domingo, 9 de diciembre de 2012

López Andrada y el lugar de la niebla y la derrota

Hace algo más de un año recibí un hermoso libro de Alejandro López Andrada, Las voces derrotadas. Los azares y prioridades de la crítica en los periódicos no siempre permiten abordar libros de un alto nivel de calidad con el tiempo suficiente. El tiempo de la crítica de poesía en la prensa es lento, exasperantemente lento y muchas veces injusto. Las voces derrotadas fue una de las víctimas de esa lógica y Alejandro López Andrada su principal damnificado.

Alejandro López Andrada
Alejandro es un poeta que entra dentro de la categoría de los que en este blog vengo a denominar "poetas laterales": por su opción poética centrada en la naturaleza y en la memoria, pero también por su circunstancia existencial: vive en medio de la sierra de los Pedroches, en la Córdoba rural y profunda, lejos de la turba ciudadana y del rompeolas literario --que a veces rompe, o destruye algo más que olas-- de Madrid o Barcelona.  Pero es, además, un poeta que frecuenta la prosa narrativa, que se zambulle en la escritura de memorias en las que se mezcla la experiencia íntima y la colectiva. Y es, también, un hombre generoso, cercano, al que nada de lo que en el mundo ocurre le es ajeno.

Lo conocí hace mucho, creo que en la primavera de 1997, en su condición de organizador de unas jornadas sobre "Poesía y paisaje" en Pozoblanco. Miro hacia atrás y veo que han pasado quince años desde entonces y que aquellas jornadas se han convertido en materia de añoranza y de evocaciones (también en recipiente de ausencias, las fotografías que guardo revelan algún hueco de hoy que a todos nos duele). Allí nos encontramos (a muchos los conocí personalmente en aquellos días) algunos de los poetas que pugnábamos por hacer un hueco a nuestra voz en el panorama literario a la sombra (no poética, sino emocional) de Antonio Gamoneda, que oficiaba de maestro de ceremonias, y de  Diego Jesús Jiménez (en todas las jornadas siempre hay algunos de los grandes) . De aquel encuentro poético, en el que con la distancia de los años puedo reconocer una de mis primeras incursiones en  el mundo de las jornadas e intercambios de poetas y críticos, me queda hoy el recuerdo de un Jordi Virallonga desbordante y propicio a las desapariciones de las que todos hablaban o callaban, de mi primera charla con Sergio Gaspar, entonces editor de "éxito" con DVD, de mis conversaciones con Isabel Pérez Montalbán, a quien conocí tras mi lectura en uno de los institutos de Secundaria de Pozoblanco, de un jugoso intercambio de opiniones con el poeta portugués Luis Filipe Sarmento (que, pasado el tiempo, acabaría traduciendo a su idioma mi novela Verano) de alguna larga conversación con Miguel Casado, de una cena con charla posterior con Concha García, poeta residente en Barcelona pero nacida en Córdoba, un viaje en taxi desde la estación cordobesa del AVE hasta Pozoblanco junto a María Antonia Ortega y una borrosa imagen de Alejandro, dedicado en aquellos días a garantizar que todo saliera a la perfección.

Mucho tiempo después, volví a aquellas montañas. Creo recordar que fue en septiembre de 2011 para leer poemas en Pozoblanco  junto a Juan Carlos Mestre. Y pude hablar con sosiego con Alejandro López Andrada, quien, por otra parte, siempre se había cuidado de enviarme sus libros de poemas y sus novelas.  Tuve la sensación de estar frente a una suerte de guardián de la poesía que, contemplando en la lejanía los mundos literarios de Córdoba, Barcelona y Madrid, seguía aferrado a la tierra originaria y a sus fantasmas e intentaba que los poetas que vivíamos en los “grandes” centros literarios del país pasáramos por aquellos pueblos a decir nuestros versos, a compartir con él ratos de complicidad y a convivir con sus fantasmas, con su memoria, con esa verdad tan honda que a veces nos transmite quien está acostumbrado a vivir en soledad, a escribir versos lejos de todo, al margen de todo aunque consciente de que siempre hay un hilo conductor (más aún con las nuevas tecnologías) del que puede tirar cuando lo considera necesario. Y por si el lector quiere conectarse periódicamente con sus escritos y con sus zozobras y certidumbres, Alejando tiene un blog que se mueve entre la reflexión el poema en prosa. Para acceder a él no hay más que pulsar aquí.
Alejandro López Andrada, entre Juan Carlos Mestre y el autor de este blog
Sus libros en prosa, su narrativa (desde Un dibujo en el viento o El óxido del cielo hasta la reciente novela Los ojos de Natalie Wood ) y sus poemas conforman un universo compacto. Es un escritor con mundo, algo que no todos pueden afirmar. Y parte de ese mundo son las “voces derrotadas” que, como avisos o quejas (o ambas cosas a la vez) de una realidad humana devastada y humillada en la postguerra en el valle de los Pedroches, en las montañas que rodean Pozoblanco, se convierten en hermosos y contenidos poemas. Eso es lo que tiembla, respira y emociona en su libro Las voces derrotadas. Ahí está la memoria del padre, la sombra del expatriado, la vieja bicicleta que servía para las confidencias padre-hijo, los niños uniformados y colocados por la OJE en una “hilera humilde”, las huellas de una dictadura alejada de cualquier modo de piedad, que hubo de cobrarse en humillaciones sin cuento el desafío al que se “atrevieron”, durante la República, los desheredados del campo y de la ciudad (y cuya alargada sombra podemos ver hoy en el comportamiento de algún que otro ministro, curtido, de seguro, en la cultura familiar de los vencedores).  Pero todo ese “relato”  se desarrolla y avanza, poema a poema, con el telón de fondo de un paisaje de una belleza no por triste menos conmovedora: los corrales, los huertos, la niebla de los días de marzo (he recordado ahora aquél par de versos maravilloso y hondo de Diego Jesús Jiménez: “Aquellos días de marzo, / llenos de  amaneceres y alfileres”), la arboleda por donde cruza un vagabundo, la luz del invierno, los frutales en medio del campo, la nostalgia de un París vivido a través de otros y en un tiempo difícil...


Comarca de Los Pedroches (Córdoba). Panorámica
Alejandro López Andrada no escribe desde la distancia o desde la impostura. Escribe desde lo vivido, desde la memoria propia y desde la memoria que le legaron sus antepasados. Un velo de frío y de desolación recorre el libro, pero también un hilo de ternura y de calidez, de compasión y solidaridad: ellos, los vencidos, son los suyos, son parte de su carne y el poeta, que siempre ha de nutrirse de verdad --¡cuánta falta de verdad en buena parte de la poesía que hoy se escribe y cómo se nota!--, les rinde el más hermoso de los homenajes: convertir sentimientos en arte, en palabras que revelan y conmueven, en poesía. En la “honda palpitación del espíritu” y en la “palabra en el tiempo” de que nos hablara Antonio Machado, tan presente por otro lado (en su proteína, que es lo esencial), en la obra de Alejandro.

Dejó aquí el poema "Una bicicleta" como hermosa muestra de un libro memorable:

"No he vuelto a oír
la nieve susurrando, hablándole
al silencio con ternura,
hilando en un murmullo la arboleda,
como en aquella noche
tan lejana,
¿te acuerdas, padre?, en que los dos viajamos
por tu memoria
y lento me llevabas
subido en una humilde bicicleta
atravesando el tiempo
que iba abriéndose
como una mano blanca en la espesura."

jueves, 8 de noviembre de 2012

Un almuerzo con Antonio Gamoneda y con "Canción errónea"

El último día del pasado octubre tuve la fortuna de almorzar, por iniciativa de Fanny Rubio, con Antonio Gamoneda. Fue en el Circulo de Bellas Artes, ese lugar que ha acabado por convertirse en escenario de casi todos los encuentros que he mantenido en el centro de Madrid con poetas, narradores y amigos con otras dedicaciones en los último años.  El caso es que Fanny había organizado el almuerzo para obtener apoyos para el proyecto "Espacios de Intercreación / Creadores sin fronteras" y para intercambiar impresiones sobre la necesidad de reforzar los niveles de compromiso de los artistas en estos tiempos de recortes sociales y de retroceso democrático.


Éramos siete u ocho comensales, pero el azar (o la premeditación de Fanny) hizo que en un extremo de la mesa nos situáramos, frente por frente, Antonio y yo. Esa circunstancia convirtió el almuerzo en un reencuentro cálido puesto que hacía al menos seis meses que no nos veíamos --creo recordar que no hablábamos desde la entrega del último premio Cervantes a Nicanor Parra (el chileno no estuvo presente por razones de salud,  fue su nieto Cristóbal Ugarte, quien lo recogió en su nombre) en el acto de la Universidad de Alcalá, donde intercambiamos algunas palabras de trámite-- y era una buena oportunidad para pasar revista a la literatura , a España, a Europa y al mundo, sobre todo con el horizonte de las elecciones en Estados Unidos (todos en la mesa apostábamos por Obama y todos, en parte, somos ganadores). Hablamos, claro, del tiempo transcurrido desde la última conversación que merecía tal nombre, cuando, allá por el año 2008, yo trabajaba en el Instituo Cervantes. de las polémicas y los malos entendidos suscitados a propósito de su punto de vista sobre la obra de Ángel González o de Mario Benedetti, de los ejércitos de viudas y de viudos que les nacen, tras su muerte, a los grandes poetas, y de la suerte diversa, que va de la muerte en vida a la actividad intensa pasando por el pulso débil y el electroencefalograma semiplano, que corren las fundaciones a ellos dedicadas. Nacen para difundir, defender y estudiar la obra del fallecido y acaban siendo un campo abonado para la jurisprudencia sobre la materia y las pugnas entre herederos legítimos, ilegítimos y hasta voluntarios que pasaban por allí. Y cuando funcionan bien, las víctimas propiciatorias de los recortes en cultura, como si las políticas conservadoras tuvieran como enemigos declarados a los poetas. Aunque hayan pasado al "club de los poetas muertos".

Sin embargo, la mayor parte del tiempo la dedicamos a charlar, ayudados por el vino y por una comida modesta y sabrosa, de poesía, de su último libro, Canción errónea (que comencé a leer unas horas después, en el Metro)  y de algo tan inevitable y yo diría que obligado en los tiempos que corren como la crisis económica. Yo no sabía en aquel momento que algunos días después iba a aparecer una larga entrevista en Babelia, por lo que buena parte de las afirmaciones de Gamoneda, que, más o menos matizadas, aparecerían en el suplemento citado, me fueron llamativas y sorprendentes.

Siempre he pensado que Gamoneda es un poeta que, en cada libro, en cada poema, se asoma al abismo. Desde Descripción de la mentira, libro de 1977, ha venido tanteando esa sucesión de ventanas oscuras a las que se asomara  la vida y que sólo descubre --cuando las descubre-- el poeta. Recordamos a Gelman, hablamos, casi de pasada, del gesto de Javier Marías (un gesto ya amortizado políticamente una vez que ha transcurrido una semana desde su rechazo del Premio Nacional) y me hizo saber su desconfianza hacia el mundo de Internet y de las nuevas tecnologías: sus vínculos con esa realidad están delegados en Amelia, su hija, espléndida traductora y veladora permanente de la tranquilidad del poeta (ya tiene 81 años y lo merece) y de la integridad de su obra.

Gamoneda habla de manera pausada. Cierra los ojos como si una luz exterior lo deslumbrara y precisara recluirse en su interior para sacar de allí las palabras. Es hombre de origen humilde que contempla aterrorizado el proceso de desmantelamiento que está llevando a cabo la derecha en Europa, en el sur especialmente (con cierta tibieza socialista) para cubrir el pozo financiero de la banca y se le ha ocurrido promover una alternativa que se aleje de la estridencia y la confrontación y descienda al núcleo poblacional más básico: el barrio. Lo cuenta en la entrevista de Babelia y su idea descansa sobre la posibilidad de establecer, a un ritmo lento pero decidido, un circuito paralelo de relaciones económicas que tengan como base el cooperativismo, el desarrollo de la actividad económica local. Frente al poder de los bancos, buscar fórmulas que eludan su necesidad, en las que el ciudadano sea de verdad el protagonista. No son ideas a echar en saco roto. La continua (y creciente) presión del Bundesbank y de la canciller Merkel para que la Europa del Sur siga recortando servicios públicos, derechos y dosis de felicidad colectiva va acabar por obligarnos a buscar alternativas a una sociedad a la que le imponen como labor prioritaria salvar bancos a costa de hundir familias.

Pero Gamoneda es también (sobre todo), poesía con abismo, con estremecimiento, con dolor. Canción errónea está en la estela de sus mejores libros, especialmente de Libro del frío. Es una poesía que, sin perder pie en la realidad, nos araña muy adentro, remueve nuestra memoria y nos pone de frente ante la vida y sus incertidumbres.  Emoción, lenguaje que enamora, descubre y redescubre, rigor y, sobre todo, un enorme caudal de interrogantes, de preocupación existencial ante ese errático e incomprensible fruto que es la vida: una existencia entre dos oscuridades, la previa al nacimiento y la que aguarda al otro lado de la muerte.

Como muestra vale un poema del libro:

"Un desconocido habita en mí. Agoniza y, para agonizar, utiliza
                                                                                 [mi corazón.
Pienso en mi padre enloquecido por la visión de frutos muy frescos, 
     [pienso en el amor y en la morfina. No, no es mi padre. Pero,
     [entonces, ¿quién
agoniza en mí?

Cabe que yo mismo sea el desconocido y que mi corazón no sea mío
     [aunque yo ponga en él sus latidos. Cabe.

En realidad no hay problema. En cualquier caso, yo voy a ser,
     [ya estoy siendo,
huérfano de mí mismo."

He de subrayar que la preocupación social del poeta leonés no es nueva: estos días he recordado la parte de su obra en la que ésta era tan explícita que bordeaba la apuesta que otros poetas (Nora, Celaya, Crémer, Blas de Otero) hicieron escribiendo una poesía directamente comprometida. La editorial Bartleby, en la primera etapa de su serie Lecturas21, reeditó, con prólogo de Elena Medel, un libro emblemático de la poesía de los años 60, Blues castellano. Un libro que si hace unos años, cuando llegó por segunda vez a librerías, parecía haber perdido vigencia en sus contenidos (eran los años del crecimiento, del optimismo colectivo y de la burbuja), ahora, en medio de una crisis a la que no se le ve el final, cobra una actualidad estremecedora.

Cierro con una sugerencia adicional a los libros citados. Entrad en el enlace al documental Escritura y alquimia, un homenaje que distintas instituciones prepararon y publicaron dos años después de que Antonio Gamoneda fuera galardonado con el Premio Cervantes. Disfrutadlo.

jueves, 4 de octubre de 2012

Vidal Cadellans, ese desconocido que murió demasiado pronto

Parte de la historia de nuestra literatura de posguerra es una suerte de armario en sombra en el que duermen autores y libros que quedaron relegados por razones diversas o porque no tuvieron la fortuna de encontrar un sendero de reconocimientos, respaldos mediáticos y publicidades varias. Poetas, ensayistas, narradores, dramaturgos…. De todo hay en la viña de la literatura de los años cincuenta y sesenta. Al otro lado de Carmen Martín Gaite, de Sánchez Ferlosio, Marsé, los Goytisolo o Caballero Bonald, por citar sólo a unos cuantos, hubo escritores muy notables cuyo esplendor fue efímero, difícilmente pasó a los recuentos y antologías.

Uno de esos autores, novelista por más señas (también poeta, acabo de descubrirlo) tuvo por nombre José Vidal Cadellans. Gozó de cierto prestigio durante un par de años porque ganó el premio Nadal de 1958 con la novela No era de los nuestros, pero ese renombre no tardaría en apagarse. Lo apagó, sobre todo, su prematura muerte: falleció en 1960, con sólo 32 años (había nacido en 1928) dejando dos novelas inéditas que aparecerían en los años inmediatamente posteriores.

El descubrimiento

Una de las pocas imágenes públicas
 de José Vidal Cadellans
La primera noticia que tuve sobre Vidal Cadellans fue a mediados de los años ochenta: al leer el volumen La novela desde 1936, segundo tomo de Historia de la literatura española actual (Alhambra, 1980), de Ignacio Soldevila, despertó mi interés un apartado, en el que, bajo el subtítulo "La búsqueda de nuevas fórmulas narrativas", el autor citaba a José Vidal Cadellans con una refeencia  que incitaba a la indagación: un auténtico anzuelo para mi pasión buscadora de autores en sombra: "José Vidal Cadellans (...) merece pasar a la historia por una originalísima obra, injustamente olvidada, que analizaremos con el mayor detenimiento posible".  Mi curiosidd se desencadenó de inmediato: en el mar dominante de la novela social de aquellos años, alguien intentaba otro tipo de aventura literaria. Avancé algunas páginas buscando el análisis prometido por Soldevila y encontré, junto a un amplio recorrido por el conjunto de su obra, la novela anunciada: Ballet para una infanta. Soldevila afirmaba: “es la primera novela española que se inscribe en la trayectoria novelística marcada por Kafka (...). Vidal Cadellans ha logrado crear una auténtica atmósfera kafkiana, pero distinguiéndose limpiamente de ésta por el empleo de una fina ironía que viene a rozar a veces con el humor del absurdo”.  Y concluía su análisis con las siguientes palabras: “La novela de Cadellans da literalmente la impresión a veces de un relato traducido, a fuerza de presentarnos una creación tan por completo ajena a nuestra tradición literaria que el menor sintagma inhabitual al castellano literario hace inmediatamente pensar en un ´defecto de traducción'”.

En el apartado en que estaba incluido Cadellans se encontraban otros novelistas que impulsarían la renovación de la narrativa social: Juan Benet, Mario Lacruz, Antonio Prieto, José María Mendiola o Andrés Bosch, entre otros.Intuí que la renovación que a principios de los ochenta acometen autores como Molina Foix, Azúa, Marías o Gándara  tenía en Cadellans un antecedente poderoso aunque no reconocido (quizá por desconocimiento).  
De inmediato me propuse encontrar un ejemplar de la novela. Recorrí algunas librerías de viejo, pregunté en la que yo era habitual (hablo de Fuentetaja) sin que nadie me diera razón. Sería Francisco Solano, narrador y crítico, quien un buen día se presentara con el codiciado ejemplar de Ballet... en uno de los muchos almuerzos que surcaron los mediodías de aquel tiempo, almuerzos en que preparábamos, junto a Ángel García Galiano, el programa radiofónico Libromanía,  Lo había encontrado en la biblioteca de la sede de la hoy desaparecida revista Reseña, de la que entonces era redactor jefe.

Ballet para una infanta

La leí con fruición en muy pocos días y no me defraudó. En aquella novela, ambientada en una ciudad portuaria que podía perfectamente estar situada en cualquiera de los lander costeros de Alemania, estaba Kafka, y Camus, y Walser, y Max Frisch. Era una novela inconcebible en la España de 1958, o de 1959 y más inconcebible aún escrita por un escritor de apenas treinta años al que se suponía alejado del acerbo literario y cultural del que se disfrutaba en la Europa democrática a causa de la realidad dictatorial del franquismo. La novela, que, según he podido leer en las escasísimas, casi nulas referencias periodísticas y críticas que he encontrado (en Internet y al margen de Internet), contó con varios títulos antes de publicarse como Ballet para una infanta (para una infanta difunta, o moribunda, entre otros calificativos), tuvo una suerte crítica muy limitada (pasó casi inadvertida) y quedaría relegada entre el bosque de best-sellers y novelas de entretenimiento que acogía el catálogo de Plaza y Janés de la época. Reflexión filosófica, ambientes brumosos en una ciudad llamada Curlandia, calles enrevesadas y un hermoso palacio rodeado de jardines con las luces encendidas esperando la fiesta (el ballet) en la que encontrará encaje una ambigua e inquietante historia de amor entre Herta y Félix, los dos protaognista.

Las dos ediciones de Ballet. para una infanta.
Germanía en 2000; Plaza y Janés en 1963
Mi impresión fue tal que algunos años después, cuando E. y yo creamos, para la editorial valenciana Germanía la colección de narrativa El Umbral, la reedité bajo ese sello. Fue una hermosa edición empaquetada en un diseño con una fuerte personalidad, claramente diferenciado de las colecciones que a finales de los noventa funcionaban en España. Apareció en 2000 con un prólogo que yo firmé y que ahora publico en el blog La estantería de Al margen y al que cualquier lector puede acceder fácilmente, milagros del ciberespacio. He de decir que la novela en esa nueva edición está desaparecida: es inexplicable que en Internet sólo sea encontrable la portada de la edición antigua, que la bella y austera portada de una reedición impecable esté desaparecida.

El escritor, el ser humano
  
Junto al libro me fascinó el José Vidal Cadellans escritor jovencísimo, enfermo y muy prolífico, nacido en Barcelona y residente en Igualada (donde moriría), con una formación existencial-cristiana, que vivió en los márgenes de la literatura española de la época, que tuvo formación de seminarista y que, cuando murió, tenía en su haber, al menos tres novelas: la del Nadal, No era de los nuestros, y las dos que aparecerían póstumamente, Cuando amanece (1961), y Ballet paa una infanta (1963). A lo largo del año que precedió a la reedición de esta última para Germanía, tomé contacto con su hija, Solange Vidal Torrescasana, que seguía viviendo en Igualada un tanto alejada de lo que fue la vida literaria de su padre. Hablamos muy poco, es verdad, pero la circunstancia que acabo de mencionar despertaba en mí una atracción casi morbosa por la figura de Vidal Cadellans. Después, a fuerza de indagación en Internet y de buscar declaraciones de algunos de sus coetáneos, pude acercarme a una vida discreta de un escritor que vivió "en la provincia" y que era dueño de un poderoso impulso creativo y de una enorme capacidad de trabajo. Una pregunta que me hice en los años posteriores era. ¿De dónde podía venirle el aire de novela centoeuropea, radicalmente moderna, de Ballet para una infanta, a Cadellans?

Creo que junto a un gran cúmulo de lecturas, ayudó a su estilo el intenso trabajo que como versionador y traductor de novelistas europeos o norteamericanos realiz para Plaza y Janés  (la mítica colección Reno) y para otras editorilaes, en algunos casos en colaboración con escritores conocidos entonces como Ramón Hernández. Así, todavía es posible rastrear, en la Red, numerososas obras del sueco Mika Waltari, entre ellas Vacaciones en Carnac, o Una muchacha llamada Osima, del norteamericano de origen polaco Leon Uris o del italiano Curzio Malaparte en cuya portada figura el nombre de José Vidal Cadellans como traductor. Supe que trabajaba en la restauración del patrimonio de la Iglesia en la provincia de Barcelona y que entre sus autores prefereidos estaban Kafka, Camus y Baroja. Y, rastreando en las crónicas del Nadal de 1958 (sobre todo en ABC y en La Vanguardia), he descubierto que escribió poesía, que tenía no pocos poemas guardados quién sabía donde (es probable que su hija sepa de ellos) y he sentido la necesidad de acercarme a ellos, de leerlos y valorarlos en relación con su labor como novelista. Es más, he sabido que presentó un libro de poemas de poemas al entonces prestigioso premio Boscán (lo concedía el Instituto de Cultura Hispánica en Barcelona): ¿qué habrá sido de ese libro? 

Vidal Cadellans es hoy un raro. Un absoluto desconocido. He entrado en la web de la editorial Germanía y la novela ha desaparecido de su fondo. Ni rastro no sólo Ballet para una infanta, sino de la colección de narrativa El Umbral, proyecto efímero que no pasó de los cinco títulos. Problemas de distribución, quizá una escasa conciencia de la dimensión de la obra que acababa de ser publicada y dificultades económicas de diversa índole hicieron que esa nueva edición, con un bello y moderno diseño, pasara casi inadvertida. Tuvo algunas críticas en las que se advertía desconcierto y sorpresa (Luis de la Peña, en Babelia, por ejemplo), pero éstas no sirvieron para restirui la novela al lugar que merecía. Sería bueno corregir ese "insuceso": las editoriales literarias de hoy tienen ahí un desafío no desdeñable. Estoy leyendo estos días una novela anterior de Cadellans: la que fue premiada con el Nadal, No era de los nuestros y, aunque muy diferente a Ballet puesto que tiene un trasfondo existencial y respira una suerte de cristianismo heterodoxo (la huella de Bernanos, de Julen Green, de Malraux) que le da un aire de época cruzado por un inteligente y sutil desafío a las verdades establecidas por el régimen de Franco, me parece una magnífica novela.
 
En este rastreo por las huellas del escritor muerto con sólo 32 años he encontrado dos "documentos" que me parecen muy interesantes para el lector curioso. El primero es el fragmento de una semblanza necrológica que el escritor  y amigo Tomás Salvador publicó, al día siguiente de la muerte de Cadellans, en La Vanguardia:

“Vidal Cadellans, en la docena escasa de artículos que había publicado, motivó otras tantas polémicas. Tenía la virtud de irritar siempre a alguien, de que se enfadaran con él los satisfechos de la vida. Buena cosa es ello: la simpatía es señal de decadencia. Y Vidal Cadellans, enfermo grave, físicamente menos que un niño, no inspiraba simpatía tontonas. Ni llevaba su enfermedad por bandera. En todo caso, su enfermedad era un freno, casi digo que afortunadamente, no por estar enfermo, que esa es cuestión de Dios, sino porque de estar con todas sus fuerzas la literatura de Vidal Cadellans hubiera sido torrencial, algo increíble. Vidal Cadellans escribía cartas de cinco o seis folios a un espacio; sus artículos allá se le iban. Podía escribir treinta o cuarenta páginas diarias de un libro”.
La segunda es una conversación de urgencia realizada por teléfono cuando le fue concedido el Nadal y publicada en ABC el 7 de enero de 1959. Él está ausente, ilocalizable y quien se pone al teléfono es su madre, residente en aquel momento en el pueblo de Relllinás. Lo reproduzco.

"José Vidal Cadellans, ha ganado el Premio Nadal de Novela 1958 con No era de los nuestros.
--No está ¿quién le llama? Soy su madre ¿Pasa algo?
-- Sí, señora, que su hijo ha ganado el Premio Nadal de Novela. ¿Y dónde está su hijo?
-- En Igualada; ha ido a ver a su novia. No tiene teléfono.
-- ¿Qué hace su hijo?
--Trabaja aquí, en la central telefónica. Además se dedica a las traducciones. Tiene treinta años, alto, delgado, lleva lentes. Ha estado varios años enfermo.
--¿Ha escrito algo antes?
--Hace dos o tres años que manda una novela al Nadal. Fué al Boscán de poesía y en el concurso de cuentos de El Correo Catalán quedó segundo.
--Adiós, señora y felicidades.
Llamé a la fábrica donde trabaja la novia, a casa de los dueños de la fábrica, a otra dirección que me dieron...No dí con ella. ¿Dónde se habrán metido".

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Mis mañanas en la biblioteca: una burbuja acogedora

Desde hace algunos meses, circunstancias que no vienen al caso han hecho que buena parte de mi tiempo de trabajo relacionado con la literatura lo desarrolle en una biblioteca municipal de la ciudad de Madrid. Es la biblioteca de mi barrio. Allí, de incógnito, con mi notebook y con mis carpetas, con mis apuntes para la última crítica, los poemas a medias o la novela que tengo a punto de terminar desde hace meses, me meto en una burbuja.   Y he de reconocer que con un rendimiento muy superior que cuando permanezco en casa, en mi cuarto de trabajo. El silencio de la estancia, la compañía muda de lectores y usuarios encapsulados, a su vez, en sus correspondientes burbujas, generan no sólo un clima muy especial, propicio a la meditación: también la necesidad de concentrar los sentidos en los trabajos pendientes sin que la radio (a la que tan propicio soy cuando estoy en casa), las llamadas telefónicas u otro tipo de ocupaciones se entrometan en una labor que requiere cierto grado de ensimismamiento.

Hasta ahora apenas había utilizado la biblioteca del barrio (ni ninguna otra, lo confieso, salvo en momentos muy puntuales). Siempre la he contemplado de lejos, de manera fugaz, desde el autobús o desde la acera de enfrente en algunos de mis paseos o, de manera algo más cercana, como una posibilidad que me aguardaba en la planta de arriba del centro cultural cuando he asistido a alguna exposición o alguna actividad organizada por asociaciones del barrio.
Ahora, sin embargo, tiene algo de prolongación de mi biblioteca personal, de mi propio cuarto de trabajo. Vivo la compañía de jóvenes estudiantes preparando exámenes o ultimando trabajos, acumulando información para algún comentario de texto o simplemente leyendo. También la de algún pensionista que ha encontrado allí el paraíso que nunca tuvo en su vida activa, o la de una mujer, madura y bella, perdida entre dos diccionarios y avanzando, bolígrafo en ristre, sobre un folio que va llenándose de palabras. Adivino también la presencia de algún profesor del instituto próximo o de algún maduro alumno de la UNED acumulando bibliografía (se sitúa cerca de donde yo suelo sentarme y no he podido sustraerme a la observación) sobre uno novelista casi olvidado: Ramón J. Sender.

Centro Cultural Diego Jesús Jiménez en Priego: "Lugar de la palabra"
 
He recordado la biblioteca de la infancia, en una de las calles transversales del barrio de la Concepción, en el Madrid semifuncionarial que, en los primeros años sesenta del pasado siglo, crecía entre la Ciudad Lineal y la plaza de toros de Las Ventas. Era de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad, de lo que hasta hace muy poco se denominara “obra social” y la recuerdo como un lugar extraño al que de vez en vez acudía con mis amigos del barrio de la Alegría buscando, sin ningún criterio y sin guía “literaria” alguna, la rara protección de los libros, maravillosos objetos de los que en casa carecíamos y en los que por casualidad, gracias al regalo de cumpleaños de una tía carnal de un volumen de las Aventuras de Guillermo Brown, yo había encontrado un espacio en el que vivir realidades algo más hospitalarias que la que nos tocó vivir en aquel barrio de calles embarradas, vertederos, desmontes y casas bajas, sin alcantarillado ni agua corriente (sí, así era el barrio de la Alegría donde fui niño y me asomé a la adolescencia).   

Después, con los años, vendrían otras bibliotecas: las precarias de los centros parroquiales de la pretransición, en las que la literatura de siempre se mezclaba con libros en los que se alumbraban las posibilidades de una literatura de base cristiana comprometida con el mundo  —el Bernanos de Diario de un cura rural, el Martín Vigil de Los curas comunistas—, los libritos de ZYX en los que hablaba la teología de la liberación, algunos libros llegados de Ruedo Ibérico y no pocos volúmenes de pedagogía social; las bibliotecas de las asociaciones de vecinos, repletas de libros que no encontraban espacio en las casas de sus socios, una mezcla improvisada de best-sellers , libros-documento, novelas baratas (aquellas ediciones de Reno,  con la Sagan, Faulkner, Maugham, Morris West), ensayos políticos y  no pocos volúmenes de aquel nuevo género que acompañó la transición en los barrios que fue la sociología urbana: Manuel Castells, Jordi Borja, Jesús Gago, Eduardo Leira;  aquella biblioteca, que no llegué a visitar, que creó en 1976, en un pueblo de la Cuenca profunda, el poeta Diego Jesús Jiménez, hecho que fue considerado un acto subversivo y que lo llevó a pasar unas horas en el cuartel de la guardia civil del viejo pueblo de Hortaleza por una denuncia de las autoridades franquistas; la biblioteca regional de la Comunidad de Madrid, un edificio de ladrillo visto situado en la calle Azcona, hoy bautizada con el nombre de Manuel Alvar, allá donde el Madrid del barrio de Salamanca desciende sin darse cuenta hacia el que fuera periférico de Las Ventas y de la M-30, donde presenté mi primera novela, Mar de octubre, un día de diciembre de 1989 y donde sitúo alguna de las escenas de Verano, la más reciente.
 
En la biblioteca del barrio, en esta burbuja acogedora que, por unas horas, me aísla del mundo, escribo, imagino, evoco. Y pienso, algo inevitable, en el cúmulo de ilusiones, de proyectos (muchos de ellos nunca llegan a cumplirse) que suele alimentar la creación de cada biblioteca: las que nacen en pequeños pueblos de nuestro extenso y muchas veces abandonado mundo rural; las que acompañan proyectos utópicos, casi imposibles: bibliotecas de poesía como las de las fundaciones dedicadas a conocidos poetas (José Hierro, Blas de Otero, Diego Jesús Jiménez, Caballero Bonald, Alberti….), bibliotecas de literatura escrita por mujeres…

A veces me pregunto por la convivencia con la realidad virtual de Internet de estos micromundos con las paredes tapizadas (casi construidas )con papel impreso, con libros que nunca dejarán de oler a tinta y a papel, en los que a veces nos salen al encuentro olvidadas señales de lectores  ya  inencontrables como el pétalo seco, cuarteado, de una rosa, un billete de autobús, o de metro,  que habla de un viaje de décadas atrás, una tarjeta, una hoja seca, una hebra de lana, un hilo, un separador que publicita una librería que se llevó la crisis de los noventa. Intuyo que será una convivencia respetuosa, que el libro en papel encontrará su lugar en la nueva realidad de las tabletas y de los e-books.

He descubierto la biblioteca del barrio. Con el paso de los días la voy convirtiendo en una nueva habitación para la meditación y la escritura. En una nueva sección de mi cuarto de trabajo, en una prolongación acogedora de la biblioteca de casa. Está junto a un parque inmenso y eso ayuda.  

miércoles, 15 de agosto de 2012

¿Quién lee hoy al poeta Eladio Cabañero?

Ayer, buscando en Internet fotografías del Madrid literario de los años sesenta y setenta, me encontré con la imagen de Eladio Cabañero junto a otros poetas. Recordé, de pronto, que durante algunos meses de 1991 ó 1992, estuve trabajando en su poesía para escribir el prólogo de una antología que pasaría inadvertida, Señal de amor, y caí en la cuenta de que hasta yo, lector apasionado de su obra en mi adolescencia y en mi primera juventud, lo había olvidado. Si injusta es, en general, la vida con los hombres buenos, la vida literaria lo es aún más con los hombres buenos que, además, son buenos poetas y procuran vivir de manera discreta.

"Memoria de Tomelloso". Antonio López

Cuando lo conocí, yo no había cumplido los veinte años aunque había leído, en la antología Poesía última, de Francisco Ribes, algunos de sus poemas más conocidos: "El andamio", "Castilla 1960" o "Antes, cuando la infancia"Debió ser una mañana de la primavera de 1971, o de 1972, en la que Diego Jesús Jiménez, poeta al que acababa de conocer como vecino del barrio de Hortaleza (¡cómo recuerdo aquellas largas tardes de tortilla de patatas, poesía, conversación y empeños democráticos en su casa de la Avenida de San Luis!), que ya era un poeta conocido y contaba en su haber con los premios Adonais y Nacional de Poesía, nos llevó, a Manuel López Sanz, un amigo de adolescencia que también escribía versos, y a mí, a "conocer el mundo literario", ese ámbito que veíamos, desde el barrio, lejano y casi inaccesible.

Recuerdo que fuimos en el Citröen dos caballos del padre de mi amigo, que lo dejamos aparcado en una de las calles próximas a la Castellana (entonces no había ORA ni nada parecido), y que cuando nos quisimos dar cuenta estábamos en el Café Gijón saludando a un hombre corpulento, de poco más de cuarenta años (aunque a mí me pareció mucho mayor), escuchándole hablar de poesía con una mezcla de ironía cachazuda y distanciamiento, y riéndonos con esa risa nerviosa que produce vivir una experiencia que se cree improbable por no decir imposible.


 
Eladio Cabañero junto a José Hierro
Cuando salimos de allí (creo que dejamos sin pagar las consumiciones en aplicación de una práctica a la que era asiduo cierto sector de la bohemia madrileña y aficionados algunos poetas) recuerdo que mi amigo Manuel me dijo que le costaba mucho trabajo asimilar que el Eladio Cabañero que acabábamos de conocer, una manchego bromista que mantenía un aire entre campesino y funcionarial, pudiera haber escrito los poemas de amor de libros como Recordatorio o Marisa Sabia y otros poemas. Volvimos, con Diego Jesús, al barrio, a las partidas de ajederez, a las tertulias sobre poesía, política y cultura, sexo y cine, a los paseos por las calles del barrio de Hortaleza. En los años posteriores, no volví a tener relación con él, aunque sí leí cuanto de él aparecía en revistas y en otras publicaciones literarias.

Sería a finales de 1989, en la presentación de mi primera novela, Mar de octubre, cuando volvería a encontrarme con Eladio. Discreto, acompañado de Félix Grande y de algún poeta-funcionario, me felicitó calurosamente y me sorprendió al decir que ya había leído la novela, que le había gustado mucho y que se notaba que estaba escrita por un poeta. Mi gratitud fue inmensa. Habían pasado diecisiete años desde la visita al Gijón, Eladio se aprestaba a cruzar el rubicón de los sesenta y yo acababa de cumplir treinta y siete. Yo no sabía que nuestra relación se iba a "normalizar" en los años posteriores.

En efecto, en abril de 1990, no recuerdo a través de qué conducto (creo que fue Antonio Huerga, el editor de Libertarias), me llegó su invitación a prologar una antología que venía preparando con gran ilusión y excesiva lentitud (era poco "mirado" para sus cosas). No eran tiempos fáciles para la difusión de su obra: la poesía figurativa de la generación de los 80 estaba en pleno auge y sus referentes eran, en la generación del 50, Gil dde Biedma, Ángel González, para los más experienciales, y Claudio Rodríguez y José Ángel Valente, para los más metafísicos. En tierra de nadie, en un desamparo que en el fondo lo había acompañado desde siempre, estaba su coetáneo del 50, Eladio Cabañero. Recuerdo un par de visitas al cuchitril del Servicio de Publicaciones del Ministerio de Cultura donde trabajó hasta la jubilación, algún almuerzo en el Café Gijón para intercambiar impresiones sobre el estado de mi prólogo, y su incredulidad porque hubiera, en la sociedad literaria de la última década del siglo XX, poetas, críticos o simples lectores interesados en su obra.

Aquellos días pude adentrarme en sus poemas y conocer en detalle la dificultad y el trabajo que subyacían tras la aparente sencillez de sus versos. Tenía un dominio extremo de la estrofa clásica, especialmente del soneto: algunos de los que aparecen en su primer libro, especialmente "El vino desahuciado", son ejemplares, deberían figurar en el programa de todo taller literario. Pero lo esencial de la obra de Eladio son algunos ingredientes que lo emparentan con sus coetáneos de la Generación del 50. El tono conversacional, directo, con una chispa de ironía, casi siempre compasiva, nunca hiriente. El carácter narrativo de buena parte de sus poemas. El papel, básico, esencial, de la memoria, especialmente la memoria de la infancia vivida en Tomelloso, una memoria en la que brillan con especial intensidad la natuarleza, la relación con sus mayores, el telón de fondo de una guerra que marcó a su generación, la de los "niños de la guerra". Los amigos, los humillados y ofendidos (el pocero, los albañiles, los trabajadores del campo), la amada, siempre evocada en un tiempo joven y maravilloso con el fondo del pueblo y de una naturaleza cercana y prometeica....

Decía que Eladio Cabañero era coetáneo de la generación del 50. Fue antologado dentro de ella por algunos especialistas y críticos. Andrew P. Debicki, lo integró en su espléndido ensayo Poesía del conocimiento. La generación española de 1956 - 1971. Leopoldo de Luis en Poesía social española contemporánea (1965), Francisco Ribes en el ya citado Poesía última, Antonio Hernández en La poética del cincuenta. Una promoción desheredada (1978).... y poco más. No estuvo en la canónica de Juan García Hortelano y no estuvo en ninguna  de las que consagraron los nombres de su generación, ni siquiera en las que, como Poetas españoles de los cincuenta, de Prieto de Paula (2002), o La promoción poética de los 50, de Luis García Jambrina (2000), se publicaron tardíamente, con una perspectiva histórica consolidada.

Su mirada, no obstante (quizá eso explique el olvido en que vive su obra y su desaparición de la mayor parte de los recuentos), era muy diferente a la que dominaba entre sus compañeros de generación. Debicki lo señala en el estudio citado: "Los antecedentes sociales de Eladio Cabañero difieren considerablemente de los demás poetas de su generación. Nacido y criado en la pequeña ciudad de Tomelloso, Cabañero trabajó como peón en su juventud y tuvo una formación en gran medida autodidacta hasta su llegada a Madrid, cumplidos ya los treinta".


Creo que ahí está la clave. Fue un niño de la guerra que la vivió, no desde la cierta comodidad con que la evocan (un tiempo de felicidad, sin obligaciones, unas largas vacaciones...) poetas como Gil de Biedma, Caballero Bonald o José Agustín Goytisolo, entre otros. Su origen de clase hace que su mirada no sea la mirada crítica e irónica hacia la propia clase (Gil de Biedma), sino una mirada desolada, de sufrimiento, marcada por las desapariciones ("Muchos ya no volvieron. / Algunos no volvieron a echar hato los lunes / para irse de semana, a la vendimia") , por la muerte del tiempo feliz de antes de la guerra y por la sombra de la posguerra ("y a los niños dejaron de querernos. / Y nosotros, mis primos, mis amigos / no volvimos tampoco de la guerra"). La mirada del hijo de los vencidos perteneciente, además, a la clase más humilde.


Volver a la poesía de Eladio Cabañero es un saludable ejercicio. Es adentrarse en un mundo sólo desaparecido en parte (el mundo campesino y menesteroso que evoca) y en un universo de emociones que pervive con toda su frescura. Además, su mirada solidaria, el fuerte componente social de sus versos tienen una actualidad evidente en tiempos de crisis. Nunca como hoy la poesía comprometida tiene un sentido que vaya más allá del puro lenguaje. Quede, como muestra del legado poético de que podemos disfrutar acudiendo a sus versos, este hermosísimo poema cargado de connotaciones emotivas y de apelaciones a la memoria.



ANTES, CUANDO LA INFANCIA
(Del libro Recordatorio)

El cielo aquel pintado con tizas de colores;
el sol que se empozaba tantos jueves
para los largos temporales
( "Cuando se empoza el sol en jueves,
antes del domingo llueve...")
Aquellas calles largas con carros y viñeros;
el pregonero del Ayuntamiento
y el tío del "rabiche"; el carro
del "alhigue" cuando los carnavales;
las barberías con aquellos frascos
llenos de sanguijuelas coleantes;
el miedo de las noches del invierno
desiertas por el cierzo y los fantasmas;
las uvas, las espigas, la Glorieta,
la feria, el corralazo de los títeres...
¿Era aquél Tomelloso?
¿Era yo aquél, aquel de por entonces?
No me recuerdo bien. No tengo pruebas.
Era antes de la guerra. Mucha gente
no viviría bien, seguro, pero
el tiempo de los niños es hermoso,
y aunque la vida va a su mejoría
-según dicen- y hay tantos nuevos sueños:
viajar a la luna y los planetas;
inventar pan para que no haya pobres,
nueva fe en nuevos pechos,
aquel tiempo consuela a los que fuimos
niñez y luego muerte en nuestra infancia.
Antes que lo perdiéramos,
aquel niño de todos y de nadie
jugó por todo el pueblo, entre bidones
y cubas y trujales, en las fábricas,
en las destilerías de alcohol,
donde el vino zurría y se quemaba,
mientras nosotros -aúpa- nos saltábamos
montoneras de orujo, eras de lías.


Y el campo, ¿cómo era
antes de que aquel cielo, aquellos hombres,
se fueran a la guerra para no volver nunca?
...Vendimiadores tiempos,
una vez en las viñas, vendimiando, una noche
-quiero acordarme, pero ha tanto tiempo-
en la pequeña casa, acabada la cena,
todos bien avenidos se embromaron,
se tiznaron jugando al "San Alejo",
con la sartén tocaron seguidillas
y jotas a la luz de los candiles;
y luego se acostaron en parva por el suelo,
que ya no se cabía
sino en las alambores y en la cuadra.
Eran caras alegres como nunca haya visto.
Era antes de la guerra y yo tenía
de cuatro a cinco años.
Muchos ya no volvieron para echar hato los lunes
para irse de semana, de vendimia.
El cielo no volvió ni fue ya claro.
La gente se hizo dura,
y a los niños dejaron de querernos.
Y nosotros, mis primos, mis amigos,
no volvimos tampoco de la guerra:
de repente crecimos, fuimos otros,
nos perdimos igual que se perdieron
de vista, hacia el Oeste, tantas cosas.

lunes, 6 de agosto de 2012

La tormenta: emociones de todos los veranos

Ayer, domingo y 5 de agosto, cincuenta años de la muerte de Marilyn y horas de agonía de Chavela Vargas, volví a vivir una de las experiencias con mayor capacidad evocadora de cuantas recuerdo. Fue en el valle, al pie de la montaña, en la casa de Gargantilla del Lozoya: habíamos terminado de comer y en pocos minutos el cielo se empozó (hermosa palabra que guardo como una reliquia tras leerla en un hermoso poema del poeta olvidado Eladio Cabañero: "cuando se empoza el sol en jueves, / antes del domingo llueve", escribió) y el ambiente se puso oscuro y llegó viento del noroeste y en pocos minutos comenzó a chispear entre rugidos de la naturaleza y después llegó una lluvia abundante, y el granizo algunos minutos más tarde y el jardín comenzó a encharcarse, y la zona del porche proyectada hacia la montaña a recibir el agua como un barniz necesario. El rastrojo, las hierbas a punto de amarillear, los matorrales, la tierra despojada de naturaleza en las zonas más pisoteadas... todo comenzó a agradecer el regreso de la lluvia entregando al aire sus olores. Olor a hierba mojada, a paja húmeda, a tierra, a pétalos marchitos (los geranios, alguna rosa milagrosamente íntegra), olor a lejanía --"huele a lluvia de muy lejos", escribió Luis Felipe Vivanco, otro olvidado--, olor a otro tiempo.


Con la tormenta de agosto han vuelto a mí otras tormentas. Leídas y vividas. Por ejemplo: las tormentas de septiembre junto al mar de todos los veranos (le robo a Esther Tusquets la frase y sé que, allá donde esté, no reclamará derechos), cuando la mayor parte de los apartamentos y viviendas, también los comercios y un buen puñado de los bares, estaban vacíos, dormidos a la espera de la nueva temporada y quedábamos muy pocos veraneantes. Recuerdo especialmente dos o tres días de terribles tormentas junto a  Cabo de Palos en el verano en que concluí el primer borrador de Memoria, deseo y compasión, mi ensayo sobre la poesía de Manolo Vázquez Montalbán: fue en septiembre de 1997 y lo que yo viví con la emoción, cargada de literatura, con que evoco las tormentas, E. y mis hijos, todavía pequeños y dominables, los vivieron con cierta angustia porque aquellos días de lluvia acortaron obligadamente los días de baño, las horas de playa y sol, los juegos en la arena. Yo pasé muchas horas metido en el bungalow escribiendo, revisando los poemas de Manolo, estableciendo paralelismos entre versos, entre obsesiones, buscando los vocablos que hacían que en determinado poema sonara la música de otros poetas (Eliot, Gil de Biedma, Goytisolo...) y, sobre todo, saboreando aquellos textos que hablaban del verano, de unos veranos que yo había comenzado a mitificar y de los que eran propietarios algunos escritores catalanes y amigos del poeta estudiado: el citado Gil de Biedma, Esther Tusquets, Carlos Barral y toda la mitología concentrada a su alrededor en Calafell y Terenci Moix (su Olas sobre una roca desierta fue el precedente maravilloso que me llevaría a El día en que murió Marillyn). Fueron días de tormenta, de oscuridad, de una cierta tristeza que ahora evoco con una enorme melancolía: recuerdo que volvimos a Madrid antes de lo previsto, que la urbanización en que estábamos se llenó de charcos, que algunos garajes se inundaron y que sobre el faro se pintaron algunos de los más hermosos motivos para convertir la naturaleza en arte.


También han vuelto, con la tormenta de ayer, los temporales con que culminaba agosto en una aldea de Soria, Aguilar de Montuenga  en mis vacaciones infantiles. La lluvia caía en tromba sobre la vega, se imponía en los pajares, de los que arrancaba un intenso olor a estiércol y a lana húmeda, y nos recluía a todos los chavales en alguna habitación con la tristeza y con el parchís a esperar un final que preludiaba la vuelta a la rutina colegial que aguardaba al otro lado del final de las vacaciones.  En aquel pueblo (hablo de principios de los años sesenta), sus habitantes, campesinos todos,  temían al rayo y al relámpago, al viento traicionero que acompañaba al pedrisco, para ellos la tormenta carecía del romanticismo con que yo la evoco: era la incertidumbre sobre las tomateras,  era la amenaza de la descarga sobre alguna de las techumbres de las casas, el posible incendio, y era, todavía, motivo de rezos colectivos, causa para la cita de las más ancianas alrededor de la lumbre o excusa para que los hombres se refugiaran en el bar a sopesar beneficios y perjuicios del temporal. Recuerdo el frescor del aire al salir a la calle tras la escampada, el olor que llegaba de las eras (a trigo empapado), la acidez apacible con que olían las flores de los geranios de algún balcón próximo a nuestra casa... Allí nos sentíamos indefensos ante la tormenta. Los temores campesinos se nos contagiaban y vivíamos, en parte, su indefensión y su fatalismo. En todo caso, maravillosas tormentas de los diez u once años, antes de la adolescencia y de la juventud, cuando todo parecía formar parte de un extraño sueño del que, paradójicamente, deseábamos salir cuanto antes.




Imposible obviar, en este recuento de emociones, dos tormentas leídas (es decir: vividas por delegación): Tormenta de verano, la novela de Juan García Hortelano que pasaría a ser la metáfora de la vida "colonial" (de colonia o urbanización) en que se refugiaba, en los años cincuenta y sesenta, cierta clase media con afán de modernidad en algunos lugares emblemáticos de la Costa Brava. Aquella lectura está vinculada a largas horas de siesta sin siesta en mis veranos de bachiller, y al olor del salitre, y del viento algo más frío llegando del mar después del aguacero, un viento que olía también a redes, a caracolas, a algas acumuladas junto a medusas muertas y astrosas bolsas de plástico, al sexo frío del cadáver de la muchacha que apareció en la playa y que abría la novela a los meandros del argumento....

Y, por último (y vuelvo al principio) la tormenta que se desata, en los capítulos finales de mi novela Verano (2008), durante la cena con que sus personajes "celebran" el final de unas vacaciones que han durado quizá demasiado. Una tormenta que está cargada de experiencias personales, que sintetiza todas las tormentas vivídas y leídas a lo largo de mi existencia y que llena de melancolía y evocaciones a quienes representan a las dos generaciones que dan vida a la novela: los adolescentes que están descubriendo el amor y a los que la tormenta les sirve de excusa para refugiarse en un erotismo torpe, naciente y maravilloso; y los adultos "acuarentados" (te la debo, Manolo) que contemplan su pasado en el espejo de la lluvia y de la noche. 

martes, 26 de junio de 2012

Las flores de Richard Ford y su mirada sobre Raymond Carver

La primera noticia que tuve de Richard Ford me llegó a mediados de los años ochenta, cuando en el diario El País, en su suplemento de libros, leí un amplio reportaje sobre el realismo sucio americano. Aunque el artículo se centraba, sobre todo, en Raymond Carver, lo cierto es que dentro de la nómina de nuevos narradores realistas norteamericanos que ofrecían al lector estaba, en un lugar destacado, Richard Ford. Aquel reportaje me abrió a aquella narrativa que, sin renunciar a la realidad, nos llegaba del país en el que en el último siglo se habían gestado las más importantes innovaciones en el género narrativo y, de manera muy especial me llevó, casi de inmediato, a la búsqueda de los primeros libros de Carver, en concreto de Catedral, recién editado entonces por Anagrama. Recuerdo que fue, también, el origen de un artículo que publiqué en el diario El Independiente en octubre de 1990 destacando la contradicción en que incurrían algunos críticos y editores de la época, entregados a descalificar el realismo de nuestra narrativa de los años cincuenta a la vez que se rendían a las nuevas corrientes que llegaban de la literatura anglosajona, comenzando por el realismo sucio, al que elogiaban de manera entusiasta. En otras palabras: Aldecoa, Fernández Santos o García Hortelano, no; Raymond Carver, Tobías Wolff o Richard Ford, sí. El artículo, lo acabo de rescatar para el lector de hoy en mi blog La estantería de Al margen y ahí puede acudir cualquier persona interesada en leerlo en su integridad: creo no equivocarme si digo que no ha perdido un ápice de actualidad.

Las Flores en las grietas de Richard Ford

Lo primero que leí de Ford fue el libro de cuentos Rock Springs, un conjunto de historias sobre la vida cotidiana, sobre la memoria y sobre la experiencia colectiva que se vive en pequeñas ciudades de la América profunda, del estado de Montana. Las relaciones familiares, el vacío de horizontes de sus protagonistas, la huella de la guerra del Vietnam... todos esos ingredientes se mezclaban para ofrecernos unos relatos intensos y equilibrados a la vez que no sólo hablaban de literatura, sino del pulso de una sociedad como la norteamericana en los años ochenta. El recuerdo de aquella lectura fue el principal acicate para que hace una semana, al encontrarme con el nuevo libro de Ford, lo comprara sin dudarlo. Flores en las grietas es una colección de textos procedentes de conferencias o de encargos periodísticos o editoriales sobre el papel de la literatura y sus vínculos con la vida que se complementan con algunas incursiones en el terreno de la memoria.


Escena ciudadana en un barrio de Jackson, ciudad
donde nació Richard Ford
Llama la atención en Ford su enorme capacidad reflexiva (que parece acuñada en cierta "escuela de escritores" específicamente norteamericana que tiene su origen en las universidades, en los cursos de escritura y en la tradición del taller literario) sin perderse por los meandros del academicismo, de la teoría pura y dura. Ford nos revela su experiencia como escritor desde las primeras lecturas conscientes hasta el acceso a una madurez que le permite mirar la obra ajena de manera distante, sin la implicación propia del deslumbramiento de quien descubre. En Flores en las grietas, que lleva como subtítulo Autobiografía y literatura, Ford indaga en las razones por las que se escribe ficción, intenta descifrar el misterio que hace que un cuento, o una novela perduran por encima del tiempo, nos revela sus debilidades y sus miedos ante el papel en blanco y algunas inseguridades y vicios ajenos. nos cuenta sus recuerdos de niño en soledad viviendo en la inmensidad de un hotel de trescientas habitaciones regentado por su abuelo en la localidad de Little Rock o se entrega, de manera entusiasta y con vocación de entomólogo, a descubrir el trasfondo íntimo y colectivo de una de las novelas más emblemáticas de la narrativa USA de los años cincuenta: Revolutionary Road, de Richard Yates (en España apareció, en , con el título Vía revolucionaria). La intrahistoria de una urbanización de clase media en las afueras de la gran ciudad en los años cincuenta, años de irrupción de la nueva "ciencia" del marketing y de la publicidad, del cine en technicolor con grandes "carros" e interminables avenidas circundadas de lujosos chalets. El prólogo de Ford es una pequeña joya del análisis literario-emocional de un texto. No sólo sitúa la vida cotidiana de la urbanización en la época en que Richard Yates escribió la novela, sino que apunta algunas de las fallas existenciales de ese modo de vida (en el fondo, el american way of life que con tanta envidia contemplábamos los niños de la España de los sesenta en el cine o en los anuncios de las revistas de papel couché que hojeábamos en las peluquerías a las que asistían nuestras madres): vacío existencial, refugio en el alcohol y en el tabaco, en las fiestas colectivas organizadas de vez en cuando en el club social o en alguno de los domicilios particulares, en un trabajo tan carente de sentido como absorbente (en cierto modo, un anticipo de la serie televisiva Mad Men), en el sexo furtivo e insatisfactorio, en algún proyecto utópica capaz de sacar del tedio a cualquiera de los matrimonios que en la novela aparecen.

Ford también recupera, en el libro, el estudio introductorio a la selección de nuevos narradores norteamericanos de Granta 2007, o evoca la figura de un padre inútil en las labores manuales, capaz de fracasar (siempre en momentos decisivos para un niño) en las tareas más irrelevantes: acortar un árbol de navidad, montar un tambor o manejarse con una bicicleta. Y en fin, vuelve a Chejov, siempre Chejov, referente inexcusable de toda su generación, y se interna en los interrogantes que alientan detrás de cada obra literaria, sobre todo ése al que nunca encontraremos una respuesta definitiva: "¿Para qué escribimos?"

"El buen Raymond": su mirada sobre el amigo, maestro y colega Raymond Carver

Carver y Ford, en un encuentro literario
El libro de Ford es, de principio a fin, apasionante. Lleno de enseñanzas y de complicidades, un libro "de escritor para escritores" que nos hace amar aún más la escritura, aventar cualquier duda sobre el sentido de lo literario en una sociedad marcada por el más salvaje mercantilismo. No tiene, sin duda, desperdicio. Sin embargo, hay un texto que tiene tal carga emotiva, nos da tantas claves sobre la vida literaria de los años ochenta y primeros noventa, nos ilumina en tantos aspectos sobre los miedos, las frustraciones, los deseos y los sueños de aquellos escritores, que destaca (a mi juicio , por supuesto) sobre los demás. Se trata del dedicado a su amigo y colega Raymond Carver. Lo publicó en New Yorker, el 5 de octubre de 1998, con el título "El buen Raymond"

Richard Ford evoca un Carver en el proceso de tránsito hacia el reconocimiento de crítica y lectores a nivel internacional. Cuando se conocieron, sin embargo, eran escritores en busca de un camino: "Yo tenía treinta y tres años" --escribe Ford--  "y Ray rondaba los treinta y nueve. [...] Ray yo éramos los típicos norteamericanos decididos a tratar de ser escritores y productos de un ambiente que incluía la universidad, , los talleres de escritura, enviar relatos a publicaciones trimestrales, asistir a cursos de postgrado y tener profesores que eran escritores --uno de los míos fue Doctorow--". De otro lado, Ford nos habla de un ser frágil, tímido, modesto, profundamente marcado por su experiencia alcohólica (salió adelante con la ayuda de Alcohólicos Anónimos), descuidado en el vestir, amante de la caza y de la pesca (Ford cuenta que en esas actividades encontraba sus más intensos momentos de felicidad), profundamente culpabilizado por determinados problemas vividos por su hija y muy sensible ante la opinión de amigos y lectores (sobre todo de los amigos, del propio Richard Ford especialmente) sobre la calidad de sus  cuentos. Cuenta Ford que nunca se le subió la fama a la cabeza, que antes y después del reconocimiento internacional y de las ventas masivas de sus libros, Carver se comportaba del mismo modo. Y que se sentía especialmente atraído por la vida del autor de El día de la Independencia: pareja estable, casa cómoda en un lugar arbolado y apacible, coche francés.... Carver, que sólo tras conocer a Tess y alcanzar el éxito encontrará cierta estabilidad, tenía una larga historia de dudas, de decepciones, de pequeños fracasos, de inestabilidad emocional y precariedad económica, carecía de una casa a la que llamarla, con todas las consecuencias "mi casa", veía en Ford la representación viva de lo que le hubiera gustado alcanzar en el ámbito más personal.


Ray Carver y Tess Gallagher
Es emocionante recorrer con Ford sus experiencias de lectura, de debate, de taller, dentro y fuera de Estados Unidos, junto a Ray. Como lo es reconstruir sus discusiones acerca de determinado relato y leer anécdotas, descritas con una enorme carga de ternura y de admiración, que vivieron juntos. Es como atravesar el umbral de una inmensa habitación donde nos aguarda todo un tiempo de pasiones culturales y literarias, de encuentros en los que Tobias Wolff (inolvidable mi lectura, en el autobús en que cruzaba Madrid cada mañana, de los cuentos de Cazadores en la nieve), Richard Ford y Ray, la propia Tess Gallagher, junto a otros escritores de la misma hornada generacional debatían sobre Chejov, sobre la narrativa experimental, sobre poesía (Carver reverenciaba la poesía y Ford consideraba que su obra poética era un remedo inacabado de sus cuentos), sobre el alcance, el acierto o las debilidades de la propia obra. Entre las anécdotas que nos cuenta en el libro, sirva, para concluir, esta descripción que realiza Ford de la lectura, por Ray, del cuento "Qué es lo que quiere", de su libro ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?:
"Ray leyó el relato casi a oscuras, muy encorvado sobre la lámpara del estrado, sin dejar un momento de juguetear con sus grandes gafas, carraspeando, bebiendo agua a sorbos, avanzando por las páginas de su libro como si nunca hubiera pensado realmente en leer ese relato en voz alta y no le resultara fácil hacerlo. Su voz era muy baja, aparentemente inexperta y vacilante, al punto de resultar irritante. Pero el efecto de su voz y el relato en el oyente era el de una vida real que se desplegaba de una forma tan destilada, tan intensa, tan elegida, tan contagiosa en sus urgencias que, al terminar, el oyente quedaba sin sin aliento, sin fuerzas".



domingo, 10 de junio de 2012

Donde el mundo se llama Celanova y su poeta Celso Emilio Ferreiro


En el verano de 1976, E. y yo, con una pareja de amigos, recorrimos gran parte de la Galicia costera.  En Malpica, en pueblo de pescadores próximo a Coruña, vivimos una trágica experiencia:  fuimos testigos del intento de salvamento, en la playa, de una muchacha. Ella tuvo suerte, pero uno de los pescadores que se lanzó al mar, precisamente para salvarla, tuvo la mala fortuna de morir ahogado. Aquella experiencia ennegreció el viaje y nos llevó a alejarnos del mar, a buscar la Galicia interior: nos adentramos en la provincia de Orense y recorrimos parte de sus bosques y montañas hasta recalar en un pueblo, cuyo nombre he olvidado, cercano al monasterio de Osera. No muy lejos de allí, hacia el sur, se encontraba el pueblo cuya denominación llevaba impresa en la portada del libro que me acompañó a lo largo de aquel viaje: Celanova.

Su título: Donde el mundo se llama Celanova. Su autor, Celso Emilio Ferreiro.  En 1975, con Franco enfermo, Celso Emilio era un poeta vivo y activo (comprometido en la lucha antifranquista) que cuatro años después, el 31 de agosto de 1979, moriría precisamente allí, en Celanova, donde había nacido en 1912. He de decir que el poemario había sido editado meses antes gracias a la iniciativa del poeta y entonces director de la colección Alfar de poesía, de Editoria Nacional,  Diego Jesús Jiménez: una bella edición de bolsillo, bilingüe (la traducción era del propio Celso Emilio), cuya portada reproduzco en este post. Recuerdo que aquellos poemas acompañaron algunos de mis duermevelas de aquel viaje y que, en ellos reconocía experiencias anteriores vividas en la Galicia profunda: un viaje a As Pontes en tiempo de navidad del que todavía recuerdo maravillosas veladas al calor de una hoguera junto a amigos que el tiempo se ha encargado de borrar de mi memoria, queimadas que duraban hasta el amanecer y conversaciones interminables sobre los tiempos que se avecinaban con la previsiblemente próxima muerte del dictador. De modo que yo había construido en mi mente una Galicia. Literaria, sin duda. Idealizada, también. Pero cargada de imágenes vinculadas a un tiempo de descubrimientos del que formaba parte la poesía de Ferreiro (y la música de Luis Emilio Batallán, del berciano Amancio Prada, de Voces Ceibes...), la lectura adolescente de poemas de Rosalía y de un monográfico de Cuadernos para el Diálogo dedicado al genial Castelao. Era mi Galicia de los veintipocos años, ese tiempo de descubrimientos en el que todo se mitifica y magnifica.


En este 2012 se cumple un siglo del nacimiento de Celso Emilio Ferreiro. Será un centenario poco celebrado porque el olvido es el consejero indeseado de los buenos poetas que estuvieron en los márgenes. Un olvido injusto de uno de los poetas de mayor relieve de la lengua gallega. Su obra, cuyo libro más conocido e influyente fue Longa noite de pedra, (su primera edición data de 1962, pero ha sido continuamente reeditado) desbordó, sin embargo ese ámbito lingüístico para convertirse, sobre todo en las décadas de los sesenta y setenta del pasado siglo, en un referente de la lírica más comprometida, más implicada en la denuncia de la dictadura y en la búsqueda de una nueva realidad. Su poesía, con fuerte arraigo en la tradición poética de lengua gallega (Rosalía, Curros Enríquez, Pondal),  alcanzó en aquel tiempo una notoriedad parecida a la de autores como Blas de Otero, Gabriel Celaya o José Hierro y tuvo vínculos estéticos y simbólicos, con la mejor poesía crítica de la Generación del 50.

En 2007, la reedición, con una traducción nueva y sólo en castellano, de Larga noche de piedra (Rinoceronte Editora), y de sus relatos americanos  de La frontera infinita (Faktoría K) fue no sólo una llamada de atención sobre la importancia de su obra, sino una oportunidad, para nuevas generaciones de lectores, de asomarse a ella y de evaluar cuánto de artificial hubo en la descalificación de cierta literatura adjetivada con el marchamo de social y en la tenacidad de algunos autores de libros de texto de relegar a Ferreiro, junto con Grabriel Aresti y Salvador Espriu, al espacio marginal de los "autores en otras lenguas". Esperemos que el centenario se aproveche para insistir en el objetivo de potenciar el conocimiento de su obra, logrado de manera muy limitada, casi testimonial en 2007 con la publicación en castellano de los libros antes referidos  

En Larga noche de piedra está la esencia de la mirada de Celso Emilio Ferreiro sobre la realidad de su tiempo, pero también una reivindicación del sentido último de la lírica como instrumento descubridor de la belleza, de una belleza a la que llama verdad: “Uno busca la verdad / por todos los caminos, bajo las piedras, / en las raíces oscuras de las miradas, / más allá de espumas y crepúsculos”. La mirada de Ferreiro no fue una mirada localista, chata, sino universalista, dotada de un fuerte componente humanista y con plena conciencia del territorio en el que ha de moverse la palabra poética. La mezcla de componentes íntimos y preocupaciones colectivas, el tono conversacional, lejano a la estridencia y al artificio y una mirada compasiva y enamorada sobre la realidad gallega y sus paisajes dieron una identidad diferenciada a sus poemas, los dotaron de un estilo reconocible.   


Celanova, lugar de nacimiento de Celso Emilio Ferreiro
Aunque se puede acceder a su obra completa en edición bilingüe, el tiempo transcurrido desde su aparición, más de un cuarto de siglo, hace imprescindible no sólo su reedición sino una nueva traducción al castellano que se libere de las servidumbres de la época, por otro lado inevitables. En 1981 (año en que fue editado el tercer volumen), en el ecuador de la transción política, la visión de la obra de Ferreiro venía marcada por el componente político, social, mucho menos por el  estético o emocional. Libros suyos como El sueño sumergido (1954), Cementerio privado (1973), muestran un universo poético que se aleja de la convención que la historia literaria ha establecido. La vida cotidiana en la Galicia profunda, los sueños rotos, la memoria de la infancia, el amor, el exilio y la añoranza, la muerte como amenaza y, en ciertas situaciones, como salvación, cruzan e impregnan una poesía dúctil y directa a la vez, realista pero no ajena a la ensoñación y a la imagen imprevista.

La obra de Ferreiro no se agotó, ni mucho menos, en la poesía. Fue un notable narrador de cuentos. Fruto de esa labor, desarrollada, en gran parte, en el exilio venezolano, fue la colección de cuentos reeditada en 2007 antes aludida, La frontera infinita,  que vio la luz, por vez primera y en lengua gallega, en 1972. Cuentos duros derivados de una experiencia amarga y en los que se advierte el aliento de cierta narrativa del boom latinoamericano y en los que fantasía y realidad interactúan y se complementan.  

En aquel lejanísimo año 75, sin embargo, desconocía todos los aspectos que acabo de referir de su literatura, de su poesía. Conmigo, en un espacio accesible del equipaje, iba Donde el mundo se llama Celanova. Había sido, meses antes, mi gran descubrimiento poético del año. Sus poemas hablaban de la infancia en Celanova, de la cotidianidad de un mundo aferrado a costumbres ancestrales y, a la vez, impregnado por la pátina de irrealidad, de magia, con que la memoria tamiza los recuerdos de la niñez.  Un libro que está pidiendo desde hace tiempo una reedición en condiciones, quizá acompañada de un texto de lectura de algún poeta de hoy, del siglo XXI. En la colección de poesía de Bartleby existe una serie denoeminada "Lecturas 21". Ahí tendría un perfecto encaje.

No estaría mal que esa iniciativa se convirtiera en una modesta aportación de la editorial al centenario de Celso Emilio Ferreiro.