, este u oeste), el viajero puede contemplar numerosas estaciones, no siempre activas, que se nos muestran como microcosmos de un mundo desaparecido. Casetas abandonadas de peones camineros, cantinas sin uso, andenes de firme agrietado por la naturaleza y  la ausencia, vagones inútiles desde hace décadas, oxidadas arquitecturas metálicas que, en su día, anunciaron la era industrial, locomotoras muertas, bidones, pequeños vertederos de escombro. Todos esos restos nos hablan de un tiempo en que las estaciones férreas y sus alrededores fueron símbolo de progreso, eran, en cada pequeña ciudad, en cada pueblo, la puerta hacia las grandes ciudades de las que hablaban la radio y los periódicos, la televisión más tarde: un pasadizo a la esperanza, a un mundo mejor. Hoy han dejado de tener esa función: con la salvedad de las estaciones de las grandes ciudades y las de aquellas localidades alimentadas por los trenes de cercanías, España es un extenso territorio lleno de estaciones perdidas en el mundo rural cuyo uso es puramente testimonial. Son arqueologías dispersas en medio de los campos, vigías de trenes semivacíos que pasan, a lo más, un par de veces al día frente a sus ventanales decrépitos.

Citaré dos trayectos que son un ejemplo vivo (¿o semimuerto?) de esa realidad: el trayecto que une las estaciones de Chamartín y de Soria, un trayecto que sólo recorre un tren al día (que, además, tarda tres horas en cubrirlo) y en el que el viajero amante de los trenes puede recrearse de manera sobrada contemplando las estaciones que, huérfanas de viajeros, jalonan su trayecto. El otro trayecto, al que he hecho referencia en una novela como Trenes en la niebla es el que cubría (¿cubre?) el ferrocarril "directo" Madrid-Burgos. Al igual que el Madrid-Soria, sólo le da vida un tren al día, un tren que recorre, entre Chamartín y Somosierra, una sucesión de estaciones en ruinas asediadas y vencidas por la naturaleza y sólo útiles, en las noches de los veranos de la montaña, para alojar amores furtivos, primeros polvos de adolescentes que abandonan, en la noche, el fragor de la fiesta, o paseos al amanecer o al crepúsculo de maniáticos y fervorosos, bichos raros en todo caso, de tales restos.

Si existe en España un paradigma acabado de ese paisaje de ruinas ferroviarias, ése no puede ser otro que la estación de Canfranc. En un lugar inverosímil del Pirineo aragonés se levanta, como un buque fantasma varado entre los montes, un monstruo de la ingeniería arquitecónica del pasado siglo. Tiene algo de inmenso féretro, de testimonio de la grandeza a la que puede llegar el hombre con su inteligencia y su trabajo tenaz. Y de la mediocridad que ha llevado a su abandono.

No lejos de Madrid, junto al puerto de Somosierra, todavía se mantienen en pie los restos de la estación que Franco, en 1965, inauguró. Cerrados a cal y canto, albergando muebles viejos y destartalados, la vieja estación, de arquitectura alpina, de Somosierra-Robregordo parece dormir el sueño de los justos. Un sueño a la espera de una improbable voluntad rehabilitadora.

De esas zonas limítrofes a las estaciones ferroviarias escribí hace tiempo (y seguiré escribiendo, supongo) algunos poemas. La mayor parte está incluida en mi libro De viejas estaciones invernales (Tarragona, 2006). De esa muestra elijo uno de los poemas más queridos, escrito, en su primera versión, en 1992:

Detenido en la noche.
Ciega estación perdida
—y jamás recobrada en este tiempo infame—
entre trigos y adioses.

Una pasión incierta por lo casi ignorado
navegaba en tus ojos, en el raro silencio
de aquel tren detenido en la estación donde la bruma
descendía hacia un río oculto entre los álamos.
Apagadas tabernas a lo lejos, siseos y murmullos,
párpados sorprendidos, chimeneas lejanas,
buscaban en tu mente cobijo y aposento
mientras madre dormía.

Mientras madre dormía, tú, despierto, soñabas
con caminos confusos, tal vez imaginados
en un tiempo improbable.

Andén desconocido, refugio que acogió
briznas de tu existencia
en un pueblo sin nombre y sin orillas.

lunes, 11 de enero de 2010

Nieve: un poema de hace 15 años

Lo escribí hace muchos años. Apareció en mi libro Quebrada luz (1996) y es un poema que siempre regresa a mi memoria cuando la nieve desciende sobre la ciudad y puedo contemplar su caída, como ahora, desde la ventana a la noche de mi cuarto de trabajo. Raymond Carver, C. K. Williams, Auden, Gerardo Diego, Luis Cernuda escribieron hermosos poemas con el telón de fondo de la nieve. En La tierra de Alvargonzález, de Antonio Machado, la nieve es, más que un fenómeno meteorológico, un personaje del poema/relato del mismo modo que es amenaza para los caminantes que acaban buscando el calor del mesón en noches de ventisca por los viejos caminos de Soria. Nieve urbana y sucia de Sandburg, nieve en las montañas del Guadarrama en Leopoldo Panero o en Enrique de Mesa; nieve de la desolación en los poemas de Celan, en los relatos de Kafka, en las novelas de Lars Gustaffson o en los perturbadores cuentos de Herta Müller.


"Nieve desde la ventana". Foto del autor de blog. Enero 2009
Y nieve crecida en la más recóndita esquina del corazón de mi infancia, de todas las infancias. La que viví de niño en los descampados de mi barrio y la que, cuando eran niños, sorprendí, en las mañanas de nieve, en las pupilas de mis hijos. Esa es, de forma depurada, la nieve que tiembla en el poema que escribí hace tantos años. Aquí os lo dejo. Como un extraño regalo en esta noche de nieve y puertos de montaña cerrados y calles intransitables.

NIEVE
La sorprendida nieve
cubre tu corazón, que es como el valle.
Como el valle de enero, luz helada. Aire en suspenso
como una larga duda
temblando bajo el humo de la tarde.

Llegamos de la nieve con los años al hombro. En esta tierra,
la de la eternidad imaginada, la infancia que perdimos
tiene en la nieve su más estricta luz, su posesión,
su amanecer, su aliento.

¿Quién olvida
esa luz fría que puso a nuestro alcance la mañana
de un enero perdido en la maleza? ¿No es acaso
parte de la memoria su fría longitud, tierra sin voz
su contextura?

Crecimos con su imagen
prendida a nuestros ojos, asediando la casa,
extenso territorio al que no se retorna.
No se vuelve a su luz. Tampoco a su silencio.
No se regresa al alba
que nos mostró la nieve un viejo enero.

La manchó el tiempo.
Como barro, los días
destruyeron su luz inmaculada, esa tierra sin voz
donde muere la aurora,
se afirma la pisada, busca el lodo, las hierbas ateridas,
las cruel posesión que fue el invierno
bajo la blanca luz que recordamos.
                                         (De Quebrada luz. 1996)

sábado, 9 de enero de 2010

Una tardía (y bienvenida) reseña

Los días de Eisenhower es una de mis novelas más queridas. Fue publicada en el otoño de 2002, obtuvo un premio no irrelevante y me dio muchas alegrías. Ahora, una alerta de un buscador de Internet me ha traído una noticia inesperada: una crítica aparecida en la página web de la "Librería de Javier" ("Un punto de encuentro para los amantes de los libros", así se subtitula la página), un rincón, en el que creo no haber estado nunca, de Alcalá de Henares. La crítica es de ahora. Aunque no suelo reproducir en este blog las críticas y reseñas que aparecen sobre mis libros, esta vez haré una excepción dada la circunstancia de que la reseña, escrita además por un librero que ama los libros y que ha decidido hacer de su librería una suerte de templo para dar culto (en ciudad cervantina, por otro lado) a ese medio/objeto/instrumento que los más apocalípticos de la era Internet dan por muerto, tiene algo de carta que me llega desde otro tiempo.  Aquí os dejo el enlace de la reseña: Sobre Los días de Eisenhower.

Es además, un retorno a los días en que escribí la novela: finales de los años noventa, cuando todavía ni los más proféticos intuían en qué se iba a convertir el mundo virtual. De entonces prevalece mi absoluta fe en la literatura, en el poema y en la novela. Y el recuerdo de los escenarios que tuve que evocar y reconstruir: una ciudad que las excavadoras y los urbanistas de la especulación se encargaron de enterrar definitivamente: una parte de Madrid que hoy es irreconocible, que se extiende entre el barrio de la Concepción y el aeropuerto de Barajas. Menos mal, y ha ahí la magia de la literatura, que al volver a mi novela, al releer sus párrafos, esas zonas de la ciudad regresan a mí tan vivas como en los tiempos de mi memoria remota en los que la acción de la novela se desarrolla. De aquel proceso y de la historia que narré queda, además, el testimonio de una entrevista que, en diciembre de 2002, me hizo una periodista de Terra. Aunque está colgada en este blog, en la columna derecha, no me resisto a dejar un enlace para quien quiera acceder desde este post: entrevista en Terra .

domingo, 3 de enero de 2010

Un homenaje a Bartleby Editores en el año que empieza.

Realizo esta primera entrada de 2010 sobre una plantilla nueva. Como el lector asiduo podrá comprobar, he cambiado la imagen global del blog. He pretendido hacerlo más funcional, más legible, mejor estructurado. No sé si lo he conseguido. En todo caso, aplico un lema: "año nuevo, nueva imagen.... del blog". Eso sí: manteniendo la línea "al margen" que lo ha caracterizado desde que, en abril de 2007, viera la luz. Por tanto, bienvenidos a todos a esta entrada cuya escritura comienzo en la noche/madrugada del 2 al 3 de enero del recién inaugurado 2010.

El fin de un año y el comienzo de otro suele ser un tiempo de reflexión, de recapitulación sobre lo vivido, o lo escrito, o lo no vivido o lo no escrito. Depende. En este caso, mi reflexión tiene a un proyecto como excusa y objetivo: pienso en Bartleby Editores, la pequeña editorial que cumplirá en 2010 doce años en la que tengo el honor de dirigir, casi desde su origen y en calidad de colaborador "militante", la colección de poesía. Echar la vista atrás y recordar aquella tarde de octubre, o noviembre de 1997, en que Pepo Paz apareció en el pequeño estudio de Europa FM donde emitíamos el mítico programa Libromanía (mi recuerdo para Paco Solano, Ángel García Galiano y Blanca Navarro, entusiastas aventureros de las ondas en aquella época en que éramos más jóvenes) supone un ejercicio de memoria, sin duda. Pero también es un acto imprescindible para recapitular.

Pepo, a quien ninguno de los que estábamos allí tenía el gusto de conocer, fue a presentar el proyecto, a poner sobre la mesa del estudio dos libros hermosos y valientes (editados de forma manifiestamente mejorable, todo hay que decirlo) de dos autores cubanos: de José Kózer, poeta, el primero: Dípticos. De José Lezama Lima, narrador universal, el segundo (sus cuentos completos, titulado La Habana caleidoscópica). Eran pequeños libros (pequeñas joyas) que todavía no contaban con la envoltura y el diseño que un par de años después se harían seña de identidad de Bartleby (seña que, en lo esencial, todavía se mantiene) pero que por la altura de su contenido podían perfectamente competir con los mejores títulos de las más consolidadas editoriales del país. Pepo Paz, a quien acompañaba un socio cuyo nombre no recuerdo y que se perdió poco después en aventuras no editoriales, llegaba con la timidez de quien se inicia en una labor llena de secretos y de dificultades. He de decir, antes de proseguir y como aviso para navegantes, que el libro de Kózer, Dípticos, ha sido el único libro de poesía de Bartleby que he reseñado en Babelia en los últimos doce años.


 Vista de Garagantilla. Lugar de nacimiento de algunos prouyectos Bartleby
No sé a través de qué mecanismos (creo recordar, pero sin seguridad alguna, que gracias a una gestión de Luis Cicuéndez, poeta, o de María José Parejo, hoy periodista en RNE, o quizá de Ana Manzano, hoy bloguera y pintora de iconos medievales), Pepo Paz me ofreció la posibilidad de dirigir la recién nacida colección de poesía. Los tres títulos siguientes, todavía con el diseño primitivo, fueron de poetas muy jóvenes o con poca obra publicada: Eduardo Moga, el citado Luis Cicuéndez y Salustiano Martín. Pepo y yo, durante aquellos días, nos reunimos innumerables veces. Recuerdo largas comidas en el comedor de la Asamblea de Madrid, o cafés urgentes en algún bar próximo a Pueblo Nuevo, barrio en el que ambos habíamos echado raíces en nuestra infancia (más reciente la suya, casi remota la mía), en las que soñábamos el futuro de Bartleby, barajábamos nombres de poetas nuevos y menos nuevos y debatíamos, con un entusiasmo casi infantil, sobre el sentido de la liteatura, sobre las finalidades del proyecto, hasta que logramos afinar un par de principios básicos que se han mantenido a lo largo del tiempo: el primero, que la editorial debía aspirar a todo, no podía quedarse embarrancada en el arenal en que se quedaban tantos proyectos editoriales independientes; el segundo, que su independencia era básica: no podía financiarse gracias a premios institucionales, o de cajas de ahorro, o de otras entidades. Así, inició una nueva etapa, con un nuevo diseño del que es "culpable" Sandra Zavala, tirando muy alto: la totalidad de la poesía amorosa de Manuel Vázquez Montalbán (que estará, seguro, en los cielos de los rojos más honestos), recogida bajo el título Ars amandi,  y dos libros de la gran escritora canadiense Anne Michaels, El peso de las naranjas/Minner's Pound.


 La Ciudad Lineal en los 60

Así fue cobrando forma un proyecto que ya venía de antes pero que poco a poco fue perfilándose, con un trabajo infinito, en lo que es hoy. Casi doce años después de aquellos días, Bartleby es un proyecto consolidado en el que Pepo Paz pone, junto al talento, el riesgo económico, la hipoteca y un trabajo sin horas, extendido durante mañanas, tardes, noches y madrugadas. Y quien esto escribe, en sus ratos libres combinándolo con sus labores literarias (noches, madrugadas y fines de semana, vacaciones también), pone algo de trabajo y lo que puede de talento (si lo hay) junto a dosis infinitas de entusiasmo.

Bartleby es una editorial independiente llena de ideas, con una plantilla unipersonal (el único asalariado -por llamarlo de alguna forma- es Pepo Paz, quien, además, dirige ejecuta el activísimo "departamento de comunicación y marketing") y cientos de posibilidades de edición: todas ellas de calidad gracias a la tenacidad en la búsqueda de nuevos títulos, a la apertura de miras a la hora de sondear nuevas líneas y nuevos nombres y a una ambición sin límite a la hora de aspirar a contar en su catálogo con los mejores: no en vano, Félix Grande, Diego Jesús Jiménez, Martínez Sarrión, Caballero Bonald, Donoso o Gamoneda conviven en él con Soyinka, con Sylvia Plath, con Szymborska, con Sharon Olds, con Peter Hanke, con Raymond Carver o con Auden. Son algunos nombres a los que se podrían añadir los de jóvenes poetas españoles, voces nuevas que se han incorporado a nuestra literatura a finales del siglo XX y en este siglo XXI que no sólo han aportado savia nueva y títulos innovadores (Julieta Valero, Marcos CanteliIsabel Pérez Montalbán, Xoán Abeleira, Julia Piera, David González...), sino que han contribuido a la recuperación, desde la mirada joven del presente siglo, de títulos casi olvidados (y, a la vez, de un alto nivel de calidad) de nuestros poetas mayores en la serie Lecturas21.

Como la poesía limitaba el campo editorial de Bartleby, Pepo Paz decidió un buen día consolidar una línea en la que había trabajado en la prehistoria bartlebiana: la narrativa. Lorenzo Dávila, profesor y arquitecto y escritor en sus ratos libres, diseñó la nueva portada y, con la nueva etapa de la colección de narrativa llegaron Niall Williams, Haroldo Conti, Adalbert Stifter, John Steinbeck, Briggitte Reimann, y autores nuevos o poco conocidos como Crespo Massieu, Giovanna Rivero o Justo Sotelo.


Comparto con Pepo Paz la afición por los tranvías
De esa labor, casi siempre callada y tenaz, se ha derivado un final de año 2010 gratificante: la votación de los 50 críticos y colaboradores de Babelia ha situado 2 libros de Bartleby entre los 10 mejores del año; El Cultural, de El Mundo, ha situado uno entre los diez; Público, otros dos entre los 10, y uno de los más prestigiosos periodistas culturales de El Periódico de Cataluña, Albert Espinosa, ha colocado también un libro de Bartleby entre los mejores del año además de situarlo (me refiero a Aquí, de Szymborska) en tercer lugar en la lista de llos mejor traducidos en 2009. Las portadas de los tres títulos mencionados en esas publicaciones se reproducen en este post. En definitiva, el listón de 2008, con Sylvia Plath y Haroldo Conti situados en la lista de Babelia, ha sido superado sobradamente.


Sé que habrá quien busque motivaciones distintas en el colofón (al día de hoy) de esta historia, pero en ella, dentro y fuera, en lo visible y en la trastienda, sólo hay trabajo, talento, pasión por la literatura y una tenacidad a prueba de bombas, de hipotecas y de baches económicos. Y más allá, como línea conductora de una realidad que ha ido haciéndose día a día y título a título, una amistad crecida de manera lenta y natural entre el editor-empresario y este modesto director de la colección de poesía. Una amistad llena de afinidades: la querencia por la Ciudad Lineal y su memoria de lugares abolidos, la evocación de los tranvías y de los crepúsculos junto al barrio de Las Cárcavas,  la sierra norte y sus rincones apenas visitados en los que todavía respira un tiempo perdido, Marsé y sus Últimas tardes con Teresa y Si te dicen que caí, el Real Madrid, la compasión por los desheredados, el origen humilde, arraigado en barrios casi limítrofes de una ciudad desarrollista, el eterno retorno a los paisajes de la infancia (en gran medida, desaparecidos) y, siempre, la extraña erótica que aporta el proceso en virtud del cual un simple manuscrito pasa a la condición de libro. La portada, el tipo de letra y su tamaño, la caja y los márgenes, el olor de la tinta, son elementos constitutivos de una labor que tiene algo de mágico. Esa labor, que más de una vez me ha llevado a acudir, en viernes por la tarde, sin comer apenas, a alguna inmensa nave perdida en un polígono industrial de las afueras de Madrid en busca de los primeros ejemplares de un libro largamente soñado, es la que da sentido a las horas sin sueño, a los amaneceres en vela, a la pasión por la literatura. A Bartleby Editores.