domingo, 28 de marzo de 2010

Mi reencuentro, una mañana de sábado, con Enrique de Mesa

En estos días en los que mi tiempo libre lo ha venido ocupando, a retazos, la relectura del libro, ya editado (antes lo leí en pruebas y en pantalla), de El azor en el páramo, de Ted Hughes, y la lectura, casi en paralelo, de la magnífica novela de Germán Temprano Fundido en negro (enhorabuena, Germán) y de La vida entera, de David Grossman, he vivido una curiosa experiencia, un raro viaje al pasado. Al mío y al de un poeta. Ahí va la historia:

Ayer, a mediodía, tras recorrer el paisaje invernal, de árboles desnudos, que rodea el sendero que, en paralelo al río Lozoya, une Rascafría con El Paular (las fotos que acompañan la entrada fueron tomadas durante la caminata), en un comercio del citado pueblo cuyo nombre, Madrid-París, es tan cosmopolita que suena extraño en esa localidad donde culmina (o empieza) el valle del Lozoya, encontré un libro a cuya compra no me pude resistir. Su título: Andanzas serranas. Su autor: Enrique de Mesa. Se trata de un poeta, hoy prácticamente olvidado, que fue coetáneo de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, que nació en Madrid en 1878, año de nacimiento, también, de Machado, y murió en 1929.

Autor de retaguradia de la generación del 98, partícipe de los principios de la Instiutción Libre de Enseñanza, liberal y hasta regeneracionista, fue un magnífico poeta cuya vida discurrió a la alargada sombra inspiradora de la sierra del Guadarrama, sobre todo de su vertiente más norteña, aquella que acoge el valle del Lozoya y se extiende entre el monasterio de El Paular y la pedanía dependiente de Garganta de los Montes denominada El Cuadrón. Fue esa circunstancia la que, en mis años de instituto, en una de mis fugas a la Casa del Libro en busca de poetas y poemas no recogidos en los libros de texto, me convirtió en lector recurrente de su poesía. Recuerdo vagamente que un día de aquéllos anduve buscando en las estanterías donde, a finales de los años 60, la Casa del Libro tenía su bien nutrida y variada sección de poesía, libros de poetas desconocidos. La Antología poética  de Enrique de Mesa, editada, con prólogo de Ramón Pérez de Ayala, en la colección Austral en los años 40 y, creo recordar, en Argentina, cayó en mis manos casi por azar. La hojeé de manera desatenta y, de pronto, advertí que buena parte de sus poemas tenían que ver con los paisajes y escenarios que, acompañando a mi padre, acababa de descubrir en el vértice norte de la región (entonces provincia) de Madrid. La sierra de pequeños pueblos y riachuelos numerosos, de bosques interminables en los que convivían el pino, el acebo, la zarza, el haya y el roble, de extensas praderas casi acostándose sobre el río, de hacheros y campesinos curtidos por el frío y los largos inviernos, de pastores trashumante y largas tardes vividas, en familia o amistad, alrededor del fuego y de la olla, contando historias heredadas de lobos y apariciones, estaba allí. Por eso no he podido resistirme a la compra de Andanzas serranas, un libro publicado en 1910 (por cierto, este año se cumplirá un siglo desde su primera edición), desaparecido de los estantes de las librerías durante más de medio siglo y rescatado gracias al entusiasmo de la Sociedad Española de Alpinismo Peñalara, de la que fue, a principios del siglo XX, fundador.

Se trata de una edición faccsímil de la primera, de 1910, que fue realizada por la Biblioteca Renacimiento, y que tiene, en estos tiempos de la blogosfera e internet, de la literatura fragmentaria y de creación de espacios virtuales no siempre vinculados a las más hondas aspiraciones de nuestra especie, el encanto de la comunicón del poeta con la naturaleza, de la vuelta a un tiempo en el que el viaje de Madrid a la sierra, que hoy dura menos de una hora, era una aventura llena de descubrimientos y peligros.

A Enrique de Mesa me referí en muchas ocasiones en mi libro viajero Por la sierra del agua. Recogí fragmentos de algunos de sus poemas vinculados a los pueblos por los que vagaba el narrador y subrayé muchas de las hermosas palabras de un castellano casi desaparecido que el poeta utilizaba. Con la Antología citada, hoy inencontrable (yo tengo la cuarta edición, de 1962), he convivido durante más de treinta años. No en vano esa convivencia se inició en un invierno lejanísimo, en mis primeros balbuceos como escritor, cuando escribí un torpe y, seguro, poco riguroso "miniensayo" comparando la poesía de Mesa con la de Antonio Machado. Poe eso, el descubrimiento, en el comercio de Rascafía, de este pequeño libro, una auténtica joya de lenguaje y naturaleza de poco más de 90 páginas, ha sido una hermosa experiencia. De esas que se viven en pocas ocasiones a lo largo de décadas. Las brujas de las aguas, La laguna de los pájaros, La loba parda, De las ciudades viejas o Buitrago, la muerta son algunos de los títulos del grupo de estampas, vivencias viajeras o relatos que lo componen.


Sé que no soy el único escritor que tiene, en ese rincón que, en nuestra memoria bibliográfica, reservamos a los poetas raros que en un día remoto nos cautivaron por alguna razón, la obra de Enrique de Mesa. Hace dos años, en Roma, gracias a los consejos de Fanny Rubio, tuve el honor de conocer a Enrique de Rivas. Pues bien, este escritor pariente de Azaña, frecuentador en la infancia de los parajes a los que Mesa canta y magnífico poeta coetáneo a la generación del 50, me entregó el manuscrito de un largo ensayo titulado Enrique de Mesa, poeta de Castilla. Se trata de una espléndida indagación en la obra del olvidado. Confío en que algún día vea la luz, sea publicado. Ni que decir tiene que en ese deseo hay, también, una petición a aquellas editoriales que publican ensayo y que a veces se arriesgan indagando en caminos que casi nadie recorre (lo que no quiere decir sin potenciales lectores). Será, sin duda, un acto de justicia.

sábado, 20 de marzo de 2010

A vueltas con la novela. Una cita de David Grossman

"Si me hubieran pedido que describiera qué cualidades hacen al escritor, habría respondido que la primera es la necesidad imperiosa de inventar historias. Es decir, de organizar la realidad, a menudo caótica e incomprensible, en el marco de una narración; descubrir en todo acontecimiento los contextos —evidentes y ocultos— que le dan un sentido especial; poner de relieve los rasgos de la “trama” y hacer que emerjan de ella los “protagonistas”.
"Para mí, el impulso de escribir una historia, inventándola o sacándola de la realidad, es casi una pasión, la pasión por la narración que, para algunos —los que acabarán siendo escritores—, es tan fuerte y primordial como cualquier otra".
David Grossman
(Del libro de ensayos Escribir en la oscuridad. Debate, 2010)

jueves, 18 de marzo de 2010

A vueltas con la novela del siglo XXI: Vilas, Calvo, Carrión

La substa del lote 49 o Arco iris de gravedad, de Thomas Pynchon, Ulises o Finnegans Wake, de James Joyce, Manhattan Transfer, de John Dos Passos,  Mazurca para dos muertos, Madera de boj y Oficio de tinieblas 5, de Cela, La saga fuga de JB, de Gonzalo Torrente BallesterParábola de un náufrago, de Delibes, Quimera, de John BarthParadiso, de Lezama Lima , Berlín Alexander Platz, de Alfred Döblin o El hombre sin atributos, de Robert Musil,  Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, El estrangulador, de Manuel Vázquez Montalbán .... No he podido por menos que recordar estos títulos tras la lectura de los artículos de Manuel Vilas, en ABCD las letras, y de Jordi Carrión, en El País junto con la réplica a Vilas de Javier Calvo en su blog cuestionando el género del libro Aire Nuestro (al que yo califiqué en una entrada de este blog de novela). Casi todos los libros arriba mencionados fueron publicados entre los años 20 y 80 del pasado siglo. Fueron, en su día, la ruptura, el vanguardismo, la quiebra de la llamada narración convencional, la innovación y renovación del género narrativo, la ruptura con el lenguaje tradicional. Era la novela del siglo XX que acababa con la "historia" y con la narratividad (aunque no del todo). La de dios es cristo, vamos.


En paralelo a estas novelas, gran parte de ellas paradigma, proclamado por la crítica y por los expertos de literatura de su tiempo, de una nueva novela y del final de la novela tradicional, salieron a la luz El proceso o El castillo, de Kafka (en realidad, todo Kafka), Cien años de soledad o Crónica de una muerte anunciada, de García Márquez, El siglo de las luces, de Carpentier, Yo el Supremo, de Roa Bastos, El guardián entre el centeno de Salinger, Suave es la noche y El gran Gatsby, de Fitzerald Luz de agosto y Santuario, de FaulknerA sangre fría, de Truman Capote, Llámalo sueño de Henry Roth, La guerra del fin del mundo de Mario Vargas Llosa, La montaña mágica, de Thomas Mann, El tambor de hojalata de Günter Grass, Expiación, de Ian McEwan  .... .

En el primer bloque, la narración desestructurada, sin apenas argumento, la fragmentariedad, la hibridación de géneros y de disciplinas artísticas, el componente irracional (aunque, todo hay que decirlo, mantienen un hilo conductor que las dota de sentido).

En el segundo bloque, la narración sustentada en la historia, con argumento y tensión argumental, el relato más transparente y depurado.

¿Cuáles, de ambos grupos, podrían ser definidas como novelas del siglo XX y cuáles no? ¿Es más moderna Ulises que, por ejemplo, La metamorfosis, deKafka? ¿Quién puede afirmar que un texto basado en la irracionalidad al que su autor calificó de tecnoficción como Arco iris de gravedad, de Pynchon es más del siglo XX que un mecanismo de relojería narrativa como Santuario, de Faulkner?  ¿Vía Revolucionaria, de Richard Yates, o La saga fuga de J. B., de Torrente Ballester?

A principios de año, para trabajar en un artículo en el que pretendía relacionar el año Camus con la caída del muro de Berlín y con la situación del mundo global en el nuevo siglo, releí La peste, El extranjero y La caída. Pues bien, en esas tres novelas, escritas hace la friolera de 70 años, se advierten los grandes dramas, las más profundas incertidumbres y perplejidades del siglo XXI. Curiosamente, con más intensidad que en la inmensa mayoría de las novelas de muchos autores que me son coetáneos. Desde luego, con una profundidad existencial difícil de encontrar en la novela última: profundidad que deviene de la capacidad de Camus para contemplar lo colectivo con una mirada cargada con la subjetividad de quien se pregunta por la vida del yo en estrecha vinculación con los otros tras acontecimientos tan brutales como la Segunda Guerra Mundial y el nazismo.

Cierto que no hay una verdad universal sobre casi nada. Menos sobre qué estética narrativa responde a las necesidades del lector literario del siglo XXI. Como crítico, necesitaría un amplio espacio para desarrollar esa teoría (en algunos artículos publicados en los últimos 5 años me he extendido con amplitud), pero como escritor, como ser humano que se ha enfrentado en varias ocasiones al desafío de construir y escribir una novela, sí estoy en condiciones de afirmar que lo que me parece más fácil es la opción por la fragmentariedad, escribir sin un orden premeditado, respondiendo a impulsos inconscientes, trasladar al texto citas internas, textos de otros guiado por un azar tan caprichoso como irracional, encadenar ideas e imágines... Y lo más difícil, construir una historia con un lenguaje revelador, exigente, trabajar una trama que muestre e intente resolver las contradicciones que viven los personajes (que han de ser vivos, de carne y hueso y alma), crear un mundo, una atmósfera, una suma o una interrelación de vidas, una sucesión de acontecimientos tejidos por una lógica que los emparente y les dé sentido. Para mí es esto último lo más difícil, lo que requiere de un esfuerzo sostenido (de lenguaje y de imaginación) hasta lograr una obra en la que nada suene a gratuito, a capricho no justificado, a mero artificio. No por casualidad, algunos amigos narradores llegaron a confesarme hace un par de años las serias dificultades con que se encontraban a la hora de estructurar una trama, su admiración hacia aquellos que lograban, con cierta facilidad, construir historias (al margen de la estética con que las trazaran) y sus limitaciones para escribir otra cosa que no fuera un libro de relatos o una sucesión de reflexiones, estampas/fragmentos o anécdotas.

Cierto es, también, que Roberto Bolaño abrió paso a una narrativa en la que la experimentación confluía con una decidida voluntad de indagar en las grandes incertidumbres contemporáneas y que una expresión de esa voluntad es 2666: una novela de y sobre la violencia del México del siglo XX, una expresión de la más rotunda perplejidad frente a un mundo cruel, irracional, poco asimilable, por cierto, a los fragmentarismos postmodernos de diversa índole. Y verdad es, también, que el "proyecto nocilla" supone un esfuerzo por amalgamar los materiales de distinto orden que ofrece la Red en la era de Internet (desde el texto ajeno o el video hasta la viñeta dibujada).  Que en ese universo narrativo, que se ha mostrado en esta primera década del siglo XXI como la gran novedad, como la expresión de una literatura "mutante", todo vale, hasta la frivolización de la violencia. Ese esfuerzo, que se ha acompañado de una poética grupal, a mí me suscita algunas preguntas de no fácil respuesta:

1. ¿Qué razón de contemporaneidad sustenta la idea de que la novela del siglo XXI ha de ser forzasamente fragmento, carecer de "historia" y argumento, levantarse sobre el caos? Esa idea, tan vieja como la vanguardia, se manifestó, en lo concreto, en la Norteamérica de los años 60 y en la novela de la contracultura. Sus frutos, limitados. Después, en los 80-90,  vinieron los Carver, Wolff, McInerney, Richard Ford, narradores de historias. Y se hicieron con el santo y la limosna.

2. ¿Acaso la gran novela, comenzando por El Quijote, no es un intento de ofrecer un orden inventado al caos de la realidad, una lógica imaginaria pero lógica al fin y al cabo, a ese caos?

3. ¿Por qué la novela del siglo XXI ha de ser reflejo del mundo que circula en el ciberespacio y el novelista debe renunciar a desafiar a esa lógica? ¿Acaso yo, por ejemplo, escritor en este blog y frecuentador del mundo virtual de la Red, debería, por no sé sabe qué prescripción de la teoría literaria de la postmodernidad, trasladar ese collage a mis novelas para ser un narrador de este siglo porque en caso contrario quedaría fuera de la modernidad?

4¿Quién puede afirmar que un monumento narrativo como Verdes valles, colinas rojas, de Ramiro Pinilla, o Ojos que no ven, de González Sáinz, Crematorio, de Rafael Chirbes o Anatomía de un instante, de Cercas, por citar cuatro ejemplos que sobre la marcha me vienen a la mente, no pueden ser considerados del siglo XXI por estar construidos con técnicas no fragmentarias, por contar historias, mientras que sí lo serían los libros de Vilas o de Fernández Mallo, entre otros?. ¿No es un sinsentido?

Hasta aquí mi reflexión. Continuará. Supongo....

sábado, 13 de marzo de 2010

Un día que comenzó con Delibes y se cerró con Joan Báez

Para E. Z., en su 12 de marzo.
Se inició el viernes con la noticia no por esperada menos dura: Miguel Delibes había muerto casi al amanecer. Aunque la tarde anterior supe de su estado crítico cuando me encargaron un artículo sobre su obra para la página web de RTVE, experimenté una sensación extraña, algo así como la de quien pierde no a un ser querido sino a alguien que ha sido parte consustancial de su existencia, a quien siempre ha tenido ahí, como un amigo, como un padre, como un maestro, como un mito que nunca moriría: era parte del paisaje contemporáneo, un escritor que desde el Valladolid provinciano escribía de los sentimientos y obsesiones universales.

Cuando comencé a leer con cierta conciencia de estar leyendo literatura y buscaba en ella respuesta a los misterios de la infancia y de la adolescencia, al mundo que había dejado atrás, y recrear la vida del pueblo de mis vacaciones remotas, Delibes, con Las ratas, con El camino, estaba ahí. Cuando, a finales de los sesenta y principios de los setenta, comencé a buscar una literatura diferente, que rompiera la tradición y la encontré en un libro como Tiempo de silencio o en la narrativa del boom hispanoamericano, Delibes, con su Parábola del náufrago o con Cinco horas con Mario, estaba también ahí. Sus libros, sus reflexiones sobre la vida rural y las amenazas que se ciernen sobre ella, su defensa de la naturaleza y su mítica de la caza, sobre la vida en una ciudad provinciana y sobre los viejos fantasmas familiares han sido siempre un asidero para mis propias reflexiones. No fue un revolucionario, tampoco un escritor comprometido al modo en que otros escritores (los escritores sociales) ejercieron el compromiso en los años 50, 60 y 70: escribió Los santos inocentes, la denuncia más estremecedora de la literatura de la segunda mitad del siglo XX de la explotación y el señoritismo en el mundo rural . Pero fue un humanista radical, un hombre bueno, un paradigma de la modestia y una vacuna frente a la egolatría que siempre amenaza a los escritores. Hoy, en esta hora en la que nos aprestamos a cubrir su vacío con la relectura de su eternidad, es decir, de su obra, creo que es bueno recordar unas declaraciones suyas en las que demostró con creces esa visión humanista de la realidad, esa honestidad sin tacha: cuando Camilo José Cela obtuvo el Planeta tras haber logrado el premio Nobel, hubo una invitación al propio Delibes para que se presentara al galardón mejor dotado económicamente del mundo hispanoamericano, es decir, el ya citado premio Planeta. Pues bien, recuerdo cómo él dijo con rotundidad que le parecía deshonesto, contrario a toda ética, aceptar la invitación (que suponía, obviamente, la obtención del premio), que eso sería una total falta de respeto hacia los doscientos o trescientos escritores que se habían dejado meses, o años de vida, escribiendo sus novelas para presentarlas, con ilusión, al premio sin saber que ya estaba dado. Sería, vino a decir, una gigantesca estafa. No sirvió de mucho aquel gesto para los premios que vinieron después. Pero sí fue una muestra, poco frecuente, de coherencia. Un indicio más de la personalidad del gran escritor vallisoletano. Descanse en paz.

El viernes, mi viernes del adiós de Delibes, se cerró en el Palacio de Exposiciones de Madrid escuchando y contemplando, junto a E., a otro mito: Joan Baez. Joan Baez delgada, frágil, con el cabello lleno de mechas blancas, Joan Baez llegando del fondo más noble de los más nobles sueños de mi generación, Joan Baez bellísima todavía, con la guitarra entre sus brazos acunando a un Palacio de Exposiciones a rebosar de un público, en su mayoría, de edad superior a los cuarenta años, pero con no pocos jóvenes y adolescentes, algunos acompañando a unos padres que soñaron con Wooodstock, que coleccionaron los discos de vinilo de la voz universal, que se manifestaron cantando No nos moverán o amaron mientras al fondo sonaba un Blowing in the wind en el que resonaban otras voces: Bob Dylan, Woody Guthrie, Pete Seeger. El concierto tuvo algo de ceremonia. De la nostalgia, del amor crecido con la música y la voz de la Baez. Para mí tuvo también un carácter adicional: homenajear a quien estaba conmigo, a E., que, en tiempos que ahora me parecen remotos, cuando el franquismo todavía dominaba el país, cantaba, con una voz hermosa y jovencísima, algunas de las canciones, puros clásicos ya, que, guitarra en ristre, con mirada limpia, honda, con las mismas aspiraciones de transformación social, política, cultural que antaño, entonaba una Joan Baez envejecida pero no por ello menos embellecida por la edad y por la luz de su voz.


jueves, 4 de marzo de 2010

Homenaje a Chile desde el Madrid del retorno

El Madrid del retorno es el Madrid de la mala conciencia. Chile y los chilenos van en el corazón, pero se han quedado allí, en ese hermosísimo territorio situado, por un capricho de la naturaleza, en una de las zonas con mayor actividad sísmica del planeta. El Chile de la libertad, el Chile de los grandes sueños y de los grandes soñadores se ha quedado sufriendo y yo he pensado en mis grandes amigos y grandes poetas y grandes artistas plásticos. En Alexandra Domínguez, la hermana de tardes memorables de conversación y lecturas poéticas, en Juan Carlos Mestre, berciano y leonés de corazón chileno como Huidobro o Neruda, peleón y habitante de una "casa roja" que es la casa de todos, en Javier Bello (¿estabas en Chile en esas horas, en las mismas horas en que yo me encogía de miedo y de impotencia?), en Andrés Fisher, habitante de una antología que, hace una década, tuve la suerte de prologar bajo el título Pasar la página, en Violeta Medina, delgada y frágil, puro nervio y puro poema y pura devoción por Gonzalo RojasVioleta comensal en un reciente almuerzo con Marcos Ana organizado, por Marifé Santiago para escuchar la voz del poeta que, tras largos años de cárcel en el penal de Burgos, olvidó cómo era un árbol, un Marcos Ana que estos días, estoy seguro, tiene el corazón lleno de Chile del mismo modo que lo tuvo cuando Pinochet nos llenó de luto y desesperanza cuando éramos infinitamente jóvenes, Chile de Eugenio Llona, el hombre comprometido con la cultura y con la política de izquierdas pero sobre todo el poeta, al que conocí en Madrid hace algo más de un año y al que volví a encontrar, desolado y firme a la vez, en Valparaíso y del que, con un abrazo emocionado, me despedí en Santiago junto a las instalaciones de campaña de un aeropuerto terriblemente dañado. Sólo pude darle el abrazo a cambio de un regalo que llevaré siempre conmigo: Glosario del amor chileno, de Radomiro Spotorno, con ilustraciones de Andrés Graña. Chile de los artistas adscritos a una asociación cuya sede pude fotografíar, desde el autóbús, al entrar en Valparaíso cuanto todavía el país no era terremoto. Vedla abajo, a la izquierda.  

Chile de Óscar Hanh  y de los Poemas de la era nuclear, ese hermoso y cívico libro que leí en pruebas antes de que apareciera en la colección de Bartleby no hace más de dos años. Chile de los recuerdos más entrañables de mi memoria personal, cuando tanto lo soñábamos en las palabras de Salvador Allende, en las canciones y poemas de Víctor Jara, en las canciones de Violeta Parra que tantas veces escuché en la voz de Esperanza, mi compañera de tantos años (aquellos recitales semiclandestinos en Portugalete, en la UVA de Hortaleza, en no sé qué parroquia perdida en el extrarradio), refugiada en un poncho que le servía para ocultar los panfletos que repartía por los portales del barrio en las madrugadas de tinta de los últimos años de la dictadura, Chile de Gabriela Mistral y de José Donoso (Pilar, compañera de sus días en Calacite, ¿estabas allí cuando la tierra tembló y yo sentí miedo?), ese poeta recién descubierto gracias a los Poemas de un novelista que hace poco más de un año volvieron al lugar de donde nunca debieron salir: a las librerías. 

En el Madrid seguro y lejano, en mi Madrid cantado en tantos poemas y novelas, he escuchado, en la radio y en la televisión y a las pocas horas de tomar tierra, que el suelo volvía a temblar en Chile. Y he recordado las horas vividas allí y he pensado que he sido un afortunado a pesar del miedo. He sido un afortunado porque he conocido el dolor de los chilenos a pesar de estar en un lugar poco afectado por el desastre y porque, al lado de la catástrofe que simboliza la fotografía de agencias que podéis ver abajo, pude visitar la tumba de Pablo, el gran poeta cósmico. La tumba que comparte con Matilde Urrutia y junto a la que murió cuando el Chile más negro puso las botas y los fusiles en el pecho del pueblo. 


Sí. He estado, aunque por muy poco tiempo, en Isla Negra. Junto a la que fue su casa y es hoy sede de la Fundación Neruda. El terremoto había desordenado los objetos que allí se guardan y los distintos edificios estaban cerrados. Pero a través de los cristales pude ver las botellas, los mascarones, las anclas, algunas caracolas. Para mí fue un íntimo homenaje que aguardaba desde hace la friolera de 37 años, cuando, tras el golpe de estado, Pablo nos dejó a causa del cáncer y de la pena infinita.

Aunque íntimo, estoy seguro de haber compartido  el homenaje con quienes me acompañaban en aquel momento, trabajadores y trabajadoras del Cervantes que todavía tenían clavado en el alma el miedo nocturno provocado por el terremoto y sus réplicas y la frustración por no llevar adelante aquello para lo que habían (habíamos) ido a Valparaíso: el Congreso de la Lengua. Con los veinte, quizá algunos menos, cervantinos y cervantinas que el  28 de febrero, cuando todavía desconocíamos las dimensiones reales de la catástrofe, estuvimos en Isla Negra. Concluyo esta entrada con dos fotografía de ese lugar en las que creo se simboliza, frente a la desolación, dos sentimientos imprescindibles hoy:  esperanza, solidaridad, futuro.

martes, 2 de marzo de 2010

Palabras desde Valparaíso

                                                                 Al pueblo de Chile
Apenas faltaban dos días para el comienzo oficial del Congreso de la Lengua de Valparaíso. Formo parte de la delegación del Instituto Cervantes a tal acontecimiento. Cuando me desplacé allí, pensaba en los debates a celebrar, en las ponencias, en la importancia del lema del Congreso para el presente y el futuro de nuestro idioma: "América en la lengua española". Pensaba en los poetas de Hispanoamérica, en Neruda y Gabriela Mistral, en Gonzalo Rojas y Nicanor Parra, en todos los poetas de la América que habla y piensa en la lengua castellana que han aportado su creación, su originalidad, su genio a ese patrimonio común que es el gran "territorio de la Mancha" con que, tal y como lo definió Carlos Fuentes, nos expresamos, soñamos, pensamos, sufrimos, 450 millones de personas en todo el mundo.

Pero la naturaleza, bella y terrible a la vez, fue en esta ocasión más terrible que en otras. Más cruel. En la noche del viernes, 27 de febrero, al sábado, 28, gran parte del gran país hermano, del país de los poetas, tembló de manera violenta. El miedo, la confusión, la inseguridad personal y la incertidumbre de unas horas de oscuridad, de noticias contradictorias, de imposibilidad de comunicar con las familias, de teléfonos mudos, sustituyeron, por un tiempo, a las ilusiones despertadas por el Congreso de Valparaíso (qué bellas suenan esas tres palabras, son casi un verso), a las expectativas abiertas desde tres años antes para escuchar a académicos, políticos, poetas, narradores y pensadores reflexionar sobre la lengua española. Tres años de trabajo callado e intenso eran puestos en precario por la ira de la naturaleza.

Horas después, cuando el miedo íntimo dio paso al conocimiento de la desolación colectiva, a las imágenes de una devastación no vividaen el hotel de Valparaíso en que se alojaba quien esto escribe, a las cifras de muertos, de heridos, de vidas condicionadas por la pérdida de todos los bienes, de sus casas y equipamientos, sentí un dolor punzante, me di cuenta de que estábamos ante una catástrofe mucho mayor de lo que, en el amanecer del día 28, sábado preludio de la semana congresual, llegué a pensar.

Puentes derribados, bloques de viviendas derruidos, casas, precarias casas de adobe convertidas en puros escombros... Todo eso, junto a hombres y mujeres desesperados, junto a las imágenes de cadáveres y de grupos humanos huyendo que mostraban las distintas cadenas de televisión, me hicieron sentir a Chile muy adentro. Como otras veces ante aconticimientos también trágicos aunque de distinta naturaleza como el golpe de Pinochet, sentí que en mi interior vivía, como si formara parte de mí, el pueblo de Chile. El Congreso quedó cancelado. Se transforma en un Congreso virtual. Volveré a España en pocos días. Pero estas jornadas terribles, en las que he aprendido mucho sobre la condición humana y sobre sus límites, sobre sus virtudes y sobre sus defectos e insensibilidades, he tenido algo muy claro: como otras veces, he sentido a Chile y a los chilenos, comenzando por la presidenta Bachelet, en el corazón. Tanto que nunca se irán de allí.